Margaret, Teófilo y los demás

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El Servicio Jesuita a Refugiados en Sudáfrica ofrece alternativas ante la violencia racista en el país.



León XIV, en su mensaje del Domund de este año, recuerda que «es en el testimonio de una comunidad reconciliada, fraterna y solidaria donde el anuncio del Evangelio encuentra toda su fuerza comunicativa». El Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) en Sudáfrica busca superar la marginación que experimentan refugiados y desplazados ofreciéndoles oportunidades de integración en la sociedad. MN los acompaña durante un día de trabajo.



Las protestas antiinmigración del movimiento March and March en Su­dáfrica (ver MN 724, p. 12), culminaron con una gran manifestación el 30 de junio en varios puntos del país. El acoso contra las personas migrantes y refugiadas y los gritos de mabahambe (‘que se vayan’, en zulú) provocaron el éxodo de varias decenas de miles de personas. El centro de repatriación de Lindela, a unos 30 kilómetros de Johannesburgo, o el puesto fronterizo con Zimbabue en Musina se vieron desbordados por la avalancha de ciudadanos extranjeros desesperados por salir de Sudáfrica. Miles de malauíes y zimbabuenses se vieron forzados a abandonar sus casas o trabajos hostigados por extremistas o por el acoso de los arrendadores, temerosos ante posibles represalias. 



Chivos expiatorios

Los motivos detrás de este movimiento afrofóbico no están claros, pero los extranjeros de las naciones vecinas se han convertido en chivos expiatorios por la falta de empleo, la desigualdad y pobreza que dominan el panorama sudafricano. El Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) en Sudáfrica es consciente de la situación de vulnerabilidad en la que viven los refugiados y trata de dar una respuesta positiva a este gran desafío.  

Una visita al consulado de Malaui muestra el caos generado por la crisis. Cientos de personas acampan a la entrada de la sede diplomática esperando un autobús que les conduzca hacia la frontera. Muchos de ellos han pasado la noche a la intemperie soportando el invernal frío de Johannesburgo.

Beata Sebakwiye, trabajadora social del JRS. Fotografía: Rafael Armada



Margaret viene de Durban, donde trabajaba como empleada doméstica. Llegó en enero a Sudáfrica, pero se siente amenazada, por eso ahora abandona el país. Partidarios de March and March se dirigieron a su casero y le dijeron que Margaret debía desalojar la vivienda. Se queja de que no puede trabajar o ir de compras. Todavía espera al autobús que la conduzca a Malaui para reencontrarse con sus hijos. Teófilo, con contratos temporales, ha estado entrando y saliendo de Sudáfrica desde 2016. Su permiso de trabajo no está en regla y su empleador, de nacionalidad china y dueño de una tienda, le pidió que se fuera. Teófilo deja Sudáfrica de manera temporal, pero no se arrepiente de haber venido. Quizá en el futuro pueda regresar y lograr su sueño de un futuro mejor. En Malaui le esperan su mujer y sus dos hijos. El JRS distribuye algunos alimentos entre los refugiados e inmigrantes hacinados a la puerta del consulado. 



Orgullosa de sí misma

La congoleña Sylvie Lufwene trabaja en un salón de belleza. Madre de dos hijos, llegó a ­Sudáfrica en 2013. Los primeros años en el País del Arcoíris trabajó como cuidadora en la localidad de Rustenburg. Fue al contraer matrimonio cuando se trasladó a Johannesburgo. Allí encontró empleo en una peluquería, como recepcionista y en la limpieza del local. «Cuando finalizó mi trabajo me apunté al curso del JRS. Me enseñaron técnicas de maquillaje, manicura, pedicura y peluquería…, pero sobre todo me dieron las herramientas para crear mi propio empleo y no depender de otros para ganarme la vida. Hoy me siento orgullosa de mí misma, pues tengo una profesión. Alquilo un pequeño espacio en este local, pero soy feliz. Es verdad que hay desafíos, como por ejemplo los que ahora trae el movimiento antiinmigración, que no quiere que nuestro salón siga abierto. Cuando los manifestantes se acercan tenemos que cerrarlo y volvemos a abrirlo una vez que se marchan. Durante el invierno, el negocio cae bastante, pero esto es normal en este sector». 

Sylvie sueña con abrir un local propio  bien equipado. No se arrepiente de los años vividos en Sudáfrica, pues le han permitido recibir una formación que, según asegura, «me será útil dondequiera que vaya». Su caso es una historia de éxito en el programa de formación que ofrece el JRS en territorio sudafri­cano. 



