
Publicado por Chema Caballero en |
Abbi nunca tiene prisa. Se mueve despacio, como si nada fuera urgente en la vida. Pasa el día pescando; es su oficio y su pasión. Sale temprano de casa, llega al lago y escudriña las aguas. Enciende un cigarro y lo fuma lentamente, recreándose en el humo y la nicotina. Mira la altura del sol. Se fija en la marea. Hoy es baja, habrá poca concentración de peces. Se descalza y deja las chanclas junto a la orilla. Con su red y un bidón al que ha añadido un neumático de caucho viejo, penetra despacio en la laguna, hasta que el líquido llega casi a sus rodillas. Como pidiendo permiso al fetiche que la tradición dice que protege el lago. Deja el recipiente junto a él. Y solo entonces comienza a desplegar la red. Asegura bien la cuerda en la muñeca derecha, luego va separando los plomos y cogiendo la malla entre sus dedos. Agarra la punta, balancea el cuerpo y lanza el aparejo no muy lejos. Este describe un círculo en el aire, silba en su vuelo, se extiende en toda su redondez, cae sobre la superficie provocando un sonido seco y se hunde lentamente arrastrado por los pesos de sus bordes.
Abbi espera unos minutos antes de comenzar a recoger la red. Lentamente tira de ella, pliega la malla y llega hasta su borde. Allí, en los bolsillos que la rodean, han quedado atrapados un par de peces no muy grandes. Los coge con cuidado, los introduce en el bidón que tiene cerca de él y recomienza toda la operación. Lanzar, recoger. Tras cuatro intentos y unos cinco ejemplares, el pescador se toma un descanso. Saca el paquete de tabaco del bolsillo, extrae un cigarrillo, lo enciende y fuma relajadamente mientras explora las aguas que le rodean. Terminada la pausa, se desplaza unos metros hacia su derecha y vuelve a comenzar con su tarea.
Abbi dice que aprendió el oficio de su padre. Disfruta de él. No le gustaría cambiarlo por otro trabajo. Cada vez son menos los jóvenes del pueblo que se dedican a la pesca. La mayoría emigra a la capital en busca de otros empleos. Pero él no piensa hacerlo. Tiene lo suficiente para vivir, asegura. Su mujer, Kayi, vende en el mercado los peces que él consigue junto a los cangrejos que ella misma pesca echando cestas desde una barca en el lago.
Kayi no está tan convencida como su marido de que la pesca sea el mejor trabajo para ellos. Se queja de que no deja casi ganancias y, con tres niños, los gastos son muchos en casa: la escuela, la ropa, la comida. A ella no le importaría migrar y buscar una ocupación más lucrativa en la ciudad. Además, piensa que allí los hijos tendrán más oportunidades. Abbi sonríe mientras escucha a su esposa. Saca un nuevo cigarrillo y lo enciende. Exhala lentamente el humo y mueve la cabeza. «En ningún otro lugar tendríamos tanta paz y felicidad como aquí», sentencia.
En la imagen superior, Abbi lanza las redes en medio del lago. Fotografía: Chema Caballero.