«Vivimos en un mundo de impunidad»

en |




Reed Brody, escritor

El abogado de derechos humanos Reed Brody (Brooklyn, 1953) ha publicado Atrapar a un dictador. La búsqueda de la justicia en un mundo de impunidad (Debate, 2025). La obra es el fruto de 25 años de trabajo con las víctimas del dictador chadiano Hissène Habré, condenado en 2015 en Senegal por crímenes de lesa humanidad. A su paso por Madrid habló con nuestra revista.


Lo que ocurrió en Chad durante la dictadura de Hissène Habré pasó bastante desapercibido en los medios. ¿Por qué?

Era otra época. Chad estaba muy lejos de los focos de interés, no había mucha información de lo que pasaba allí. No era una época de iPhones o de CNN, así que la gente no sabía lo que ocurría. Incluso muchos chadianos no conocían la existencia de las prisiones secretas. Eso se supo con la caída de Habré, cuando se liberó a los presos políticos. Una de las cosas que nos costó mucho fue dar a conocer esa realidad en Senegal [donde se le juzgó en 2015]. Allí Habré se había convertido en un musulmán piadoso que iba a la mezquita los viernes. La gente no era consciente de lo sangriento que fue. Cuando logramos su detención por primera vez en el 2000 no conseguimos convencer a los senegaleses de que era un criminal, por lo que fue liberado. Fallamos porque no convencimos a la opinión pública senegalesa. 



Hace unos meses, preguntamos al escritor Gaël Faye (ver MN 714, pp. 32-37) si se podía sacar algo positivo del genocidio de Ruanda. Respondió que absolutamente no. ¿Y en el caso del Chad de Habré?

Tengo que pensar que sí. Un día estábamos en Dakar viendo por satélite la televisión chadiana y hablaban del juicio que nosotros habíamos presenciado ese mismo día. Me di cuenta de que la gente en Chad estaba siguiendo el juicio a su antiguo dictador no porque el dictador de entonces [Idriss Déby] quisiera, sino por el trabajo de la abogada chadiana Jacqueline Moudeïna, de Suleymane [Guengueng], de Clément [Abaifouta] y del resto [de víctimas]. No puedo decir que las cosas en Chad han mejorado. Bueno…, no hay DDS (Dirección de Documentación y Seguridad) y no equiparo a Idriss Déby ni a su hijo [Mahamat Déby Itno, actual presidente] con Habré, pero sería difícil argumentar que Chad es un Estado de [derecho]… Tengo que pensar que en la mentalidad de las personas queda la posibilidad de que ellos, como ciudadanos, tienen la capacidad de obtener justicia contra sus gobernantes. 



Sentar ante un tribunal a Habré, ¿era la gran victoria o el inicio de un proceso?

La historia sigue. Nunca tenemos victorias ni derrotas definitivas. Vivimos en un mundo de impunidad, en un mundo que está en retroceso en términos de justicia. El caso Habré es una victoria. El juicio, la condena y la pelea de las víctimas son victorias aquí y han inspirado otras luchas. El caso Pinochet inspiró a las víctimas de Habré y las víctimas de Habré inspiraron, entre otras, a las víctimas de Yahya Yammeh o a las de ­Moussa ­Dadis Camara… La gente, sobre todo en África occidental, ve que si las cosas se hacen mal puede ocurrir lo mismo que con Habré. Es un logro en la lucha por la justicia, pero no hay una victoria final todavía. 

El presidente estadounidense Ronald Reagan recibe a Habré en la Casa Blanca durante una visita del dictador chadiano. Fotografía: Jean-Louis Atlan / Getty. En la imagen superior, Reed Brody el día de la entrevista. Fotografía: José Luis Silván




¿Qué importancia tuvo que fueran africanos los que juzgaran a un antiguo presidente? 

Fue muy importante. Entré en el caso Habré a través del caso Pinochet. Cuando la Cámara de los Lores dijo que Pinochet no gozaba de inmunidad, a pesar de su estatuto de ex jefe de Estado, y que podía ser juzgado en cualquier parte del mundo, nos dimos cuenta de que con la jurisdicción universal teníamos un instrumento para llevar ante un tribunal a los torturadores y tiranos que parecían fuera del alcance de la justicia. La pregunta era quién iba a ser el próximo Pinochet. Cuando la abogada chadiana Delphine Djiraibe vino a vernos a Human Rights Watch nos interesó que Habré se había refugiado en Senegal. Si la justicia universal tenía vocación de universalidad, no podía limitarse a España, Bélgica y Reino Unido, sino que los países del sur global también tenían que participar de ella. Si conseguíamos que Senegal, que había ratificado el Estatuto de Roma y todos los tratados de derechos humanos, juzgara a Habré, sería un logro. En ese culebrón político-judicial hubo altibajos, como cuando el presidente senegalés, Abdoulaye Wade, dijo que no era posible juzgarle en su país, por lo que intentamos que fuera en Bélgica. Durante años tuvimos dudas de si el juicio sería en un país o en otro. 



