Mitos akanes, entre Dadié y Esono

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Casa África acoge hasta el próximo 30 de enero la exposición «218: Anansi. La arquitecta».



Por Adela Bogas.



El ilustrador ecuatoguineano Ramón Esono ejerce de columna vertebral de la exposición «218: Anansi. La arquitecta», en la que la obra del famoso escritor marfileño Bernard Dadié y el trabajo de nueve jóvenes creadores ahondan en Anansi, una de las figuras más relevantes y universales de la cultura akán.


La cultura akán se desperdiga por África occidental, traspasando las fronteras del Golfo de Guinea, desde Togo a Costa de Marfil, ramificándose en diferentes familias y pueblos que alcanzan los 12 millones de miembros. Acompañando al oro y sus oficios, fue secuestrada en los vientres de los barcos que cruzaron el Atlántico hasta el Caribe y las colonias americanas, portando consigo sus historias, artes y mitos. Principalmente monárquica y matrilineal, tejió cuentos entre diferentes mundos, muchos protagonizados por un personaje tan atípico como adorable o detestable, según quien cuente la historia: el brillante, egoísta, resolutivo, travieso y lleno de aristas y matices Anansi.  

Ese tejedor de historias, representado de manera habitual como araña, humano-araña o anciano, es una fascinante criatura, amiga del engaño y la sutileza y, con toda probabilidad, uno de los mitos más reconocibles de las culturas africanas. No en vano, ha logrado traspasar barreras geográficas y mentales y cobra vida en la cultura popular occidental a través de la pluma de autores reconocibles y reconocidos como Neil Gaiman, se permite cameos en las páginas de los cómics de La liga de la justicia de América [DC Comics] o The Amazing Spiderman [de Marvel] y se pasea por la pantalla en series de culto como ­American Gods.  

Anansi protagoniza la exposición que Casa África inau­guró en noviembre, de la mano del ilustrador ecuatoguineano Nzé Ramón Esono Ebalé (1977) y de ocho alumnas y un alumno de la Escuela de Arte y Superior de Diseño de Gran Canaria (EASDC): Selena Baoli Artiles Ferrero, Lucía Gil Betancor, Julia Díaz Delgado, Eva González Ravelo, Paola Felipe Santana, Alex Hernández Lasso, Sandra Morales Félix, Ingrid Torres Herrera y Juan José Díaz García. La exposición «218: Anansi. La arquitecta», comisariada por Eduardo Caballero y presente en las salas expositivas de Casa África hasta el 30 de enero, se enreda entre dibujos a bolígrafo, libros-álbum y madejas de lana, recreando universos simbólicos presentes en las tradiciones orales africana y canaria.

En la parte principal de la muestra, el polifacético artista ecuatoguineano quiso conectar historias sobre poder, resistencia e identidad y construir con ellas mundos similares a los de ­Anansi, solo armado con rotuladores y bolígrafos que trazaron nuevas telarañas. En una sala aparte y guiados por la mente y los dedos inquietos de Esono, los alumnos de la EASDC dialogaron con cuentos del marfileño Bernard Dadié, traducidos por Pedro Suárez Martín y publicados por Baile del Sol y Casa África (2024) en «La tela negra».  

La parte dedicada a los libros-álbum surge de un proceso complejo, laborioso y sostenido en el tiempo: tras formarse con Esono, destripar las historias y relacionarlas con fábulas canarias, los nueve artistas que participan en ella crearon los universos visuales de Los funerales de la Madre Iguana, El espejo de la escasez, Los parientes del murciélago, La dote, El campo de ñames, Araña y la tortuga, L’enfant terrible, La joroba de la araña y Araña y su hijo, todas ellas de Dadié.   

La parte trazada de forma obsesiva por Esono en cartones y papeles se dedica a sus dos hijos y a su pareja, Eloísa, pero también expresa, además de sus propias luchas y obsesiones en relación al poder, las «conexiones» entre las fábulas africanas y canarias, que en esta exposición se acompañan de una performance denominada «­Sulrealismo system», con la que se reivindica que «el silencio también es un sonido». 

Todo se enreda y se traza como si Anansi se paseara por las salas, armado con su telaraña y canturreando por lo bajo, a ratos maligno y a ratos luminoso, a ratos arácnido y a ratos persona.  

Una de las salas de la exposición. En la imagen superior, Ramón Esono, con dos rotulares en sus manos, posa delante de una de sus obras. Fotografías: Joan Tusell / Casa África


Primero, Nzé 

Conocido también como Ramón Esono o Jamón y Queso, Nzé Ramón Esono Ebalé es uno de los ilustradores más reconocidos de Guinea Ecuatorial. Crecido en Bioko, autodidacta y de cultura fang, afirma que el dibujo es parte de su sangre, de su ser. Trashumando por territorios como Paraguay, El Salvador, España o la prisión de Black Beach en Guinea Ecuatorial, se empeña en captar y absorber determinados elementos del contexto en el que crea para transformarlos en expresión artística y alcanzar, de esta manera, otra dimensión de lo sensible. 

