Ismail El Majdoubi: «Algunos no aguantamos las injusticias»

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«Tengo 21 años. Vine a España con 14 y pasé por siete centros para menores extranjeros. Ahora trabajo como mediador social en emergencia humanitaria con refugiados y chicos que llegan a la costa. Hemos creado la asociación Ex Menas Madrid para que se oiga nuestra voz y se conozca nuestra situación».

Ismail, ¿cómo fue tu infancia?

Soy de un pueblo chiquitito de Marruecos que hace frontera con Ceuta. Se llama Castillejos (Fnideq) y está muy influenciado por España: en el acento, las iglesias, los cuarteles… Allí crecí libremente con mi madre y mis hermanos. Tuve una infancia en la que hacía lo que quería, y estoy contento con aquella etapa de mi vida. Aunque también es verdad que vengo de una familia en situación de pobreza y tuvimos problemas económicos. Intenté hacer lo que todo el mundo: estudiar para tener un futuro en un buen trabajo, pero hubo otras necesidades que interrumpieron este objetivo. Sabía que no iba a poder ir a la universidad, por lo que antes de cumplir los 13 años me puse a trabajar los fines de semana y en vacaciones, a la vez que seguía estudiando.

¿En qué trabajabas?

Por un euro compraba paquetes de clínex y se los vendía a los turistas, porque hay mucho turismo en Castillejos. Más tarde, con 13 años, estuve trabajando en una pescadería en el mercado de la plaza. El dueño era un vecino del barrio, muy religioso, y cuando se iba a rezar yo me quedaba vigilando el puesto. Cuando él estaba atendiendo preguntaba a los clientes si querían que les limpiara el pescado y me daban una propina. El año antes de venir a España estuve trabajando en una tienda de zapatos. Muchas veces iba a trabajar sin que se enterara mi -madre.

¿Por qué decidiste marcharte?

Tenía muchos amigos que se habían ido a España, me contaban cosas y me enseñaban fotos. Creía que sería una buena salida, que la vida en la península iría mejor y quise probar. Imaginaba que los centros para menores en España serían geniales, que iba a estar con gente de otras nacionalidades, iba a aprender español, me haría amigos españoles y podría seguir estudiando. Pero cuando por fin cruzas a la península y llegas a uno de estos centros para menas (menores extranjeros no acompañados), desde el primer día empiezan las preocupaciones.

Tú has pasado por siete centros. ¿Cómo es la vida allí?

Yo tengo una opinión muy crítica. El objetivo de los centros es contenernos. Nos mantienen dentro por obligación hasta que cumplimos la mayoría de edad y luego, adiós, a la calle. Cuando estamos allí no nos dan información clara ni nos preparan para enfrentarnos al momento de salir. A menudo te chantajean: «Pórtate bien y te tramito la documentación», «Compórtate y te tramito un piso para mayores de edad». Tu bienestar en el centro depende del educador que te toque, y en algunos se aplica la ley de la calle: el más fuerte discrimina al más débil, hay abusos y no hay autoridad. Desde el primer momento te aíslan del resto de la sociedad. 

¿Por qué?

Últimamente están haciendo centros exclusivos para menas, y algunos de ellos son exclusivamente para marroquíes. ¡Luego dicen que tenemos dificultades para integrarnos! ¿De quién es la responsabilidad? Y desde que llegas al centro estás preocupado constantemente por los papeles. Aunque al ser menor no puedes ser ilegal, vives con esa inquietud. ¿Cómo es posible que un niño de 14 años esté preocupado por la tramitación de su tarjeta de residencia? Vives con esa preocupación permanentemente en un momento en el que deberías estar jugando en el patio o dando un paseo con tus amigos. Estás perdiendo tu infancia. A eso se suma el vacío de no tener a tu familia. Los chicos que están en los centros tienen una carencia enorme de cariño. 

¿Hay posibilidad de seguir estudiando mientras estáis en los centros?

