Un continente en lucha contra la ceguera

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El 15,3 % de los invidentes del mundo residen en África.




Por Gabriel González-Andrío desde Kinshasa (RDC)




El deterioro natural provocado por la edad, la exposición prolongada a la luz solar, el mal uso de determinados medicamentos, el abuso del alcohol y la escasez de oftalmólogos comprometen la visión de millones de africanos. Cuatro profesionales que trabajan en la República Democrática del Congo y Camerún reflexionan sobre esta realidad.



Ver o no ver, esa es la cuestión. Miles de africanos que padecen problemas graves de visión esperan la llegada de misiones médicas extranjeras dedicadas a la cirugía oftalmológica. La escasez de especialistas y del equipamiento necesario han dejado el problema en buena parte del continente en manos de unos pocos oftalmólogos locales y algunas ONG.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en África hay aproximadamente 5,6 millones de personas ciegas, lo que representa alrededor del 15,3 % del total mundial. Las cataratas, que se encuentran entre las principales causas de ceguera, afectan a casi dos millones de personas (el 36 % de las personas ciegas en el continente). En África subsahariana las tasas de discapacidad visual no tratada son superiores al 80 %, mientras que en las regiones con altos ingresos son inferiores al 10 %.

«Podría contar muchas experiencias, pero justo acabo de hacer una campaña médico-quirúrgica en el sur de la República Democrática del Congo (RDC), en la frontera con Angola, y casi el 40 % de los enfermos se quejaban de problemas de visión. Muchos casos eran hipermetropías y miopías no diagnosticadas y cataratas. La óptica más cercana para graduarse la vista estaba a más de 300 kilómetros por pistas de tierra. Con eso se dice todo», explica Ana Gutiérrez, médica en el Hospital Católico de ­Lisungi, en el barrio de Mont-Ngafula (Kinshasa), y religiosa esclava del Sagrado Corazón de Jesús.

«También por mi experiencia en la selva de Camerún, donde he hecho misiones oftalmológicas, me he encontrado a gente muy joven, de menos de 40 años, prácticamente ciega a causa del glaucoma», comenta. «Cada año veo en la consulta de medicina general unos diez casos de ceguera por traumatismos oculares producidos en el colegio o por violencia doméstica. Es algo muy triste», agrega.

Sin embargo, esta profesional también ha experimentado la felicidad por personas que recobran la vista gracias a intervenciones quirúrgicas. «He visto a gente feliz que recobraba la vista en campañas de cirugía de cataratas. Saltaban de alegría incrédulos, como el ciego de Jericó en la Biblia. Eso da mucha alegría», apunta.

Este es el caso, por ejemplo, de Jean Paul, funcionario del Ayuntamiento de Kinshasa, donde continúa trabajando a sus 70 años. Este paciente acudió en 2024 a la consulta de la doctora Gutiérrez por un problema de visión importante que le impedía hacer su trabajo. «No podía escribir porque no veía, no podía acudir al trabajo porque cruzar las peligrosas y caóticas calles de Kinshasa era casi imposible. En mi casa no me atrevía a quedarme solo porque no reconocía a la gente que se acercaba y tenía miedo de ser asaltado. Además, a causa de la pérdida de visión, mi familia ni me atendía ni me respetaba», recuerda Jean Paul.

Y prosigue: «La doctora me diagnosticó cataratas bilaterales y me envió al hospital de Saint Joseph para ser operado. Un mes después fui intervenido por 300 dólares, el equivalente a mi salario de dos meses. Ahora estoy feliz».

La religiosa constata que Jean Paul «está muy contento y ha podido volver al trabajo, sus compañeros ahora le tratan muy bien, ha recuperado su vida social y retomado sus actividades en la parroquia y en una coral. Es increíble ver cómo una pequeña operación devuelve tanta vida y tanta dignidad».

La hermana Ana no es la única que hizo las maletas para aterrizar en África y desarrollar actividades médicas humanitarias. Richárd Hardi, de origen húngaro y también médico y misionero católico, eligió en 1995 el mismo destino que Ana: la RDC. 

La Hna. Ana Gutiérrez con un niño durante una consulta. Fotografía: Archivo personal de ana Gutiérrez.


