Ana Palacios: la fotografía y el movimiento

Realización: Javier Sánchez Salcedo / Entrevista: Javier Fariñas Martín / Música: Bluet Dot Sessions y Doctor Turtle

 

 

Por Javier Fariñas Martín

El arte fotografiado. El arte capicúa. Una fotógrafa retratando artistas circenses, músicos o acróbatas. Es el arte dentro del arte. Arte al cuadrado, recogido en el libro Art in Movement, que la fotógrafa Ana Palacios ha presentado este otoño en Madrid y que, desde entonces, no ha dejado de dar vueltas.

 

El juego de palabras e ideas de la entradilla parece una paradoja, pero no lo es. Como tampoco es una contradicción el periplo vital de esta fotógrafa aragonesa que después de 15 años trabajando en las tripas de la industria cinematográfica más poderosa y famosa del mundo, Hollywood, se encontró con un remurmullo en el estómago y una inquietud en la conciencia que empezó a acallar cuando se fue a un orfanato de India, con una congregación religiosa, y que solapó después en Etiopía, Tanzania, Burundi, Benín y Uganda, países en los que ha documentado fotográficamente el trabajo de diversas ONG que trabajan con colectivos desfavorecidos.

En este tiempo, el clicar analítico y repetido de Palacios ha recogido a las niñas de las zonas rurales etíopes, a los albinos tanzanos, a los pigmeos burundeses o a los desatendidos pacientes de enfermedades tropicales benineses. Y todo ello con un objetivo que trasciende a la propia fotografía: “Para mí es muy importante no solo mostrar mis fotos, cosa que me divierte, me gusta y me interesa, sino que es importante mostrar el trabajo de las ONG u organizaciones con las que trabajo”.

 

Fotografía de Ana Palacios.
Fotografía de Ana Palacios.

 

La ruptura

Sin afán cronológico, todas las etapas africanas de Ana Palacios –hasta llegar a Uganda–, le habían servido para desasirse poco a poco de la farándula, de los caprichos de actores y directores –con los que podría, sin duda, escribir otro libro de muchas páginas y más anécdotas, pero que no tendría cabida probablemente en este rincón de Mundo Negro– y para descubrir a algunos de los últimos de la fila. Ese convencimiento le arrancó la convicción larvada de trabajar para algo que diera sentido a su vida y a su actividad laboral. Por ello se propuso no aceptar en 2015 ninguna película, a pesar de que la llamaron para formar parte de proyectos luminosos como Juego de Tronos. “Quería intentar vivir profesionalmente de la fotografía que tuviera un sentido –explica–, no de cualquier fotografía, sino de la fotografía documental que sirviera para algo”.

Casualidad, coincidencia o un acto de justicia solapada, llegó Uganda. Apareció el ofrecimiento de la ONG In Movement: Art for social change. Se trataba de ir a Kampala y acercarse –Ana Palacios repite, repite y repite la idea de documentar a través de la fotografía– a un proyecto de formación a través del arte para chicos en riesgo de exclusión. “Hasta la fecha yo había documentado problemas más urgentes como la situación de hambre, de falta de agua, de niños huérfanos, de hospitales rurales o psiquiátricos en Asia. Y, sin embargo, no consideraba tan importante el arte como herramienta para el cambio social. No entendía bien cuál era la misión de una ONG que dedicaba su tiempo y su dinero a eso”.

 

Fotografía de Ana Palacios.
Fotografía de Ana Palacios.

Ana Palacios se incrustó en medio del centro que la ONG tiene en la capital ugandesa. Como si fuera la antítesis de cualquier photocall de medio pelo, la vida comenzó a desplazarse con naturalidad delante de sus ojos y de sus objetivos. Jóvenes con distinto perfil, con un patrón de vida diferente pero con un factor común: el riesgo de exclusión. Poco a poco, entre instantánea e instantánea, “fui conociendo a esos niños y entendiendo lo que significaba el arte como herrramienta para el cambio. Era ver cómo esos niños conseguían expresarse, cómo conseguían ser creativos y tener una educación informal muy interesante a través de la práctica de disciplinas artísticas”. En pleno proceso de aprendizaje, Palacios descubrió que “no es que se busque el arte como alto rendimiento, no es que la ONG busque formar a grandes artistas, no es esa su finalidad. Se trata de darles una herramienta para que puedan expresarse y tener un pensamiento crítico de la vida”. Y, en definitiva, la autora de Art in Movement fue realmente consciente de que “la falta de educación es otra forma de pobreza muy seria. Sin educación esos niños no pueden ser líderes de opinión. Hay que construir una sociedad con ciudadanos que tengan educación y opiniones propias, que aprendan a pensar por sí mismos, y no parezcan sacados de un molde”.

