
Publicado por Autor Invitado en |
Compartir la entrada "«Tú vas a salir para las misiones»"
Cuando le pedí al P. Miąsik Maciej Tomasz que nos hablara de su vocación, enseguida me envió el texto que os presentamos este mes. Maciej es un misionero comboniano polaco de 46 años. Le conozco muy bien porque estudiamos juntos Teología en el escolasticado de Lima (Perú). Aunque la vida misionera nos ha llevado por caminos distintos, mantenemos en la distancia nuestra amistad. Como él mismo nos cuenta, tejer hermosas relaciones y amistades y luego tener que dejarlas para ir a otro país forma parte de este proyecto vital. Según Maciej este es uno de «los momentos más duros», que al misionero no le queda más remedio que asumir.
Estoy convencido de que la mejor manera de estimular la vocación misionera es conocer a misioneros y misioneras satisfechos y contentos con la vocación recibida. Y Maciej es uno de ellos. Os invito a dejaros interpelar por su testimonio.
Por P. Miąsik Maciej Tomasz, mccj
Procedo de una familia cristiana católica de raíces campesinas y obreras de las periferias de Rzeszów (Polonia), la capital de mi región, que limita con Eslovaquia y Ucrania. Mi niñez y adolescencia estuvieron marcadas por el fin de la transición del comunismo al sistema demócratico. Fui bautizado a las pocas semanas de nacer y desde mi infancia recibí formación cristiana en el seno de mi familia. Junto a mis dos hermanos menores, aprendí de boca de mi madre las oraciones básicas. Desde que tengo memoria, recuerdo que mi familia tenía la rutina de participar regularmente en las misas dominicales y festivas en mi parroquia. También nos compraban libros con historias bíblicas que me encantaba leer. A los 10 años era monaguillo y más tarde lector. Poco a poco fui conociendo más a fondo la fe y la persona de Jesús. También crecía en el amor a Dios y en el espíritu de servicio.
La adolescencia trajo consigo ciertas crisis de fe y en mi relación con Dios. Atravesarlas me llevó, sin embargo, a renovar y fortalecer mi relación con Él en una profunda experiencia de su amor paterno que llenaba mi corazón. Por eso me comprometí en los grupos juveniles de mi parroquia y del colegio. Gracias a la oración, la meditación cotidiana de la Palabra y los encuentros con personas de fe, nació en mí un deseo fuerte de querer compartir esta experiencia transformadora de Dios con aquellas personas que no lo conocían. Aunque yo estaba todavía en Secundaria, este deseo muy pronto desembocó en la decisión de dedicarle mi vida.
Mi discernimiento sobre la forma concreta de consagrarme al servicio de Dios y a su Reino fue tomando cuerpo. Primero, la voluntad de ser sacerdote; después, serlo dentro de la vida religiosa y, por último, como misionero. «Tú vas a partir para las misiones. Tienes la misma mirada al escuchar un testimonio misionero que tenía un amigo mío que luego dio ese paso». Estas palabras marcaron mi camino. Me las dirigió un sacerdote amigo después de escuchar juntos las palabras de un franciscano que venía de Lima (Perú).
Por aquel tiempo me topé por primera vez con los Misioneros Combonianos. Vinieron a mi parroquia para hacer animación misionera y sentí que con ellos podría realizar mi vocación. La decisión final la tomé al leer una pequeña biografía de san Daniel Comboni. Me decía a mí mismo: «Si tengo que ser misionero, quiero serlo a su estilo, siguiendo su carisma». Tenía 18 años y me faltaba un semestre para terminar Secundaria cuando participé en mi primer encuentro vocacional con ellos. El promotor vocacional despejó mis dudas sobre si mi salud me permitiría trabajar como misionero. Una vez terminada la Secundaria empecé mi formación con los Combonianos.
Estuve tres años en el postulantado de Varsovia, en la única comunidad comboniana que había entonces en Polonia. Después, junto a otros cuatro compañeros, fuimos a Italia para los dos años del noviciado. No solo fue un tiempo para madurar mi consagración religiosa, sino también para aprender a vivir en una comunidad con personas de diferentes orígenes y en un país con una cultura diferente a la mía. Después de los primeros votos fui enviado al escolasticado de Lima para seguir la formación misionera.

Los desafíos culturales, los estudios de Teología y el trabajo pastoral me daban a veces mucha satisfacción, pero otras cuestionaban mi mentalidad religiosa, mi visión de la fe, de la Iglesia y de la Misión. Las misiones de verano me provocaban una alegría particular. Durante tres años seguidos estuve yendo, junto a otros dos compañeros, a pasar dos meses en una comunidad indígena de la selva central peruana, donde sentía que mis sueños misioneros se hacían realidad poco a poco.
