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Por P. Pepe Girau Pellicer, desde Ghana.
El gran complejo carcelario de Ankanful está situado a unos seis kilómetros de Cape Coast, la ciudad ghanesa donde los Misioneros Combonianos tenemos un escolasticado internacional en el que soy formador. Cuatro jóvenes estudiantes realizan su apostolado en dos de las seis prisiones de Ankanful. Cada sábado por la mañana los llevo en coche y regreso a casa tras saludar al director de la cárcel y a algunos de los internos. Antes me quedaba toda la mañana y volvíamos juntos, pero me di cuenta de que era mejor que los jóvenes escolásticos no estuvieran condicionados por la presencia del formador y que llevaran adelante solos esta pastoral penitenciaria.
Nuestra presencia en Ankanful se remonta a 2019. Junto al formador principal, el P. Antoine Kondo, buscábamos experiencias de apostolado que fueran significativas para nuestros jóvenes que se preparan para la vida misionera. La ocasión llegó cuando el P. Joseph, un sacerdote diocesano que ejerce como capellán católico en el centro penitenciario, nos ofreció la posibilidad de visitarlo.
Los primeros meses estuve yendo para conocer la prisión que llaman CDP, una de las más abiertas, con prisioneros que no tienen delitos de sangre. Hay unos 70 reclusos, muchos de los cuales padecen enfermedades infecciosas o son portadores del VIH, aunque tienen un buen seguimiento médico. Me pareció un lugar idóneo para el apostolado de nuestros jóvenes y enseguida comenzaron a venir dos. Más adelante se nos ofreció la oportunidad de extender el apostolado al centro que llaman Anexe, con casi 800 internos. Ahora van cuatro escolásticos a las dos prisiones.
Los viernes por la tarde se encuentran para preparar el tema que van a desarrollar al día siguiente. Sobre las ocho de la mañana del sábado, y durante una hora y media, más o menos, reúnen a aquellos internos que lo desean y comentan con ellos la Palabra de Dios del domingo. Lo hacen con un estilo muy africano, con participación de la gente, poniendo ejemplos y respondiendo a las preguntas que surgen. Es curioso, pero la actitud de los internos no es de indiferencia con respecto a la Palabra. Al contrario, manifiestan un gran interés, tal vez porque viven una situación particular de angustia, privados de libertad y con dificultades añadidas, como la escasez de comida. Los que se acercan a estos encuentros no son solo los pocos católicos que hay en la cárcel, sino también metodistas, pentecostales o evangélicos.
Después de este encuentro, los escolásticos, que están autorizados para moverse con libertad por la cárcel, e incluso para entrar en las celdas, pasan el resto de la mañana conversando en un ambiente de camaradería y amistad con los internos, que son mal vistos por la sociedad y la gente les rehúye, por eso aprecian mucho el look at my face (‘mírame’) que, de alguna manera, les devuelve su dignidad.
Los domingos es el día del culto. Como hay tantas confesiones cristianas, en la prisión elaboran una lista y cuando le toca el turno a los católicos celebro allí la misa. Participan fieles de todas las confesiones en una especie de ecumenismo. Es precioso escucharles cantar y danzar con alegría, pero también guardar un silencio respetuoso durante la consagración.
Los Combonianos vivimos la Misión en su doble dimensión de anuncio del Evangelio y promoción humana. Por eso hemos comenzado en la prisión un proyecto de cría de conejos y de un roedor de gran tamaño y de carne muy sabrosa, el ratón de las cañas grande, al que aquí llaman grass cutter.
Me sentí en mi salsa llevando el material para construir las jaulas y formando a los internos en la cría de estos animales. Da gusto verlos tan contentos por lo bien que lo están haciendo, además de que esa carne les viene de maravilla para mejorar la escasa alimentación que les da el Estado. Contamos además con el apoyo de Michael, un amigo veterinario que va a la prisión de vez en cuando para asegurarse de que todo marcha bien.
Fruto de este apostolado hemos hecho buenos amigos, como Philip, que salió de prisión hace dos años, se casó, tiene una hija y de vez en cuando viene a casa a saludarnos. Otros vienen también, pero para pedirnos dinero. Hay que aceptarlo, es parte del apostolado cuando trabajas con personas vulnerables.