Escuela de belleza

A poca distancia del local de Sylvie, en el barrio de La Rochelle, en Johannesburgo, se encuentra la escuela de belleza para mujeres refugiadas, demandantes de asilo y sudafricanas en situación de vulnerabilidad que gestiona el JRS. Buena parte de su formación corre a cargo de Refiloe Segopa desde hace cuatro años. El curso ofrece conocimientos sobre las técnicas de embellecimiento, pero también dota a las participantes de ­autoconfianza, así como de la experiencia laboral necesaria que las ayude a conseguir un empleo en el sector. La mayoría de las estudiantes provienen de ambientes precarios. 

Refiloe Segopa con dos alumnas durante una clase de la escuela de belleza. Fotografía: Rafael Armada



Segopa recuerda con orgullo a una de sus alumnas, responsable del área de terapias que ofrece un balneario de la zona. La docente se considera estricta, pero siempre con la intención de que las estudiantes obtengan la cualificación necesaria. «Es crucial que separen su vida personal, con sus desafíos, de lo que es su formación profesional. Cuando entran por la puerta, entiendo sus problemas, pero quiero que los dejen a un lado, se concentren en el curso y logren ser ellas mismas. Tienen además que aprender a trabajar juntas, con independencia de los contextos culturales de donde provienen», comenta. El sueño de esta entregada profesora es que sus alumnas encuentren un empleo permanente, ya sea dentro o fuera de Sudáfrica. Es para ellas casi una madre que las escucha, les da apoyo y seguridad, algo realmente valioso para estas jóvenes, sobre todo en tiempos de incertidumbre y ansiedad.

Maguy, de 34 años, es una de las estudiantes del curso de belleza. Procedente del este de la República Democrática del Congo, es madre de tres hijos. Llegó a Sudáfrica con su primera hija hace ocho años. Al principio trabajó como empleada de hogar y hace poco se apuntó al programa del JRS. Como muchas de sus compañeras, sueña con abrir su propio negocio. 

Exaucee, en cambio, nació en Sudáfrica hace 20 años. Vive con sus padres, ambos congoleños, y sus cuatro hermanas. Al acabar la escuela secundaria no pudo acceder a la universidad por cuestiones burocráticas. Por ello decidió matricularse en el curso de peluquería en el JRS, mientras se tramita su petición de ciudadanía. En su segundo año de formación está aprendiendo técnicas de belleza y, al mismo tiempo, enseña peluquería con lo que obtiene unos ingresos extra para mantenerse mientras estudia. Su sueño es alcanzar estabilidad financiera y ayudar a otros refugiados que, según su propia experiencia, «no siempre tienen acceso a servicios académicos o de ­salud».



Violencia doméstica

Beata Sebakwiye es la trabajadora social del proyecto. Originaria de Ruanda, abandonó su país con su familia durante el genocidio de 1994. Después de residir durante un tiempo en Camerún, llegó a Sudáfrica hace 23 años. Sebakwiye está encargada del programa de asesoramiento familiar individual y coordina las terapias de grupo. Su foco de atención son, sobre todo, mujeres que han experimentado violencia doméstica (VD) y hombres que han vivido situaciones de violencia en sus países de origen. La ruandesa anima grupos de apoyo en los que los participantes comparten lo vivido como una forma de terapia. Visita también comunidades para educar, prevenir y crear conciencia sobre la VD, una realidad con mucha incidencia, en especial «entre parejas de refugiados y demandantes de asilo, que suelen silenciarla». Ciertas culturas, comenta Beata, toleran la VD y también aceptan matrimonios forzados. Reconoce que se ha experimentado un cierto progreso, en especial entre los hombres, un cambio de actitud que, en cierta medida, se ha producido gracias a los talleres llevados a cabo. «Comprenden que en Sudáfrica las leyes no aceptan la VD y que si cometen actos de esta índole van a la cárcel. Al finalizar la formación, muchos hombres reconocen que han aprendido a controlar mejor su ira y que desean cambiar sus comportamientos porque quieren a sus familias y no desean romper sus relaciones».

La actual Administración estadounidense ha cortado la financiación a este tipo de programas (ver MN 714, pp. 20-25) y varios trabajadores sociales se han ido, por ello Sebakwiye lleva adelante sola los talleres psicosociales. Sueña con crear un lugar de protección y refugio para las refugiadas y demandantes de asilo en situación de vulnerabilidad.