Al concluir el escolasticado, y antes de los votos perpetuos, pedí hacer mi servicio misionero de un año en la nueva comunidad comboniana de Pangoa, a orillas de la Amazonia, para trabajar con los nativos nomatsiguengas. Esta experiencia de formar una comunidad misionera, en la que convivíamos peruanos, mexicanos, italianos y polacos, marcó mi vida comboniana, dio el último impulso y selló de alguna manera mi decisión de consagrarme de manera definitiva como misionero según el carisma de san Daniel Comboni.
No pude realizar mi deseo de continuar la misión de primera evangelización en Perú después de mi ordenación sacerdotal. Tuve que aceptar la decisión de los superiores y quedarme en Polonia algunos años desarrollando el trabajo de animador misionero, promotor vocacional y formador de jóvenes postulantes. Al inicio me costó mucho asumir ese tipo de servicio a la Misión que suponía quedarme en mi país y postergar el deseo de trabajar en la pastoral directa. Fueron unos años en los que, en apariencia, no hubo muchos frutos, sobre todo desde el punto de vista vocacional. Sin embargo, luego me di cuenta de que, aunque en esa década no tuvimos nuevos postulantes, sí florecieron muchas vocaciones de laicos misioneros combonianos y mucha gente se solidarizó con las misiones ayudándonos de diferentes maneras.
Desde hace cinco años estoy de vuelta en la Amazonia peruana. Junto a otros dos combonianos, el padre español Lorenzo Díez Maeso y el escolástico zambiano Mathews Mwaba, tenemos a nuestro cargo la parroquia de Pangoa. Es para mí una gran alegría haber podido volver después de tanto tiempo a esta misión. Me estoy encontrando con muchas personas que conocí cuando era escolástico.
Lo que más me alegra es ver a las personas a las que he acompañado en su camino de fe y de crecimiento humano, como cristianos y misioneros, y constatar que han respondido a la gracia de Dios y están dando frutos abundantes. Me alegra haber podido acompañarlos en su camino de iniciación cristiana y de crecimiento en la fe, no solo a nivel personal, sino también como familias, porque son muchas las parejas a las que he acompañado en su preparación al matrimonio, cuya alianza también he bendecido.
Los momentos más duros vienen cuando tienes que cambiar de país después de haber vivido en un lugar muchos años y haber tejido hermosas relaciones, amistades y empezado de alguna manera a echar raíces. Me refiero a mi primera experiencia, al momento en el que tuve que dejar Perú después de casi seis años allí. Pero también a cuando tuve que abandonar Polonia para volver a tierras peruanas después de casi 11 años en la comunidad de Cracovia. Aunque cada cambio conllevó una nueva adaptación bastante rápida, intuyo que el peligro pasa por no querer echar raíces en un lugar para no sufrir más tarde un nuevo desarraigo.

Después de tantos años en este camino misionero, no me imagino para mí otra manera de vivir. Si retrocediera en el tiempo y tuviera que escoger de nuevo, tomaría la misma decisión. Siento que me he impregnado de este estilo de vida y ahora es parte de mi identidad profunda, tanto cristiana como religiosa, sacerdotal y misionera. Con sus luces y sus sombras, he vivido distintas facetas en mi vida misionera comboniana, desde la animación misionera, la promoción vocacional o la formación a la pastoral directa en la que trabajo en la actualidad. Todo me ha enriquecido como persona y como misionero. Espero poder brindar mi mejor servicio a la Misión donde Dios me lo pida a través de mis superiores, pero ahora estoy feliz en Pangoa y por el momento me quedo acá.
A los jóvenes españoles que están dando vueltas a la vocación misionera les invito, antes que nada, a plantearse con sinceridad y valentía lo que desean hacer con sus vidas y también a que se pregunten cuál creen que es el sueño de Dios para ellos. Estoy convencido de que, en el fondo, estos sueños y deseos se entrelazan y compenetran, ya que es el Señor quien pone en nuestro corazón tanto el deseo de una vida plena como la llamada a que cada uno de nosotros pueda realizarla de manera particular e irrepetible. Él ha moldeado y sigue moldeando nuestros corazones para que podamos descubrir y elegir los caminos para vivir una vida llena de sentido.
Querido joven, para lograr una vida feliz es imprescindible que te preguntes: «¿Para quién vivo?». Si descubres que Dios te ha creado y te llama para la vida misionera, sea como laico, laica, religiosa, religioso, sacerdote o hermano, no dudes en decirle que sí y poner tu vida en sus manos. Si tienes dudas o miedo, Él pondrá en tu camino personas que te ayudarán a despejarlos y discernir tu itinerario. Que no te falte la valentía y la generosidad para emprender este camino.
Compartir la entrada "«Tú vas a salir para las misiones»"