La reflexión sobre el poder ocupa un lugar central en su obra, como un ámbito inseparable de lo humano, y le compromete con el entorno. Prueba de ello es que la publicación en 2015 de la novela gráfica La pesadilla de Obi (autoeditada), en colaboración con dos escritores que decidieron permanecer en el anonimato, le supuso la entrada en Black Beach, de la que fue liberado a los seis meses de cautiverio. El régimen de Teodoro Obiang lo excarceló gracias a una potente campaña internacional promovida por artistas y organizaciones en defensa de los derechos humanos y la libertad de expresión, como Human Rights Watch, A­mnistía Internacional y el PEN Internacional. Otra prueba palpable de su compromiso es el hecho de que es autor, junto con el periodista Pere Ortín, de la novela gráfica Diez mil elefantes (Reservoir Books, 2022), un viaje por el pasado colonial de España en Guinea Ecuatorial. 

Las creaciones de Esono han recibido múltiples reconocimientos, como el Premio Coraje 2017 de la Cartoonists Rights Network o el Premio Veu Lliure 2017 del PEN Català, y se han podido ver en la Feria ARCO de Madrid, el centro Feshcary de Camerún o el Festival Internacional del Cómic de Argelia, entre otros lugares. 

Como una tela de araña de Anansi, el dibujante construye, en su última exposición, toda una serie de universos a través de las líneas que realiza con su bolígrafo, ­concéntricas hacia el poder y expansivas hacia lo onírico, lo posible, la ciencia ficción, el afrofuturismo. A través de estos desplazamientos, Esono nos aparta momentáneamente del orden establecido para revelarnos sus límites y es en ese tránsito hacia lo posible donde emerge una nueva percepción de lo real.  

Fotografía: Joan Tusell / Casa África


Anansi y Bernard Dadié 

Anansi, Anansy, Anancé son algunos de los nombres que se le atribuyen al personaje mítico de origen ashanti, sinónimo de habilidad y sabiduría del lenguaje, aunque también de enredo. Se trata de un embaucador nato, que antepone el ingenio a la fuerza y que migró al Caribe con la diáspora africana asociada al esclavismo para devenir en figura de resistencia cultural. Los cuentos de Anansi se interpretan como estrategias para empoderarse, resistir riendo y generar modelos de comportamiento que ayudaban a soportar las violencias de las plantaciones. 

Se dice que, en la tradición akán, se le atribuye haber traído las historias al mundo. En un mito famoso, el dios supremo Nyame tenía guardadas todas las historias y Anansi logró ganarlas con su ingenio, convirtiéndose así en dueño de los cuentos. Su pertenencia al ámbito popular ha hecho posible que una figura narrativa y gráfica como la suya se reinvente y perviva en contextos sociopolíticos cambiantes. 

Luchador contra la colonia y la injusticia, político comprometido, pilar de la cultura africana y universal y sabio, Bernard Binlin Dadié (ver MN 693, pp. 48-50) murió de puro anciano a los 103 años, en Abiyán. Corría el año 2019 y llevaba años sin salir de su país, Costa de Marfil.

De origen nzima, por tanto akán, y enamorado de la lectura y de las historias desde la infancia, Dadié forma parte de las bibliotecas de toda África occidental y del universo de la mano de Anansi, al que narró entre cantos y susurros para que no pudiéramos olvidarlo.  

Cuenta con una extensa lista de reconocimientos en su haber, entre los que destaca el Gran Premio Literario del África Negra (1965 y 1968) y el Premio Jaime Torres ­Bodet UNAM-UNESCO (2016). El Palacio de la Cultura en Abiyán recibió su nombre en 2010 y el Ministerio de la Cultura y la Francofonía marfileño creó el premio literario más importante en su país, también con su nombre, en 2014. Entre los laureados figuran Charles Nokan, ­Véronique Tadjo, Josué ­Guébo, Serge Bilé, Gauz, Tiburce Koffi, Macaire Etty y Fidèle Goulyzia, que lo recibieron en el marco del Salón del Libro Africano de Abiyán y en su palacio. 

Aunque es imposible hacer justicia a su trayectoria más que centenaria en un par de páginas, se puede resaltar que creó un género literario, las crónicas, y que firmó obras de teatro, cuentos, novela, textos periodísticos y poesía, cuya publicación se extiende desde la aparición de un sainete satírico en 1933, Les Villes (Las ciudades), a una colección de artículos y conferencias, Cailloux blancs (Piedras blancas), en 2004. En el momento de su muerte, sus obituarios declararon que Dadié era «el escritor más prolífico de la literatura negroafricana y, junto con Léopold Sédar Senghor, el más traducido».

En su calidad de figura pública, Dadié pasó 16 meses en prisión en Bassam por luchar contra los colonos franceses antes de la independencia. Posteriormente, ejerció de ministro de Cultura entre 1977 y 1986 y, en el año 2000, participó en la redacción de la Constitución marfileña. Militó en varios partidos y organizaciones y se posicionó, indefectiblemente y hasta casi el día de su muerte, en cada encrucijada crítica para la historia de Costa de Marfil, llámese golpe de Estado, guerra civil o crisis poselectoral.

Sus desafíos a los Gobiernos de turno fueron constantes, incluso cuando el resto del mundo callaba. Lo pagó con cárcel, acoso y ostracismo en vida, pero con la inmortalidad en nuestras bibliotecas e incluso, y de la mano de historias como las de Anansi, en salas expositivas como las de Casa África.   

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