El tiempo de trabajo, dos meses, y la empatía que poco a poco fue creciendo entre los futuribles artistas y la fotógrafa, permitieron que casi una anécdota, el salto espontáneo de algunos de ellos, delimitase el concepto, la idea central, que Ana se traería de tierras ugandesas y que, meses más tarde, completaría Art in Movement. Palacios recuerda que “a pesar de que son disciplinas artísticas muy visuales, como no son grandes pintores ni grandes acróbatas circenses, las imágenes eran regularcillas. Pero un día comenzaron a saltar y encontré el salto como expresión de liberación y de cambio”. Por eso, la mayoría de las instantáneas son de chicos y chicas saltando. Artistas en el aire. Artistas retratados en una expresión de libertad que el lector (¿sería mejor hablar de espectador cuando hablamos de un libro de imágenes?) percibe desde la portada, protagonizada por Hamuza Primo.

 

Fotografía de Ana Palacios.
Fotografía de Ana Palacios.

 

¿Vidas de película?

Ana Palacios / Fotografía de Javier Sánchez Salcedo
Ana Palacios / Fotografía de Javier Sánchez Salcedo

La vida de este joven de 15 años bien podría ser contada en una gran producción de trazo americano, de esas con las que hasta hace poco estaba tan familiarizada la fotógrafa aragonesa. Huérfano de padre y con una madre que se desloma limpiando casas para pagar, por turnos, la escolarización de sus seis hijos. Ahora tú, después tú y, por último tú. Así, la educación como una ruleta de la fortuna en los barrios de Kampala. Pero Hamuza quiere ser bailarín, “y fue muy interesante ver cómo a través de In Movement tenía que aprender también muchas otras cosas para poder ser bailarín. Tenía que aprender matemáticas, otras asignaturas, otras disciplinas de la vida para poder hacer lo que quería de verdad”.

Aparece Hamuza Primo. Pero también Zulaikah, que quiere ser periodista. O Mugisha Frank, que desea ser abogado. O Kibuuka Mukisa Frank que anhe ser fotógrafo, como Palacios. En definitiva, ser otra cosa de la que a priori determina el destino.

Más o menos lo que vivió también, en carne propia, Ana Palacios, quien decidió después de un proceso inacabado rehacer su vida para dedicarse a documentar los vagones de cola de nuestras sociedades. Eso sí, con una mirada muy alejada de los estereotipos. “Muchas veces se ha mostrado a los empobrecidos en una búsqueda de compasión y a través del sensacionalismo. Mientras, un enfoque más positivo y esperanzador facilita que la persona que vea esas fotografías empatice con esa realidad. Ya existe la compassion fatigue, este agotamiento e insensibilización a los dramas… Mientras te comes el filete estás viendo a los refugiados y cambias el canal sin ningún problema. Y una manera de aproximarse mejor a la solidaridad es mostrar esos dramas de una manera esperanzadora”.

Eso, ni más ni menos, es Art in Movement. En su contraportada, el libro se presenta así: “El salto simboliza la liberación del futuro, oprimido por la pobreza y las drogas. Un instante que sabe captar Ana Palacios en su trabajo fotográfico realizado en Uganda, con niños que han superado la exclusión social gracias al arte. (…) estos jóvenes cuentan su historia frente a la cámara”. Hay veces que las palabras sobran. Con la imagen basta. Y no se trata de contar cuántos caracteres equivale a una instantánea. Es algo más.

 

Fotografía de Ana Palacios.
Fotografía de Ana Palacios.