La escuela de belleza es parte del programa de capacitación para el autoempleo del JRS. Su coordinadora es la zimbabuense Marcia Mutambara. ­Ofrecen también clases de inglés y de gestión de ­negocios y finanzas. El curso no finaliza cuando las alumnas se gradúan, sino que se les continúa acompañando una vez que han establecido su propio negocio. Marcia llegó como estudiante a Sudáfrica en 2010. Es diplomada en Relaciones Internacionales y tiene un doctorado en resolución de conflictos. Comenzó a trabajar con refugiados en 2016 en varias oenegés. Desde 2023 lo hace para el JRS y reconoce que su interés principal siempre ha sido el empoderamiento de las mujeres.

Matseliso Ntsoelikane (i.) y Amita Ngaziami llevan ropa y alimentos a personas migrantes concentradas en torno al consulado de Malaui en Johannesburgo durante la última crisis racista vivida en Sudáfrica. Fotografía: Rafael Armada




Atención a la salud

Amita Ngaziami también es miembro del JRS. Trabajadora sanitaria en la comunidad, hoy va a casa de Frank, uno de los 50 pacientes a los que visita todas las semanas en sus domicilios. Ngaziami también es congoleña y llegó a Sudáfrica como refugiada en 2004, cuando todavía era menor de edad. Confiesa que «como muchos refugiados, me enfrenté a un futuro incierto y lleno de desafíos, ya que no tenía los medios para continuar mi educación. Recibí ayuda del JRS, que me abrió las puertas. Creyeron en mí cuando más lo ­necesitaba». 

Ngaziami completó sus estudios secundarios y se graduó como auxiliar de enfermería. Esto le permitió un futuro mejor, además de abrirle la posibilidad de desarrollar su pasión de servicio a los demás. El apoyo recibido la dignificó y llenó de esperanza. «Me siento orgullosa de participar en el programa del JRS. Como trabajadora sanitaria ofrezco cuidado y asistencia a los enfermos crónicos y terminales de la comunidad. Atiendo a refugiados, demandantes de asilo, inmigrantes y sudafricanos en situación de vulnerabilidad, ­asegurándome de que cada persona recibe el cuidado necesario, con independencia de su procedencia». Parte de su trabajo consiste en monitorear la salud de los pacientes, administrarles las medicinas, comprobar sus constantes vitales y ofrecerles el apoyo psicosocial necesario, promoviendo siempre una vida sana. Les ayuda también en el acceso a los servicios médicos, garantizando sus derechos s­anitarios.

«A veces interactuamos con la gente sin imaginar cómo nuestra amabilidad es capaz de cambiar sus vidas.  El JRS ha estado haciendo exactamente eso durante muchos años, dando esperanza a niños, a refugiados y personas en situación de vulnerabilidad y creando para ellos oportunidades que cambian sus vidas. Esta experiencia me ha enseñado la importancia y el valor de la compasión, la resiliencia y el servicio a la humanidad.  Este camino personal me ha inspirado a devolver a la comunidad parte de lo que yo he recibido previamente. Me siento privilegiada de poder asistir a otros que se enfrentan a circunstancias difíciles en sus vidas», explica la trabajadora sanitaria. 

La congoleña se siente agradecida al JRS por su capacidad de creer en los niños y apoyarles en sus estudios, por ver potencial donde otros solo descubren desafíos, dando esperanza cuando parecía imposible encontrarla; aprecia el trabajo que el JRS hace y las innumerables vidas que continúan cambiando. Ngaziami sueña con estudiar Enfermería para ayudar a más gente y llevar esperanza a personas que se encuentran en situación de necesidad para tener un mayor impacto positivo en la comunidad. 



Pilares de actuación

La directora nacional del JRS en Sudáfrica desde agosto de 2024 es Matseliso Ntsoelikane. Se considera privilegiada sirviendo a refugiados, demandantes de asilo y otras personas desplazadas desde un puesto de liderazgo en la organización. El JRS acompaña, sirve y defiende a este colectivo a través de cinco áreas de actuación: educación, capacitación e inclusión económica, salud, defensa de sus derechos y atención pastoral.  

Ntsoelikane se ocupa de crear lazos de colaboración entre organizaciones, movilizar recursos y asegurarse de que los programas responden a las necesidades reales de los beneficiarios. Como ella misma reconoce, «mi principal meta es restaurar la dignidad, la esperanza y la resiliencia entre aquellos que se han visto desplazados. La mayor satisfacción uno la encuentra al ver vidas transformadas, mientras que el gran desafío es siempre el compaginar las crecientes necesidades humanitarias con unos recursos limitados».   

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