El derecho a volver y a quedarse

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¿Se imaginan imaginarse ser de un lugar que ni siquiera han pisado? ¿Se imaginan imaginarse jugando entre árboles cuyo nombre desconocen o no pronuncian bien? ¿Se imaginan imaginarse charlando con familiares sin cara y con nombre, porque jamás pudieron ponerles rostro, más allá de las fotos borrosas que, a falta de los móviles, cámaras, carretes o dinero para revelar, llegaban a cuentagotas?

¿Se imaginan imaginarse expresándose a la perfección en un idioma que siempre oyeron, pero del que no entienden ni una palabra? ¿Se imaginan imaginarse riéndose bien alto y aplaudiendo al tiempo, mientras están en su pueblo, con sus parientes, recordando anécdotas que jamás pudieron vivir juntos debido a los miles de kilómetros que les separan?

Pues eso me ha pasado, cuando era más pequeña y todavía no había estado en Allí. Allí como nombre propio. Cada cual tiene el suyo y hace referencia al país de origen, se llame como se llame. En todas las casas de acá, si hay un Allí, tenemos claro cuál es. En ciertas ocasiones, da miedo nombrarlo, en otras se empañan los ojos, a veces se frunce el ceño, y tampoco es raro que los dientes se escapen de los labios y los mayores sonrían. Depende del lugar, del tiempo que hace que no van, de cómo se despidieron y de si pueden regresar.
Eso en cuanto a la abstracción, a la capacidad de verse en otros/nuestros sitios. Pero hay más, también está la memoria de lo vivido, de la cual queda la nostalgia o la rabia.

Imagínense recordando bailar en el salón, delante de la televisión, con la música que sale de las cintas de vídeo proveniente de otros lares que son sus lares, pero que nunca han visitado. Imagínense convertir la alfombra en una pista improvisada. Imagínense dejarse la piel en ella hasta quedarse sin aliento y sentir que el ritmo viene de fuera, pero también de dentro.
Imaginen tener la cabeza llena de historias de elefantes a los que no pueden escuchar bramando durante la noche, de leopardos, tortugas o ballenas, y cuyo escenario es el Atlántico o la selva y no los palacios que albergan a las rubias princesas. Rubias, no nubias.
Imaginen crecer queriendo ser una de ellas, no poder, y luego, no querer.

Imagínense comiendo alimentos que llegaban en maletas y recogían en aeropuertos. Imagínense que su sopa fuera de cocido los sábados y de cacahuete los domingos. O viceversa. Imagínense que nadie a su alrededor supiera a qué sabía aquello. Imagínense estar toda la vida traduciendo las escenas que pasaban fuera de casa y de las que sucedían en su interior. Es extraño ser y no ser de una tierra ajena y propia por imposición, porque tu madre o tu padre –o los dos– decidieron caminar lejos hasta que se detuvieron en el sitio donde viste la luz. Es raro e interesante, y estimulante y agotador.

Y luego está el presente y la maldita curiosidad. Imagínense comprobar que su imaginación ha ido demasiado lejos y necesita saber más. Pero imagínense el temor a visitar un sueño, a pellizcarse y darse cuenta de que es real. Imagínense que los árboles no son tan verdes, ni tan altos ni tan frondosos, o que los mosquitos, en cambio, doblan su tamaño. Imagínense no sentirse preparado para dar el salto mortal hacia atrás, puesto que ir a Allí implicaría desandar el camino que iniciaron nuestros progenitores. Sería lícito no poder ni querer regresar por el miedo a que Allí no se parezca en nada a la imaginación imaginada, pero también volver, para comprobar cuánto había de verdad.

Cualquier opción es válida. Entre tanto, tenemos derecho a volver o a quedarnos. Los del medio, nos movamos o no, continuamos errando.

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