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Por P. Juan Manuel Labajo Pejenaute
Nuestra parroquia de Amakuriat, una pequeña localidad del noroeste de Kenia, está dedicada a Nuestra Señora de la Paz. Vivimos junto al pueblo pokot en un lugar montañoso, sobre los 1 600 metros de altitud, con un clima muy agradable.
Somos cuatro combonianos en comunidad: un sudanés, un keniano, un mexicano y el palentino que escribe. Junto a nosotros hay una comunidad de cinco combonianas que atienden el dispensario y ayudan en tareas pastorales. Además, hace unos meses se abrió en Chelopoy, una de nuestras capillas, una comunidad con tres laicas misioneras combonianas. Somos personas consagradas al Señor y misioneros al servicio de la Iglesia. Cada día se inicia temprano con la oración comunitaria y la eucaristía.
Aunque llevo poco tiempo aquí, estoy conociendo muchas cosas del pueblo y la cultura pokot. Me acerco todos los miércoles que puedo al gran mercado local. Como se compra, se cambia y se vende de todo, es un lugar privilegiado para aprender. Los pokots son tradicionalmente pastores, aunque últimamente se están dedicando también a la agricultura como complemento a la actividad ganadera que es su recurso principal. Son gente acogedora y amigable y llevan una vida tranquila, aunque más de una vez han tenido encontronazos sangrientos a cuenta del ganado con sus vecinos turkanas, también kenianos, y los karimoyones, de Uganda.
La familia extendida pokot es polígama. Los hombres, que tienen varias esposas e hijos de diferentes madres, van de casa en casa visitando a su familia, pero cuando llegan a ancianos, en ocasiones sufren la desatención de sus hijos y quedan abandonados a su suerte. Son las madres las que se ocupan de las duras tareas del hogar y del cuidado de los niños. La familia decide quiénes van a la escuela y quiénes se encargan del pastoreo, así que muchos niños y jóvenes son privados de educación y se pasan el día detrás del ganado.
La autoridad local, que antes recaía en el consejo de ancianos, está pasando a los políticos locales y a las autoridades educativas.
Aunque durante años ha sido una zona ignorada, en la actualidad el Gobierno central y el regional han construido escuelas, dispensarios y pozos en casi todas las comunidades. La gran asignatura pendiente sigue siendo una carretera que facilite el acceso. El actual camino a Amakuriat está en muy malas condiciones, lo que desanima a cualquiera que pretenda venir. En el pasado ya se intentó, pero el carácter conservador de los pokots los llevó a oponerse a su construcción por temor a que la llegada de extraños pudiera perturbar sus tradiciones sociales y culturales.
Nuestro territorio parroquial es bastante extenso. Atendemos 53 pequeñas comunidades cristianas diseminadas, algunas de las cuales están a más de tres horas de viaje por caminos complicados. Los cuatro combonianos nos turnamos en grupos de dos para visitarlas cada semana y quedarnos unos días con la gente. El obispo de nuestra diócesis tiene previsto erigir una nueva parroquia en abril que será administrada por otra congregación misionera y que tomará parte de nuestro territorio, de manera que podremos atender pastoralmente mejor a estas comunidades.
Como no puede ser de otra manera, estamos aquí para evangelizar a la gente con la que compartimos el día a día. Nuestro modelo es Jesucristo, que enseñaba y amaba como Dios que era, pero que también «pasó su vida haciendo el bien» con la fuerza del Espíritu. Eso es lo que intentamos hacer en Amakuriat, pasar nuestra vida «haciendo el bien».
Además de las celebraciones sacramentales que construyen y sostienen nuestra vida cristiana, atendemos un pequeño dispensario, construimos escuelas, ayudamos a niños y jóvenes en su escolarización, asistimos a un grupo de niños discapacitados, preparamos cursos para promover los valores cristianos en las familias, formamos a catequistas y líderes comunitarios, tenemos una panadería que suministra el «pan de cada día» en Amakuriat y contamos con un hermano comboniano experto en la prospección de pozos comunitarios de agua. El pasado mes de enero abrimos una casa de huéspedes con 15 camas y un pequeño restaurante cuyos ingresos sufragan los gastos de la parroquia. Si algún lector de Mundo Negro quiere venir a vernos, estará cómodo entre nosotros.
En la imagen superior, el autor del texto con varias mujeres pokots y sus hijos. Fotografía:
Archivo personal del autor.
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