Una cerveza fría al caer la tarde

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Ahora que llega el verano en Europa y apetece sentarse en una terraza a tomar una cerveza fría, quizás sea también un buen momento para pensar en el lugar que ocupa el alcohol en otras sociedades. Porque ese vaso cubierto de pequeñas gotas de condensación, ese primer trago después de un día de calor, ese encuentro con amigos alrededor de una mesa, cuentan muchas más cosas que una simple preferencia por una bebida. También en África.

Durante mucho tiempo, una parte de la mirada exterior hacia el continente ha oscilado entre dos imágenes incompletas. Por un lado, la de sociedades donde el alcohol desempeña un papel importante en las tradiciones rurales y ceremonias antiguas. Por otro, la de determinados problemas asociados al abuso. La realidad, como casi siempre, es mucho más compleja.

África no tiene una única relación con el alcohol. Tiene muchas. Y algunos datos sorprenden. Cuando se revisan las estadísticas internacionales de consumo de alcohol, pocos esperan encontrar varios países africanos entre los primeros puestos mundiales. La imagen habitual lleva a pensar en las cervecerías alemanas, los pubs irlandeses o los bares del este de Europa. Sin embargo, el ranking de consumo anual de alcohol puro por persona mayor de 15 años elaborado a partir de datos de la Organización Mundial de la Salud coloca a varios países africanos en posiciones destacadas.

Uganda aparece como el país africano con mayor consumo, con algo más de once litros de alcohol puro por adulto al año, una cifra que la sitúa en el undécimo puesto del ranking mundial (muy por delante de España, que ocupa el lugar 35). Muy cerca aparece Burkina Faso, otro caso que puede sorprender a quienes asocian el Sahel únicamente con sociedades musulmanas y bajo consumo. Tanzania, Seychelles, Camerún, Benín, Gabón, Botsuana o Sudáfrica también ocupan posiciones elevadas dentro del continente.

Pero detrás de esos números hay muchas Áfricas. Porque el alcohol africano no nació con las grandes cerveceras ni con los bares iluminados de las ciudades. Mucho antes de la llegada de las botellas etiquetadas existían el vino de palma en África occidental y central, las cervezas de sorgo y mijo en el Sahel, las bebidas fermentadas de banana en la región de los Grandes Lagos o numerosos licores locales elaborados artesanalmente. Eran bebidas ligadas a momentos concretos. Se compartían en celebraciones, matrimonios, funerales, reuniones familiares o ceremonias comunitarias. En muchas sociedades beber no era tanto un acto individual como una práctica colectiva. La bebida circulaba, igual que circulaba la palabra.

En Uganda, por ejemplo, la relación con el alcohol no se explica solo mirando las botellas industriales que se venden en los bares de Kampala. Durante generaciones, las comunidades han elaborado bebidas fermentadas de banana y cereales que forman parte de celebraciones familiares y reuniones sociales. El tonto, una cerveza tradicional de banana, o el ajon, elaborado a partir de mijo, recuerdan que beber era una práctica cultural mucho antes de la llegada de las grandes marcas comerciales.

Muy cerca aparece Burkina Faso, en el puesto 12 del mundo, un dato que puede sorprender a quienes asocian el Sahel únicamente con sociedades musulmanas y bajo consumo. Allí la cerveza de mijo, conocida como dolo, preparada tradicionalmente por mujeres, sigue presente en pueblos y ciudades. Alrededor de una calabaza de dolo se conversa, se negocia y se celebran acontecimientos comunitarios. La bebida es también economía: miles de mujeres obtienen ingresos mediante su elaboración y venta.

En Tanzania (puesto 14), el consumo combina bebidas tradicionales con una cultura urbana cada vez más visible. Las terrazas de Dar es Salaam cuentan una historia parecida a la de muchas capitales africanas: jóvenes trabajadores que terminan la jornada, música, fútbol en una pantalla y una botella fría sobre la mesa.

Pero junto a estas bebidas fermentadas existen otras mucho más fuertes. En Uganda está el waragi, en Kenia el changaa, en Ghana el akpeteshie, en Nigeria el ogogoro, en Costa de Marfil el koutoukou, en Benín y Togo el sodabi. Algunas forman parte de tradiciones locales antiguas; otras muestran también una realidad más incómoda: el acceso a alcohol fuerte y barato en contextos de pobreza.

