«No pensemos en cómo democratizar África, sino en cómo africanizarla democracia»

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Carlos Lopes, economista.


El economista bissauguineano Carlos Lopes ha presentado en Madrid su último libro, La trampa del autoengaño (Catarata/Casa África). Además, ha aprovechado su paso por la capital para participar en el V Encuentro de Periodistas España-África, celebrado los días 4 y 5 de diciembre, donde ha reflexionado sobre los estereotipos y su impacto en el continente. 


Ha presentado un libro sobre las relaciones entre África y la Unión Europea y acaba de dirigir una carta abierta a los periodistas en torno a los estereotipos sobre el continente. ¿Por dónde comenzamos? 

2025 ha sido el primer año en el que el crecimiento de África ha sido más alto que el de Asia [en 2026 África crecerá un 4,4 % y Asia un 4,1 %, según las estimaciones del FMI publicadas en enero]. Seis de las diez economías mundiales que más crecen son africanas, 40 países del continente tienen un crecimiento más alto que el promedio mundial y 13 de ellos lo están haciendo desde hace más de tres años. Estamos ante una tendencia que se tiene que reconocer. Además, es el segundo año que África lidera, en porcentaje, el crecimiento de las inversiones en el mundo, así como el crecimiento del comercio en el planeta.



¿Qué tiene que ver esto con los estereotipos? 

Tenemos la idea de que la explosión demográfica en el continente presupone una crisis. Es al contrario: el crecimiento demográfico está creando oportunidades de consumo que tienen un impacto en la realidad económica. El continente, que tiene problemas para pagar su deuda y dificultades para acceder a los mercados de capital, es, en realidad, ejemplo de una resiliencia que está directamente vinculada con el crecimiento demográfico. Lo que parece ser el motivo de una crisis es, precisamente, lo que explica esta transición. Otra realidad muy importante de la que no se habla tiene que ver con la tecnología. La población joven, que está concentrada en África, es la más adaptable y no será posible aumentar el consumo de productos de alta tecnología sin jóvenes. Esto no tiene que ver con el lugar donde se produce la innovación o donde se puede extraer más valor de la creación o de la propiedad intelectual, que va a continuar estando en lugares que cuentan con posibilidades de inversión y un ecosistema que incluye educación o infraestructuras, por ejemplo, pero la parte de consumo favorece a África.



¿Cuántos análisis periodísticos ha leído en 2025 sobre estos temas? 

Casi ninguno. Soy un actor en el espacio mediático, publico casi todos los meses artículos de opinión en grandes medios de comunicación, en Project Syndicate, Le Monde o en los periódicos más importantes de África y tengo que combatir esa percepción. Hay que hacer este trabajo con datos, no puede ser una cosa ideológica o emocional, pero reconozco que los cambios que logramos en términos de opinión son aislados.


¿Cuál es su sensación ante el discurso que estereotipa a África?

Frustración, porque la narrativa no cambia. Me produce mucha satisfacción cuando se reconoce que algunas de las percepciones que tenemos acerca de África están equivocadas, pero esa no es la actitud habitual. Lo contrario es mucho más ­popular. Cuando estoy con grupos que tienen influencia en la toma de decisiones, me sorprende que siempre que hablo de cosas positivas, ellos tienen la actitud del but, del ‘pero’. Sí, lo aceptan, pero lo reducen a la categoría de epifenómeno. En cambio, cuando hablo de cosas negativas se sienten cómodos. Ahí no hay ninguna objeción. Si digo que hay un problema grave de yihadismo en Malí, no hay nada que objetar, lo ven como si fuera un problema de toda África, pero si comento que el país que invierte más en India es Mauricio, que es un pequeño país africano, surge el ‘pero’: «No puede ser. Habrá alguna explicación». Pero es la realidad. La cuestión tiene que ver con la diáspora de la India, que invierte en su país a través de Mauricio, un país africano. Podría ser a través de cualquier otro país donde hubiera mucha población india…, pero es Mauricio.



