Soberanía o paz

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Los ataques del Ejército de EE. UU. contra objetivos del Estado Islámico dividen a la población nigeriana.



Por Alfonso Masoliver desde Jos (Nigeria).


El 25 de diciembre de 2025, Estados Unidos bombardeó el norte de Nigeria por primera vez en la historia. El objetivo fueron posiciones del Estado Islámico en el estado de Sokoto, golpeadas con misiles Tomahawk lanzados desde buques situados en el golfo de Guinea. Donald Trump, que alardeó de inmediato de lo sucedido, señaló en su perfil de la red social Truth que «esta noche, bajo mi dirección como comandante en jefe, Estados Unidos lanzó un ataque poderoso y letal contra la escoria terrorista de ISIS en el noroeste de Nigeria, que ha estado atacando y asesinando brutalmente, principalmente, a cristianos inocentes, a niveles nunca vistos en muchos años, ¡e incluso siglos!».

Y ya se sabe: cada palabra y acto decididos por el presidente estadounidense son analizados al milímetro por millones de personas. Es en este alud de juicios precipitados sobre las redes sociales donde cabe preguntarse cuál es la opinión de los principales afectados por la decisión, los nigerianos, que sufren desde hace décadas la ­inseguridad en casi todo el país.

En el norte acecha el terrorismo islámico de la mano de Boko Haram y del propio Estado Islámico. En el centro del país, los choques por el control de la tierra entre ganaderos y agricultores han derivado en un conflicto multifacético que relaciona lo étnico y lo religioso. En el delta del Níger, los vertidos de petróleo y la desigualdad económica permiten la proliferación de grupos armados que roban el crudo, secuestran a trabajadores y emboscan al Ejército del país. Las mafias, conocidas como cultos, también siembran su dosis de terror en las ciudades. Y la totalidad del territorio vive expuesto a los secuestros de la mano de terroristas islámicos, grupos armados y bandidos de diverso pelaje.

Comunidades de pastores y agricultores se reunieron el 14 de enero en la localidad nigeriana de Sopp para abordar la violencia intercomunitaria que se vive en la zona. Fotografía: Alfonso Masoliver. En la imagen superior, el pasado 27 de diciembre, un motociclista y dos niños pasan por delante de algunos de los destrozos visibles en la localidad de Offa tras el ataque estadounidense contra objetivos del Estado Islámico en Nigeria. Fotografía: Abiodun Jamiu/Getty



La reacción al ataque

Sin embargo, contrariamente a lo que podría imaginarse, la mayoría del país ha aplaudido el bombardeo. Incluso Aliyu Abubakar, un anciano fulani del estado de Plateau –donde se suceden los choques entre ganaderos y agricultores–, musulmán y miembro de una comunidad que ha atacado en repetidas ocasiones a los agricultores cristianos, reconoce que «si Trump viene a Nigeria a imponer la paz, una paz duradera, es bienvenido». Al recordársele que el presidente estadounidense culpa a los musulmanes de masacrar a cristianos, es decir, a Aliyu y su gente, el fulani se mantiene en su postura: «No queremos luchar más. Estamos cansados, queremos paz. Si el Gobierno nigeriano no es capaz de ofrecernos una alternativa, entonces podrá ser Trump quien lo haga». Lo dice rodeado por los suyos, que asienten y murmuran en su bello idioma.

El mensaje de Aliyu es impactante. Destroza narrativas.

En Kwi, una localidad enfrentada desde 2001 con la comunidad de Abubakar, también acogen con alegría el bombardeo. Y, por supuesto, lo mismo sucede con un pastor de la ciudad de Jos cuyo nombre permanecerá en el anonimato. Este clérigo, evangelista, recalca en una entrevista que «la situación en el país ha mejorado desde el 25 de diciembre. Los bandidos están asustados. Huyen a los bosques, se dispersan, tienen miedo de actuar». Al final, Trump dijo que, si el Gobierno nigeriano no adoptaba medidas más severas para combatir al terrorismo, él mismo se encargaría; y los nigerianos afectados por la violencia cíclica opinan que si el Ejecutivo de Bola Tinubu no cumple con su parte, pueden aceptar que Trump venga, vea y venza.

Ozobo Austin es un conocido activista de la etnia ijaw que lucha por los derechos de su pueblo sobre los campos de petróleo del delta del Níger. Ya antes del famoso bombardeo, cuando comenzaron a formularse las amenazas de Washington, comunicó a los medios nigerianos que «los bandidos y terroristas desfilan con sus fusiles AK-47 a plena luz del día, bajo la mirada de los agentes de seguridad que, en lugar de abatirlos, los protegen». Austin consideró que las amenazas de Trump eran consecuencia del fracaso de un Gobierno que no ha sabido priorizar la vida de sus ciudadanos. Ozobo es otro que se suma a la lista de los aliviados.

Los que se oponen

¿Quiénes dentro de Nigeria son reticentes a una intervención estadounidense? En primer lugar, algunos de los residentes de las zonas afectadas por los proyectiles. Pero debe recalcarse que los medios nigerianos no recogieron quejas por el objetivo de los ataques. Los ciudadanos locales no criticaron que Estados Unidos combata de forma activa contra el terrorismo; solo temían  que las bombas les cayeran a ellos. Y esto se debería a que algunos de los Tomahawk se estrellaron supuestamente sobre granjas y propiedades privadas, poniendo en duda la puntería con que fueron disparados. A nadie le resulta agradable que llueva plomo durante la noche.

El Gobierno nigeriano quiso restar importancia a estos temores y aseguró en un comunicado que las propiedades afectadas lo fueron por los restos de los misiles y no por los proyectiles en sí, además de insistir en que ningún civil murió o resultó herido. A través de una nota de voz enviada a MUNDO NEGRO, el P. Atta Barkindo, director ejecutivo del Kukah Centre, con sede en el noreste del estado de Sokoto, ha subrayado, sin embargo, la confusión y el desconcierto que se vive en la región tras el bombardeo. «Es muy difícil conocer el impacto real de los ataques aéreos. No sabemos cuántos terroristas ni cuántos civiles han sido alcanzados. Toda la información parece estar clasificada», explica este sacerdote nigeriano.

Algunos ciudadanos del país, en especial los más patriotas, o aquellos residentes en Abuya y Lagos, lejos de los peligros, critican que Trump hará en África como con Venezuela: derrocará al Gobierno, impondrá una suerte de protectorado y robará los preciados recursos nigerianos. Y puede que este temor sea relevante, aunque el Ejecutivo aseguró en un comunicado emitido el 26 de diciembre que los ataques sobre Sokoto se realizaron en colaboración con las fuerzas de seguridad nigerianas.

Pocos consideran que el objetivo de Trump consista en «salvar» a los cristianos. Incluso quienes apoyan la acción lo consideran así. Nadie nació ayer. El propio pastor de Jos indica que «Trump también atacó Venezuela, donde cristianos mataban a cristianos, y todos sabemos que el petróleo era su único interés». Pero añade un detalle clave: «Si realmente consigue bombardeos precisos que no maten a civiles inocentes y llega a un acuerdo con el Gobierno a cambio de pacificar Nigeria, yo no estaré en contra de eso».

La realidad en Nigeria nunca es blanca o negra. Es difícil de descifrar. Pero lo que sí es cierto es que la inseguridad es insostenible. Y que muchos, incluso aquellos que son señalados como culpables, desean la paz a cualquier precio. Aunque su valioso petróleo sea la moneda con la que paguen una vida tranquila.

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