La Clínica Saint Raphael

Hardi se licenció en Medicina General en 1990. Entre ese año y 1995 se especializó en oftalmología en Tatabánya (Hungría). Mientras tanto, en 1992, entró en la comunidad católica La Ciudad de las Bienaventuranzas. Tras graduarse como oftalmólogo, pidió que le enviaran en misión al antiguo Zaire. 

«Aquí nuestra comunidad administra y sostiene un gran hospital en Kabinda, en la provincia de Lomani. De 1995 a 2005 trabajé en esta misión y en este hospital. En 2006 abrí una consulta oftalmológica. Entre 2015 y 2020 pude construir la clínica, referente para unos ocho millones de personas en tres provincias», explica Hardi.

La Clínica Oftalmológica Saint Raphael es muy conocida gracias a que trata con el mismo nivel de atención tanto a los pacientes más pobres como a los más pudientes. Mantiene precios asequibles para todos y gracias a una metodología moderna obtienen buenos resultados, sobre todo entre los que han sido intervenidos quirúrgicamente.

«También hacemos numerosos viajes a las principales ciudades en un radio de 600 kilómetros para visitar a los pacientes y ofrecerles nuestros servicios. La clínica cuenta con todos los servicios en un mismo espacio: oftalmología pediátrica y de adultos, gafas, farmacia, quirófano, etcétera», comenta Hardi.

Pese a los esfuerzos de misioneros y cooperantes, los datos revelan una situación límite para las personas con cataratas en la RDC. En 2024, en el país había 105 oftalmólogos para 110 millones de habitantes. 

La formación de futuras generaciones en esta especialidad tampoco parece viable hoy por hoy. Richárd Hardi opina que «la preparación de médicos especialistas es muy lenta y bastante cara. Solo hay dos clínicas universitarias en el Congo en las que se forma a oftalmólogos, en Kinshasa y Lubumbashi. Hay que hacer todo lo posible para cambiar esto. Además, viajar al extranjero a formarse es difícil y muy caro».

Mientras tanto, en la clínica de Hardi operan cataratas con métodos modernos por unos 100 dólares –aproximadamente el 10 % del precio en ­Europa–, aunque los pacientes con medios tienen que pagar más. Las operaciones de niños son gratuitas. «Lógicamente, para poder trabajar así, necesitamos subvenciones y donativos», apunta.

Ana Gutiérrez considera, sin embargo, que «la formación para el diagnóstico es fundamental, también saber derivar lo importante o tratar con rapidez los procesos infecciosos para que no evolucionen hasta la ceguera. Esto sí que es relevante».

Marie Sheka, de 89 años, en la sala de espera de Oftalmología en el Hospital Materno Infantil Monkole, en Kinshasa. Fotografía: Gabriel González-Andrío


30 000 operaciones

Otro nombre clave en la lucha contra la ceguera en el continente es Elena Barraquer. Su fundación fue creada en 2017 con un objetivo muy claro: luchar contra la ceguera evitable causada por cataratas en personas sin recursos. En la actualidad, tienen proyectos activos en 28 países, entre el continente africano y América Latina. Han realizado más de 80 expediciones y operado a casi 30 000 personas. 

«Desde el inicio de mi carrera he tenido muy presente que ver es vivir y sabía que quería dedicar una parte importante de mi vida profesional a ayudar a quienes no tienen acceso a algo tan básico como una operación que puede cambiarles la vida en cuestión de minutos», explica la facultativa.

«Nos centramos en África porque es uno de los continentes donde la falta de atención oftalmológica es más crítica. En muchos de los países donde trabajamos, quedarse ciego significa perderlo todo: la autonomía, el sustento y, en muchos casos, la dignidad. Para mí no hay mayor recompensa que ver esa primera mirada cuando se quita el parche al día siguiente de una intervención», subraya.

