
Publicado por Butros Nicola Bazia en |
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Durante décadas, el poder y la influencia internacionales se han definido por la fuerza militar, la influencia económica y el control sobre las instituciones globales. Sin embargo, está surgiendo otra forma de influencia en el sur global: un poder arraigado en la soberanía, bendecido por la memoria histórica y la resistencia a la presión externa. La Comunidad de Desarrollo de África Austral (SADC), creada en 1980 y que incluye a 16 Estados, se está convirtiendo en un símbolo de este cambio.
En los últimos años, las posiciones de la SADC sobre conflictos regionales y cuestiones de gobernanza reflejan algo más que diplomacia rutinaria. Este organismo pone de manifiesto una determinación creciente entre los Estados africanos de defender el principio de que los resultados políticos deben ser determinados por los propios africanos, y no por gobiernos extranjeros que persiguen intereses estratégicos. No se trata de antioccidentalismo, sino de una exigencia de coherencia.
En el sur global, y en especial en África, líderes y ciudadanos han observado durante demasiado tiempo cómo las normas internacionales parecen aplicarse de forma selectiva. Principios internacionales como la democracia o los derechos humanos son valores universales en escenarios políticos mundiales, pero su aplicación depende con frecuencia de la conveniencia geopolítica. El resultado ha sido una brecha de credibilidad cada vez mayor entre la retórica y la práctica occidental.
Este fenómeno podría describirse como una forma de rearme moral basado en la confianza intelectual y política de unos Estados que se niegan cada vez más a ser tratados como receptores pasivos de las decisiones de Occidente. La mayoría de los países están reivindicando el derecho a definir sus propias prioridades y alianzas. Curiosamente, esta tendencia plantea un desafío a EE. UU., ya que la influencia no puede basarse solo en la ayuda económica, la cooperación en materia de seguridad o la presión diplomática, sino que depende cada vez más de la credibilidad.
El secretario ejecutivo de la SADC, Elias Magosi, participó en las reuniones de primavera del FMI y el Banco Mundial, celebradas en abril de 2026 en Washington, en las que defendió sus prioridades y la colaboración global y puso de manifiesto la creciente determinación del sur de África de influir en la gobernanza económica internacional, en lugar de limitarse a reaccionar ante ella.
La percepción que tiene el sur global de la doble moral occidental se ha convertido en un motivo para diversificar sus relaciones. La creciente implicación de los Estados africanos con potencias como China, India o Brasil refleja esta realidad y Estados Unidos está aprendiendo la lección: la política internacional no debe subestimar las aspiraciones de los países que prefieren la flexibilidad al alineamiento.
La creciente asertividad de la SADC debe entenderse como parte de la transformación global. Sin embargo, al desafiar los marcos tradicionales de las jerarquías existentes, la verdadera pregunta es si las potencias establecidas están preparadas para comprometerse con un mundo en el que la influencia debe ganarse en lugar de darse por sentada.
El futuro de las relaciones internacionales puede depender menos de quien ostente el mayor poder y más de quien demuestre un mayor respeto por la soberanía y la autonomía de los demás. En ese sentido, el sur global, y especialmente los africanos, ya no se limitan a reaccionar ante el orden mundial, sino que están contribuyendo a redefinirlo.
En la imagen superior, escena de una calle de Lilongüe, Malaui. Fotografía: Gonzalo Vitón
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