Una mujer en el campamento de Mubambiro, cerca de la ciudad de Goma (RDC), se maquilla para ir a comprar. Fotografía: Guerchom Ndebo / Getty




¿La forma en la que hoy se habla de África está influenciada por el impacto histórico de Occidente en el continente? 

La idea de la inferioridad africana se ha cultivado desde hace siglos. Por ejemplo, va a ser muy difícil para los italianos reconocer que la capital de lo que hoy es Italia durante bastante tiempo estuvo en África, en Cartago (actual Túnez). O para los países de Oriente Medio reconocer que la capitalidad del Imperio de Omán, que tuvo una nobleza sofisticada muy temprana, estuvo en Zanzíbar (actual Tanzania). Pero solo se habla de la parte dominante para poder mantener el discurso y la inferioridad del otro. 



En La trampa del autoengaño se refiere al efecto perdurable de la colonización. 

Claro, sobre todo en la parte económica. Las colonias estuvieron orientadas estructuralmente a exportar recursos naturales y se emplearon conceptos económicos como la ventaja comparativa para mantener esa estructura. Hoy, 60 años después de las independencias, los países africanos siguen siendo, estructuralmente hablando, exportadores de recursos naturales sin transformar.



En este contexto, ¿África y Occidente pueden tener unas relaciones sanas? 

No. La idea es que en Europa se proponen iniciativas para África, pero cuando no funcionan se abordan como si fuera un problema africano y no europeo.  



Europa apostó por la seguridad en el Sahel frente al terrorismo yihadista, iniciativa que, con el paso del tiempo, ha resultado ineficaz. 

El ejemplo del Sahel es muy interesante, porque es una demostración, primero, de la arrogancia europea, que pensaba que a través de Libia podría dar una lección de moralidad o de derechos humanos, y lo que ha hecho ha sido crear un lío gigantesco. Después ha intentado conseguir una solución sustituyendo desarrollo por seguridad. El segundo problema pasa por no reconocer que todas las sociedades con preeminencia de comunidades pastoralistas tienen problemas de insurgencia porque estos grupos no fueron integrados en la economía moderna. Como no tienen una salida, se van a la insurgencia. La cobertura ideológica de la insurgencia no es importante, puede ser yihadismo u otra cosa, sino que están marginados y no integrados. Eso pasa en el Sahel y en el resto del mundo.  

Un rebaño cruza una zona del lago Chad cerca de la aldea de Guite, al norte de Yamena, la capital chadiana. Fotografía: Philippe Desmazes / Getty




Seguridad, caridad…parece que Occidente se ha autoimpuesto el papel de salvador.

Como explico en La trampa del autoengaño, todo empezó con buena voluntad, pero el problema es que la buena voluntad no es transformadora, hay que utilizar esta energía de otra forma. ¿Cómo cambiamos la mentalidad? Me gusta partir de la ­psicología para explicar que no es un problema económico, sino de mentalidades. Para comprender un cambio en nuestra forma de pensar, la psicología explica que todo se basa en una forma de compensación por asuntos que nos perturban. Por ejemplo, puede tratarse de una perturbación moral: «Yo soy más rico y quiero ayudar al pobre». Esa es una realidad que me perturba. Entonces llevo a cabo una compensación. La cuestión es que hay que sustituir compensación por transformación, que tiene otros códigos, otro tipo de necesidades y de estructura mental.



Si vemos las prácticas de Occidente en África cuesta pensar que comenzaron con buena voluntad. 

Los que están detrás de la ayuda al desarrollo tienen buena voluntad, pero también una estructura mental por la que piensan que lo que están haciendo es lo apropiado. No se dan cuenta de que esa actitud es paternalista, de que están sustituyendo la capacidad de la gente de hacer lo que les parece más importante. Aunque sabemos que históricamente todos los procesos de desarrollo dependen de algo orgánico, de dar la posibilidad a la gente de evolucionar de una forma interna, ellos mantienen la idea de que la implementación de las políticas públicas tiene que venir desde arriba. 



