Jesús Aranda: Poder de convocatoria

Jesús Aranda, misionero comboniano
Por: Gonzalo Gómez - 23/10/2018
«En Sudán del Sur éramos pobres pero con dignidad. Ahora estamos entendiendo lo que es el exilio y lo que significa vivir como refugiados».
Coincidiendo con la celebración del DOMUND, publicamos una serie de perfiles de misioneras y misioneros que hablan sobre su vida, sus motivaciones y los lugares donde desarrollan su trabajo.

La primera vez que lo vimos había venido fugazmente a Madrid para acompañar a su compañero comboniano, el P. Isaac, muy enfermo, entonces, de malaria. Aranda nos habló de lo que estaba pasando en Moyo, cerca de la frontera entre Uganda y Sudán del Sur. Allí vivía ahora tras seguir a su gente que huía de la guerra desde Kajukeji, su misión sursudanesa. No quedaba mucho para nuestro viaje a Uganda (ver Mundo Negro, mayo 2018) y ya habíamos planificado el itinerario. Visitar Moyo suponía añadir, además, un trayecto de un día de ida y otro de vuelta. Pero escuchar a este mexicano de 66 años y no aceptar su invitación para conocer lo que nos contaba parecía una opción aún menos sensata que violentar una agenda ya de por sí bastante apretada. Poder de convicción y entusiasmo contagioso: ese es el primer apunte que hacer sobre el P. Jesús Aranda.

Ya en Uganda, Aranda nos presentó a los que considera su gente y se esforzó para que viésemos y entendiésemos lo máximo posible de la situación que atravesaban…

Un segundo apunte: sonrisa permanente y mirada soñadora. Porque así es como habla Jesús Aranda.

«En Sudán del Sur, en mi parroquia, éramos pobres pero con dignidad. Teníamos nuestra casita, nuestros animalitos, nuestros vestidos, podíamos cultivar… Era un país que empezaba nuevamente, con sus escuelitas y sus capillitas. Era una alegría ver cómo iban viviendo y creciendo, amando su tierra y su cultura. Pero ahora vivimos una miseria terrible. Estamos entendiendo lo que es el exilio y lo que significa vivir como refugiados», se lamenta en primera persona, próximo al destino de aquellos que han sufrido los horrores de la guerra y el destierro.

 

 

Refugiados Sudán del Sur

Una familia de Sudán del Sur en el campo de refugiados de Moyo, norte de Uganda. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo

 

Al principio su idea era quedarse en Sudán del Sur y desde allí visitar a la gente que había huido a los campos en Uganda. Pero un día celebró la Eucaristía y solo quedaban 13 o 14 personas que también planeaban irse. Entonces decidieron marchar para poder seguir sirviendo a su comunidad. «Cuando quisimos regresar ya no pudimos porque en nuestra zona había muchos enfrentamientos entre guerrilla y Ejército», explica.

Jesús Aranda llegó por primera vez a Sudán del Sur hace 32 años, seis después de convertirse en misionero comboniano. Durante este tiempo ha estado en varios lugares entre África y México, pero desde la primera vez que regresó a casa, cuando El-Beshir les expulsó en 1992, pensó siempre en volver a Sudán del Sur porque «el ideal de Daniel Comboni –nos decía– había entrado en mi corazón». Eso no significa que el misionero no añore México. Al rato de encontrarnos ya en Moyo nos hablaba de su familia y de lo que muchísimo que disfrutaba al compartir una buena comida de su tierra con ellos.

Están viviendo momentos duros. Aranda sueña con la paz pero cree que, con las divisiones tribales y las historias vividas, Sudán del Sur necesitará años para «acomodarse». Pone como ejemplo a México, que tras la independencia «vivió muchas guerras hasta que nos fuimos amalgamando como nación». Para acelerar el proceso confía en dos cosas. La primera es la educación, que debe permitir que las personas entiendan y vivan el mismo mensaje. La segunda, la fe. «Ayuda mucho si se vive bien. Sea cristiana o musulmana. Casi todas nos ayudan a respetar al otro, ayudar a la otra persona», nos contaba.

«Estoy contento –dice haciendo un balance global–. Soy feliz todavía por ser sacerdote comboniano y le doy gracias a la congregación que me ha dado la oportunidad de conocer y vivir mi vocación, sobre todo con estas personas en África». Feliz e inconformista, más adjetivos a añadir al cuaderno de apuntes sobre este misionero que no quiso desaprovechar la ocasión para lanzar un mensaje «para todos aquellos que me lean o escuchen: ser cristiano es compartir lo que tenemos para hacer un mundo mejor lleno de justicia y de paz. No es solo dar, sino también empeñarnos en conseguir un mundo más justo y verdadero. Les pediría que se esforzaran en reclamar en sus lugares y ante sus autoridades que se luche por la paz».

 

[Retrato de Jesús Aranda por Javier Sánchez Salcedo]