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Por P. Daniel Villaverde Marcos



Escribo estas líneas en abril. Es tiempo de vacaciones escolares y por nuestra misión deambulan todos los días niños, adolescentes y jóvenes que buscan matar el tiempo charlando, con pasatiempos y juegos o buscando un trabajillo que les permita ganar algo de dinero. Al final es el deporte quien gana la partida, sobre todo el fútbol.

El distrito Turkana del noroeste de Kenia, donde vivo, es una zona semidesértica donde hace mucho tiempo se asentaron unos pueblos pastores seminómadas conocidos como turkanas o ngiturkanas. Aunque había estado aquí antes, regresé a esta tierra el 21 de enero de 2022. Estoy destinado en la parroquia de Cristo Rey, que se ubica en Lokichar. La ciudad, que crece a ojos vista, está atravesada por la carretera principal que une Nairobi con Lodwar, la capital del distrito que da nombre a nuestra diócesis.

Formamos comunidad tres misioneros combonianos de tres continentes. El párroco es un mexicano, el P. Pablo Simón Rodríguez, que lleva muchos años en Turkana; el ecónomo es el P. Daniel Babley, un togolés que llegó hace dos años, y yo, gallego de nacimiento, soy el superior de la comunidad. 

Nuestra parroquia ocupa un terreno bastante grande que se va quedando pequeño por las numerosas estructuras y actividades que acompañamos en beneficio de nuestra gente y de cualquier persona que se acerque a nosotros. Contamos con una bonita iglesia hexagonal y la gruta de la Virgen, un lugar muy visitado donde las personas se reúnen para rezarle a María. También contamos con un parvulario, la escuela primaria y el Centro San Juan ­Pablo II, dedicado a niños, niñas y adolescentes con capacidades diferentes. Estos niños menos afortunados estudian en la escuela primaria situada a pocos metros del centro. 

Pero nuestras instalaciones no terminan ahí. Disponemos también de un centro juvenil dotado con una biblioteca, varias salas de juego y reuniones, además del campo de fútbol sala y del terreno para jugar a baloncesto y balonmano. Todo eso sin contar, por supuesto, con nuestra comunidad y la de las religiosas de las Hermanas Evangelizadoras de María que, entre otras muchas cosas, se ocupan de gestionar el Centro San Juan Pablo II. En la actualidad son cuatro, con las que compartimos y llevamos a buen término muchos de los trabajos, ocupaciones, proyectos y actividades de formación y de pastoral de la parroquia. No me gustaría olvidarme de un proyecto que comenzamos hace un par de años enfocado al cuidado y rehabilitación de los mal llamados niños de la calle. Gracias a la ayuda de algunas personas, conseguimos identificar y dar seguimiento a estos chicos con el objetivo de integrarlos en las escuelas.

Los combonianos llegamos a Turkana en 1976 y Katilo fue nuestra primera presencia. Ahora contamos con dos comunidades. La mía, en Lokichar, abierta como parroquia en 1991, y Nakwamekwi, fundada en 2003.

Desde aquel aparentemente lejano 1976 hasta 2026 han cambiado muchas cosas en el distrito Turkana, la mayoría para mejor. No debemos tener vergüenza de proclamar a los cuatro vientos que la diócesis de Lodwar es una de las instituciones que más ha contribuido a superar los grandes problemas, desafíos y falta de medios de nuestra gente. No solo se han construido escuelas, dispensarios, centros de rehabilitación para personas con ceguera, sordera o capacidades diferentes, sino que también se ayuda a viudas, huérfanos y niños de la calle. Cuando hemos sufrido hambrunas y epidemias, cuando se organizan campañas de vacunación, de lucha contra la malaria, la neumonía o el tifus, siempre se han hecho presentes las manos abiertas y el corazón generoso de nuestros misioneros y misioneras, de nuestros sacerdotes locales y fidei donum, y de religiosos y religiosas de muchas congregaciones que han dejado y siguen dejando una huella imborrable.

También la parroquia de Lokichar, que cuenta con numerosas capillas en un radio de 50 kilómetros, ha crecido estos años. En 2024 nació de ella la parroquia de Lochwa, que está bajo el cuidado de dos sacerdotes fidei donum. Además,este año estamos traspasando la nueva parroquia de Kakalel a los Misioneros de Yarumal. La mies es mucha y los obreros que se mojan en el día a día son pocos, pero aún así la Palabra de Dios sigue siendo celebrada y compartida en el silencio del alba y también al atardecer. La pasión por la Misión y por los más pobres y abandonados nos da alas para ver de cerca y mirar a lo lejos. 

Termino saludando a todos en nombre de nuestra «gente-familia de aquí» para toda «la gente-familia de allí». Que el buen Dios nos siga bendiciendo a través de san Daniel Comboni y todos los santos.


En la imagen superior, el autor del texto saluda a varios miembros de la comunidad de Katilo, donde el misionero trabajó hace años. Fotografía: Enrique Bayo





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