¿Qué querían las víctimas?

Un juicio en Bélgica, porque no confiaban en la justicia senegalesa. Yo tampoco. Sabíamos que la vía belga no era la más viable, porque África no iba a mandar a Habré allí. Cuando Wade se negó a juzgarle en Senegal, convencimos a EE. UU., a la Unión Africana (UA) y a Chad de la opción de Bélgica. Incluso Yamena pidió a Dakar que enviaran al dictador a Bruselas, aunque hubiera sido mucho menos impactante un juicio allí. Uno de los golpes más duros fue la decisión de la Corte de Justicia de la CEDEAO, que dijo que no podía ser juzgado en un tribunal senegalés, sino en uno internacional. Aquello parecía la sentencia de muerte del caso, porque no teníamos dinero para organizar aquello. Sin embargo, logramos constituir un tribunal panafricano por 10 millones de dólares al que impusimos las reglas de un tribunal internacional, incluida la grabación y la emisión de las sesiones. Confiaba en que cuando los senegaleses escucharan los testimonios de las víctimas y de los expertos, pero sobre todo de las víctimas, iban a entender que Habré era un criminal de lesa humanidad. 



Algunos países africanos han cuestionado la justicia internacional, en especial el TPI, por su fijación con el continente. 

Nosotros nos beneficiamos, en cierto modo, del disgusto africano con el TPI. El juicio se hizo gracias a un esfuerzo muy importante de la UA, que se implicó para demostrar a la comunidad internacional que África podía juzgar a los africanos. Es muy fácil preguntarse por qué no se ocupan de otros casos no africanos, pero también es cierto, y denuncio siempre ese doble rasero, que los casos africanos en La Haya están bien fundados y la mayoría han sido enviados al TPI por los propios Gobiernos del continente. Estábamos ante una hipocresía de los africanos, a la vez que ante un doble rasero de La Haya por no ocuparse de Palestina, por ejemplo. 

Varias personas acceden al Palacio de Justicia de Dakar el 21 de septiembre de 2025, durante el juicio. Fotografía: Seylou / Getty



Ya que menciona Palestina, ¿qué recorrido puede tener la denuncia de Sudáfrica contra Israel por genocidio ante el Tribunal Internacional de Justicia (TIJ) ? 

Sudáfrica hizo un regalo a la justicia al tomar las riendas, pilotar esa demanda y poner el derecho internacional en el foco de la atención mundial. El umbral probatorio que estableció el TIJ en el caso de Bosnia y Serbia para demostrar un genocidio es demasiado alto. Dijeron entonces que solo se puede concluir que hay genocidio cuando esta es la única explicación para entender el comportamiento de un Estado. Y eso es demasiado, porque Israel puede argumentar, por ejemplo, que ellos se están defendiendo y están librando una guerra. Pero va a haber un caso que llegue antes al TIJ: el de Gambia contra Myanmar por genocidio. Hay muchos países que han intervenido en el proceso para sugerir al TIJ que flexibilice el umbral probatorio para concluir que hay genocidio, por lo que va a depender mucho de la jurisprudencia que salga del caso Gambia-­Myanmar. Lo que ha hecho Gambia es un ejemplo de solidaridad Sur-Sur. Que un país africano tome la iniciativa de llevar a un Estado asiático al TIJ por la protección de los rohinyás es un ejemplo a seguir. 



Volvamos al juicio a Hissène Habré. ¿Habría sido posible enjuiciarle sin el apoyo de una organización como Human Rights Watch?

Habría sido muy difícil.



¿Esto perpetúa la imagen del blanco que va a salvar al africano negro?