Barraquer no ve viable impartir formación en una materia tan compleja y delicada. «No estamos tan centrados en la formación quirúrgica porque, honestamente, la técnica que utilizamos nosotros –la ­facoemulsificación– todavía no es viable en muchos países de África debido al alto coste del equipamiento y a la dificultad de acceso al mismo, tanto en infraestructura como en mantenimiento». En línea con lo manifestado por Gutiérrez, añade que «eso no significa que no apostemos por la formación. Nos centramos en enseñar diagnóstico, seguimiento de determinadas patologías y, sobre todo, en cómo manejar grandes volúmenes de pacientes, algo que para nosotros es clave. Nuestro objetivo es que el personal sanitario local pueda detectar, priorizar y derivar casos con más criterio y seguridad». Y manda un mensaje esperanzador: «Ojalá en el futuro, cuando las condiciones lo permitan, también podamos formar cirujanos locales».

Paciente de una misión médica de la fundación Elena Barraquer. Fotografía: Fundación Elena Barraquer


Fuga de talento

Fanny Mbacham es oftalmóloga en la Policlínica Poitiers Bessengue de Duala (Camerún), donde ofrece atención especializada y procedimientos de diagnóstico para mejorar la salud ocular en la región. Posee formación avanzada en investigación clínica en la Harvard Medical School. «Camerún se enfrenta a una escasez crítica de oftalmólogos, con una concentración de especialistas en las grandes ciudades, Yaundé y Duala, mientras que las zonas rurales están cruelmente infradotadas», explica Mbacham.

Según el Consejo Internacional de Oftalmólogos (ICO, por sus siglas en inglés), el país cuenta con unos tres especialistas por cada millón de habitantes –el país tiene una población cercana a los 31 millones–. En 2018, la ONG Orbis cifraba en 73 los oftalmólogos del país. «En la actualidad hay unos 130 profesionales, pero la formación local sigue siendo limitada y los especialistas buscan puestos mejor remunerados en centros privados o en el extranjero», apunta Mbacham.

Desde la Policlínica Poitiers Bessengue, la doctora considera que «las misiones médicas europeas están aportando una ayuda inestimable al proporcionar un alivio inmediato y reducir de forma temporal las listas de espera para las operaciones de cataratas. Sin embargo, para una solución duradera, es esencial contratar y retener a los profesionales locales. Esto garantizará una atención continua adaptada a las necesidades específicas de la población».



Prevención

Todos los profesionales coinciden en que la prevención es el único camino para frenar las estadísticas. «Es vital en el caso de las cataratas. Es muy importante el seguimiento de la diabetes, las enfermedades infecciosas o las cataratas por yatrogenia –mal uso de medicamentos–», explica Gutiérrez. Otras claves son «la protección de la luz solar, reducir el enorme consumo de alcohol y luchar contra la violencia que provoca ceguera por traumatismos oculares. Otro tema importante es el diagnóstico y el tratamiento temprano del glaucoma, ya que se puede evitar la ceguera si se trata a tiempo», agrega.

Elena Barraquer comenta en este sentido que «uno de los mayores desafíos en los países donde trabajamos es que muchas personas llegan demasiado tarde. Han pasado años sin diagnóstico ni tratamiento y cuando por fin acuden a una expedición [médica], ya no hay nada que podamos hacer por su vista. Pero sí, la prevención y el acceso temprano al diagnóstico son claves para evitar que esos casos lleguen a ser ­irrecuperables».   


Imagen tomada en 1977 en un lugar indeterminado de África occidental. Un enfermo en oncocercosis es guiado por un niño. Fotografía: Tom Stoddart / Getty



Ceguera de los ríos


La oncocercosis, también conocida como ceguera de los ríos, es una enfermedad parasitaria que afecta a millones de personas, especialmente en África, América Latina y Yemen. Se transmite a través de la picadura de la mosca simulium, que vive y se reproduce cerca de los ríos. Las personas infectadas por estos d´´ípteros desarrollan signos dermatológicos y oculares y, tras años de parasitosis, se quedan ciegas. En algunas provincias de la República Democrática del Congo, esta enfermedad está muy extendida. Sin embargo, la causa más frecuente de la ceguera en África, como en el resto del mundo, es el envejecimiento, que provoca que las proteínas del cristalino se degraden y se reagrupen, provocando su opacidad. Además, otros factores aumentan el riesgo de sufrir cataratas, como la exposición a los rayos ultravioletas, la malnutrición o la diabetes. Otros factores relevantes en el incremento de casos son el consumo excesivo de corticoides y de alcohol.




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