¿Por qué no se pasa de la ayuda a la transformación? ¿Esta última es más cara? 

Es más difícil, pero no es más cara. Lo ilustro con un ejemplo. El mecanismo del FMI que clasifica la sostenibilidad de la deuda de los países trabaja en base a la capacidad de cada nación de atender a sus obligaciones externas. Son todo criterios externos, como la balanza de pagos. Sería bueno tener también criterios internos enfocados en la población, como la educación o la salud, porque no puede ser que solo haya criterios para que los mercados se sientan bien. La sociedad también tiene necesidades, ¿no? Es un cambio que requiere de trabajo técnico, trabajo de datos, de presionar un poco a las agencias de calificación para que tengan un cuadro de referencia de riesgo más completo. Este trabajo se puede hacer, sería una ayuda muy importante… y mucho más barata. 

Un puñado de billetes de curso legal en Zimbabue en 2024. Fotografía: Hakan Nural/Getty



¿Podemos fiarnos de las instituciones que surgieron de Bretton Woods cuando son las que, en muchas ocasiones, están ahogando a países africanos y no africanos?

Son actores políticos, reflejan la dinámica que las creó y las mantiene, y los africanos tienen ahí una representatividad muy muy muy pequeña. No es justo que en el Consejo de Seguridad de la ONU no haya un país africano de forma permanente, cuando el 60 % de su agenda está vinculada a conflictos en el continente. La razón por la que ese 60 % le corresponde a África tiene que ver con eso: si hubiera un país en el Consejo muchos de esos problemas no estarían ahí. Es el caso de Asia. Myanmar y Corea del Norte no han llegado al Consejo. ¿Por qué? Porque China no lo permite. Eso en lo político, pero en lo económico sucede lo mismo. Por ejemplo, hasta la llegada de Trump, el Banco Mundial era un líder en la lucha contra el cambio climático y ahora es al contrario, así que está bastante claro que hay una influencia de los más poderosos. 



En su libro, insiste en la idea de que no es suficiente con constatar la transparencia de los Gobiernos, sino que es necesario exigir el desarrollo de la sociedad.

Tengo una tipología muy sencilla para clasificar el liderazgo africano: hay líderes de rentas y líderes de reformas. Los primeros son los que viven con el statu quo, y una parte de esto tiene que ver con la exportación de productos y recursos naturales. Hay países que incluso no tienen recursos y su renta es la ayuda al desarrollo. La utilizan de la misma forma para reproducir las élites sin cambios de fondo. Los que hacen cambios estructurales son los reformistas. Estos, para mí, no son necesariamente los más democráticos, pero sí los que tienen más resultados. Pero no es esa la cuestión, sino que tienen un enfoque transformador de la vida de la gente. Digo muchas veces que el debate [sobre la democracia] es demasiado ritual porque se centra en la constitución o en las elecciones, sin pararse a reflexionar si esos ritos sirven para generar renta o transformación. En ocasiones gobierna el que ha sido elegido democráticamente, pero lo que va a hacer es robar.



Aunque haya sido elegido en las urnas. 

Sí, pero tiene legitimidad para hacerlo porque fue elegido. Eso no me interesa.

Un votante rellena su papeleta en el Instituto Técnico Charles Atangana de Yaundé (Camerún) el pasado 30 de noviembre, durante las elecciones regionales en el país. Fotografía: Daniel Beloumou Olomo / Getty



Esta idea abre un debate un poco perturbador, sobre todo si se analiza desde Occidente. 

Es difícil y creo que no hay respuestas fáciles para esto, porque salimos del debate moralista para entrar en una reflexión más centrada en cambios y transformaciones. Lo que me parece importante, e insisto mucho en eso, es no pensar en términos de cómo democratizar a África, sino en cómo africanizar la democracia. La idea que trasciende por detrás presupone que los principios democráticos tienen que prevalecer, pero tienen que tener elementos propios de África para poder hacerlo.   

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