Y ahí aparece otra historia. África ha cambiado. Y la forma de beber también. Quizá el cambio más importante de las últimas décadas no está en cuánto se bebe, sino en dónde y por qué se bebe. En una calle cualquiera de Abiyán, Nairobi, Kampala, Lagos o Dakar, la cerveza se ha convertido en uno de los símbolos visibles de una nueva cultura urbana. Al terminar la jornada laboral, miles de jóvenes llenan terrazas y pequeños bares. Hay música, teléfonos móviles sobre la mesa, conversaciones sobre fútbol, política, negocios o relaciones. La botella fría se convierte en una señal de pertenencia a otro mundo.

Para muchos jóvenes que llegan desde pueblos pequeños a grandes ciudades, la primera cerveza pagada con su propio salario marca una frontera invisible. Es mucho más que consumir alcohol. Es uno de esos pequeños gestos que anuncian que han entrado en otro mundo. Es una manera de decir: trabajo, gano mi propio dinero, puedo decidir qué hacer con mi tiempo. Es una pequeña declaración de independencia.

En sociedades donde la familia extensa conserva un enorme peso y las obligaciones comunitarias siguen marcando la vida diaria, esos espacios urbanos ofrecen algo diferente: nuevas relaciones, mayor libertad y una identidad propia. La cerveza acompaña ese cambio.

También cambia quién bebe. En muchas sociedades africanas consumir alcohol en público fue durante generaciones una práctica fundamentalmente masculina. Hoy, en numerosas ciudades, mujeres jóvenes profesionales ocupan esos mismos espacios de ocio, aunque no siempre sin tensiones con normas sociales que siguen juzgando de manera distinta el mismo gesto según quién sostenga la botella.

Las grandes compañías cerveceras lo saben. África, con una población joven y ciudades que crecen rápidamente, se ha convertido en uno de los mercados más atractivos para la industria cervecera mundial. Las marcas patrocinan conciertos, equipos deportivos y eventos culturales. Venden no solo una bebida, sino una imagen: modernidad, éxito, amistad y diversión.

Pero esa imagen luminosa tiene otra cara. Porque junto a las terrazas de las clases medias urbanas existe otro consumo menos visible. En barrios populares, pueblos y zonas rurales, millones de personas recurren a bebidas mucho más baratas: destilados caseros, alcohol vendido en pequeñas bolsas o mezclas de fabricación informal al alcance de quienes tienen muy pocos recursos. Cada país tiene sus nombres. Cambian los ingredientes y los métodos, pero la lógica suele ser parecida: conseguir una bebida fuerte al menor precio posible. Algunas forman parte de tradiciones antiguas. El problema aparece cuando la producción se industrializa de manera clandestina, aumenta la concentración de alcohol o se añaden sustancias peligrosas para abaratar costes. Entonces una práctica cultural puede convertirse en un problema de salud pública.

Los gobiernos africanos se enfrentan a un dilema complicado. Prohibir estas bebidas puede destruir una fuente de ingresos para miles de pequeños productores y empujar el consumo aún más hacia la clandestinidad. Pero ignorar el problema significa aceptar intoxicaciones, enfermedades y una carga creciente para sistemas sanitarios que ya trabajan con pocos recursos.

Además está el problema del patrón de consumo. Un país puede tener una media moderada de litros de alcohol por habitante y, sin embargo, sufrir graves consecuencias si una parte de los consumidores concentra grandes cantidades en poco tiempo. No importa solo cuánto se bebe. Importa cómo se bebe.

En algunos lugares, el alcohol se ha convertido en una preocupación creciente por su relación con accidentes de tráfico, violencia doméstica, problemas laborales y dificultades económicas familiares. Para quienes viven con ingresos muy bajos, gastar una parte importante del dinero diario en beber puede afectar directamente a la alimentación, la educación de los hijos o la estabilidad del hogar. Como ocurre tantas veces en África, una misma realidad contiene muchas historias diferentes.

La cerveza compartida entre amigos al final del día habla de una juventud urbana que quiere disfrutar, socializar y construir nuevas formas de vida. El vino de palma recuerda comunidades donde beber significaba reunirse y conversar. Los licores baratos muestran las dificultades de quienes buscan escapar durante unas horas de una existencia demasiado dura.

El alcohol puede ser celebración. Puede ser identidad. Puede ser negocio. Puede ser también destrucción.

Quizá por eso una cerveza fría en una terraza africana cuenta mucho más que una simple historia de consumo. Habla de ciudades que crecen, jóvenes que buscan su espacio, tradiciones que cambian y sociedades que intentan encontrar un equilibrio entre disfrutar de la vida y protegerse de sus excesos.

Al final, el vaso es parecido en todas partes. Lo que cambia son las historias que contiene.



Fotografía: Javier Sánchez Salcedo

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