Ese fue uno de los desafíos del caso: cómo establecer un vínculo real entre un abogado estadounidense de una de las organizaciones occidentales más potentes con víctimas muy humildes, activistas y abogados de uno de los países más pobres del mundo. Uno de los secretos de nuestra victoria fue poner a las víctimas y sus relatos en el centro de la acción. Cuando estás tratando de convencer a alguien de unos hechos, es mucho mejor que lo argumente la persona que los sufrió. Creamos un comité en el que estábamos tres chadianos, una senegalesa y yo. Jacqueline, la abogada chadiana, era la jefa y los asuntos más importantes los consensuábamos. Además, hay que entender que las víctimas querían el juicio, pero también una reparación económica, y eso no se podía dejar de lado. Entendimos que era importante el reconocimiento de las víctimas en su país. Recogimos sus testimonios y elaboramos documentales donde aparecían. Estaban orgullosas de participar en el caso. La decisión de muchas de las mujeres violadas de ir a Senegal y testificar ante las cámaras de televisión del mundo entero en un tribunal se produjo porque tenían confianza y porque se sentían parte de aquello. Aquella era su lucha. 

Suleymane Guengueng. Fotografía: Seylou / Getty


El libro Calle Este, calle Oeste, de Philippe Sands, tiene ciertos paralelismos con el suyo. Ambos difunden procesos que arrancan desde la base y terminan con un gran impacto en el ámbito jurídico. 

Soy muy amigo de Philip, que fue nuestro abogado en el caso Pinochet. Los libros inspiran o pueden inspirar. Hay dos grandes hilos en la justicia internacional. Uno es el TPI y el otro son los casos de justicia universal o frente a jurisdicciones nacionales. El de Habré es fruto directo del caso Pinochet, como muchos otros. Son fruto de la acción popular, no en un sentido jurídico, sino en el de que cualquier víctima puede ser un Suleymane Guengueng y cualquier abogado puede ser un ­Reed Brody. Los casos llevados por víctimas están mucho más descentralizados y son más replicables. Durante el juicio contra Habré en Dakar estuvieron presentes organizaciones de la sociedad civil de Guinea, que estaban preparando el caso contra Moussa Dadis Camara por la masacre del estadio [el 28 de septiembre de 2009, policías y militares reprimieron un mitin de la oposición en un estadio de Conakry. Fallecieron 156 personas y 109 mujeres fueron violadas. Camara, condenado por un tribunal guineano en 2024 a 20 años de cárcel por crímenes de lesa humanidad, fue liberado en marzo de 2025 «por motivos de salud»]. Muchas veces, me llegan personas inspiradas por el trabajo que hago, o que hacemos, y que quieren hacer lo mismo.



¿Se puede confiar más en esta justicia transnacional o internacional que en los grandes organismos como el TPI y el TIJ? 

Yo no confío en sistemas, sino en personas. En España y en Bélgica las leyes de justicia universal más generosas y aprovechadas fueron recortadas justamente por su generosidad y su utilización. Tanto en Bélgica como en España esas leyes se vieron bien cuando se trataba de argentinos, de chilenos o de ruandeses, pero se desmoronaron cuando le tocó el turno a estadounidenses, israelíes o chinos. En general, creo en la movilización de la sociedad civil, en la educación… Lo más sostenible a largo plazo es la concienciación y la organización de la sociedad civil. 

El dictador chadiano en la sesión del juicio celebrada el 20 de julio de 2015 en Dakar (Senegal). Fotografía: Cemil Oksuz / Getty



¿Quién es y qué significa Suleymane Guengueng, una de las víctimas de Habré? 

Suleymane es un hombre ingenuo, íntegro, que ha transformado su sufrimiento en un proyecto de vida y de justicia. No tenemos mucho en común: él es profundamente religioso y yo soy ateo. Aunque, bueno, sí tenemos muchas cosas en común como la determinación y la obsesión. Para mi trabajo en África es una satisfacción encontrarme con personas como él. Aunque también es un problema, porque me he pasado 20 años tratando de no defraudar sus expectativas. Suleymane tiene fuerza moral, tiene carisma. Ahora tiene la ciudadanía estadounidense y vive como un inmigrante cualquiera en un barrio pobre, decente pero pobre. 



Él y otros muchos lograron sentar al dictador.

Esa, para mí, es la victoria de los oprimidos. Me acuerdo cuando salimos del tribunal y ante las cámaras Suleymane dijo: «A todas las víctimas les digo: abran la boca, hablen, denuncien». Es un héroe. Suleymane es un héroe. Termino el libro contando el momento en el que nos sentamos en un hotel en Dakar y me dijo que no le había defraudado. 

 

Abdourahmane Gueye. Fotografía: Seylou / Getty



Colabora con Mundo Negro

Estamos comprometidos con la información sobre África

Si te gusta lo que hacemos, suscríbete a nuestra revista o colabora con nuestro proyecto