Si tienes la mayoría de edad cerca la preocupación no te deja estudiar. Piensas que para qué vas a estudiar si tienes que aprender un oficio. ¿Cuántos menores extranjeros no acompañados salen de los centros con la ESO? Muy pocos. Cuando te acercas a los 18 años desanima mucho el hecho de que no sabes si te van a echar a la calle o a asignar a un piso. Con 18 aún no eres maduro para enfrentarte a ese cambio radical. Tengo un amigo que estuvo en un centro desde los 14, y al cumplir los 18 le dieron las gracias por su buen comportamiento, pero no le enviaron a un piso para mayores de edad, así que se ha tenido que ir a la calle sin nada. Estaba estudiando una formación de grado medio y lo ha tenido que dejar. Ahora vive de okupa y trapicheando, porque no hay otra opción si quieres comer. ¿Quién desea esa vida? Para ser justos, en los centros en los que yo he estado también ha habido educadores que me trataron fenomenal, que me enseñaron un montón de cosas. Allí aprendí la base del español y dediqué mucho tiempo a pintar, pero no hacía nada más. Aunque tenía techo y comida, me sentía como una persona sin hogar, sin orientación. La mentalidad que hay es: «¿Para qué vamos a hacer más esfuerzo e invertir más en ellos si los vamos a devolver a sus países?».

¿Cómo creásteis la asociación Ex Menas Madrid?

Fue una idea mía. Siempre he querido hacer algo por los chicos que están pasando por lo mismo que me tocó vivir a mí. He estado de voluntario haciendo de mediador y traductor, acompañándoles a Extranjería o al hospital. Hay gente que se desconecta, que se olvida de que ha sido un menor no acompañado, que forma su familia, se ocupa de su trabajo y no se mete en estas cosas. Pero hay otros que no aguantamos las injusticias. Eso me empujó a crear esta iniciativa en un momento en el que se iban a celebrar elecciones y desde algunos partidos políticos, y también desde los medios de comunicación, a los menores extranjeros nos estaban llamando de todo: banda de delincuentes, violadores… y nadie lo condenaba. El colectivo nació para reivindicar nuestras necesidades, para visibilizarnos y mostrar una imagen nuestra más positiva, que no se suele mostrar, y que corresponde a la de la mayoría de nosotros, que salimos adelante con nuestros propios recursos. Lo que pedimos es un trato humano, que un niño no tenga que preocuparse por gestiones de extranjería y reciba el cuidado y la atención que necesita cuando está en un centro. Pedimos la regularización de la documentación y unos recursos básicos para cuando alcanzamos la mayoría de edad y salimos de los centros.

¿Cómo actuáis desde la asociación?

Damos charlas informativas y entrevistas en medios de comunicación para que toda la sociedad sepa que existimos y qué pensamos. Colaboramos con oenegés y hablamos con partidos políticos. Estamos para dialogar, siempre en beneficio de los chavales. En estos momentos tan duros durante el confinamiento por el coronavirus hemos estado ayudando a chicos que están sin papeles y no estaban trabajando. Hemos organizado una campaña por nuestras redes que ha tenido una buena respuesta. La gente ha hecho donaciones para cubrir las necesidades de los chicos. Pero eso es un parche, tenemos que exigir soluciones duraderas a esta situación. Sabemos que nuestras acciones no van a producir resultados a corto plazo, pero tenemos la esperanza de que hay gente buena en todas partes y políticos que hacen bien su trabajo. En algún momento nuestro discurso llegará al Congreso.  Estamos aquí para ayudar, trabajamos en beneficio de nuestros chavales. 

Viniste a España impulsado por un sueño. ¿Cuál es tu sueño ahora?

Seguir estudiando y montar algo mío. Me gusta todo lo que tiene que ver con el arte. Antes de venir a España quería ir a una escuela de arte que hay en Tetuán, pero no pudo ser. Me gustaría seguir estudiando diseño artístico y moda, y montar una empresa de decoración y ropa que me dé autonomía para poder seguir ayudando a otra gente. Tengo otro proyecto para hacer algo en mi pueblo y apoyar a los jóvenes en sus casas, con sus familias, para que, aunque estén en la pobreza y no puedan seguir adelante con sus estudios, al menos tengan una -alternativa.   

Con él

«Conservo el ticket del bus que me llevó hasta Madrid. Lo tengo guardado en un cuadernito. Lo saco de vez en cuando y me recuerda lo intenso que fue el viaje desde que salí de casa. Me produce un sentimiento difícil de expresar, pero me siento satisfecho por la firmeza y la paciencia que tuve. Ha merecido la pena».


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