«La ley no basta para erradicar la mutilación genital»

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Nice Nailantei Leng´ete, líder comunitaria

Cuando tenía ocho años, la keniana Nice Nailantei Leng´ete se negó a que le practicaran la ablación del clítoris, un rito habitual entre los masais. 20 años después es líder comunitaria y embajadora contra la mutilación genital femenina en la organización Amref Health Africa. Mundo Negro habló con ella a su paso por Madrid.

¿Qué importancia tiene la mutilación genital femenina (MGF) en las culturas en las que se ­practica?

Cada comunidad tiene sus propias razones y creencias acerca de la ablación. En mi cultura, la masai, se lleva a cabo durante el rito de paso de la adolescencia a la madurez. En otras palabras, si no has pasado por la ablación no serás nunca considerada una mujer y no estarás preparada para el matrimonio. Es por eso que entre los siete y los 14 años tienen que hacerte el corte. Después ya estás lista para ser entregada a un hombre que, en cualquier caso, no será de tu elección. Desde Amref Health Africa trabajamos junto a la población local por la erradicación de esta práctica, no solo con la comunidad masai, también con los boranas, gabras y samburus en Kenia; los suajilis y masais en Tanzania; y otras etnias en Senegal y Etiopía. En algunas de ellas la ablación no tiene que ver con el rito de paso, se hace por razones de higiene o pureza. En otras se piensa que si no se corta el clítoris, este seguirá creciendo y por eso se amputa. 

Nailantei Leng´ete el día de la entrevista. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo
¿Qué sucede si una niña se niega a la ablación?

En la comunidad masai negarse a la mutilación es un tabú. No está permitido. Te dicen que ningún hombre estará dispuesto a casarse contigo y que es una falta total de respeto a tu etnia. Es una vergüenza para la comunidad y para tu propia familia. Te darán de lado.

Sin embargo, tú te negaste. ¿Cómo lo hiciste?

Con ocho años perdí a mis padres y tuve que irme a vivir con mi abuelo. Pude ver los ritos de ablación de otras chicas y de amigas mías que después dejaban la escuela para casarse. Esa era una de las razones de mi rechazo. Ni quería dejar mi educación ni quería ser la esposa de nadie. Se me presentó la oportunidad de ir a un internado y allí viví con chicas de otras etnias que no tenían que pasar por la ablación. Fue un descubrimiento, porque en mi aldea todas las mujeres habían sido cortadas: mi madre, mi abuela… Esa era la vida que yo conocía. Mucha gente me había dicho que si no me cortaban no podría tener hijos. O que durante el parto mis hijos y yo podríamos morir. Pero en la escuela conocí a Caroline, una maestra que me dijo que nada de aquello era cierto. «Soy una mujer, tengo hijos y nunca he sido cortada», me decía con rotundidad. Ella me apoyó y me dio fuerza.

¿Qué te decía tu familia?

Que si no me sometía al rito no podría vivir bajo su mismo techo. Planificaron la ablación para mi hermana, para tres primas y para mí. Durante dos noches tuve que dormir fuera de casa y después, el día señalado, me tuve que duchar con agua fría, que actuaba como anestesia. Según la tradición, durante el corte no tienes derecho a llorar ni a mover un solo músculo de tu cuerpo. Si lo haces eres una cobarde y ningún hombre querrá casarse contigo. Decidimos escaparnos. Tras la ducha, mi hermana y yo salimos corriendo y nos escondimos subidas a un árbol. Estuvimos ocultas una semana hasta que nos encontraron, nos pegaron y tuve que prometer que no volvería a escaparme. Pero cuando se preparó la nueva ablación, lo volví a hacer. Esta vez sin mi hermana. Ella, que era mayor, pensó que así sería más fácil que me dejaran seguir con mi educación. Aceptó ser cortada, dejó la escuela y se casó. Yo escapé y Caroline me ofreció un hogar seguro en el que permanecí un tiempo. Cuando volví, hablé con mi abuelo y le pedí que me dejara organizar mi vida. Si me forzaban, acabaría huyendo para siempre. Él se percató de la seriedad de mis planteamientos y reunió a la familia para decirles que me dejaran en paz.

Fotografía: AMREF HEALTH AFRICA

En Kenia está prohibida la MGF. ¿Qué dificultades hay para que se implemente la norma?

Tenemos la Ley 2011 de Prohibición contra la Mutilación Genital Femenina. En casi todos los países africanos hay leyes, pero la ley no basta para su erradicación, porque es un tema cultural sensible y necesita una solución cultural. Hablamos de cambios de comportamiento, de mentalidad y de actitudes. Y utilizar la fuerza para cambiar actitudes no funciona. Solo acabarás enfrentándote a la comunidad y esta encontrará cómo seguir llevando a cabo estas prácticas en secreto. En Kenia hay gente que está llevando a sus hijas a Tanzania para la ablación, o a Etiopía, porque allí las leyes no son tan estrictas. También se aplica a niñas menores de cinco años, que todavía no son conscientes de lo que se les está haciendo. Es la ley contra la cultura local, y la gente busca el modo de pasar por encima de la ley y seguir practicando lo que siempre ha hecho. 

¿Entonces las leyes no sirven?

Es muy importante tenerlas. Nosotros hablamos contra la ablación y el matrimonio infantil porque la ley está a nuestro favor. Y las niñas que se niegan a la MGF pueden huir, denunciarlo ante la Policía y obtener ayuda. En una mano tenemos la ley, pero en la otra el diálogo con las comunidades. Ambas tienen que trabajar juntas. La gente ha de ser consciente de las consecuencias sobre la salud, la sociedad y la economía que tienen la MGF y el matrimonio precoz. Tras la ablación, las niñas dejan de asistir a la escuela, y sin educación nunca tendrán los mismos derechos que los hombres. Dialogamos con todos los actores de la sociedad: padres y madres, líderes comunitarios, chicos y chicas.

¿También con los políticos?

Sin ellos no podremos ganar la batalla. Los políticos tienen miedo a perder votos si se posicionan en contra de las culturas locales, pero por fin hemos visto a algunos líderes denunciando la MGF. Hace pocos meses nuestro presidente, Uhuru ­Kenyatta se comprometió ­abiertamente a acabar de una vez por todas con la MGF y puso como fecha tope el año 2022. Es la primera vez que lo expresa públicamente, es un paso importante. Seguro que otros líderes políticos seguirán su ejemplo. 

Fotografía: AMREF HEALTH AFRICA


Desde tu experiencia, ¿cuál es el mejor camino para modificar una tradición?

Para cambiar la cultura lo primero de todo es tener un respeto profundo por esa cultura. Sin respeto, nadie te va a escuchar. No puedes llegar y culparles. Ellos tienen sus razones para hacer lo que hacen. Lo segundo es tener paciencia. No es posible cambiar una cultura ni en un día ni en dos. Ni siquiera en un año. Lleva tiempo. Y si no eres paciente, te rendirás durante el proceso. Tienes que darle a la gente tiempo suficiente para cambiar. Lo tercero es hablar menos y dar a la gente local la oportunidad de expresarse. Los mayores, aunque no hayan ido a la escuela, llevan viviendo en la Tierra más tiempo que tú, han visto más, tienen más experiencia y saben cosas que tú no sabes. Es en el siguiente paso cuando podemos hacerles entender que también nosotros tenemos algo diferente que ofrecer. No vamos a dar clase de matemáticas. Es una cuestión muy sensible. Hay que dialogar y procurar llegar a un consenso. Y todo esto no lo puede hacer una sola persona. Necesitamos aliados y tender puentes con los líderes locales y los gobiernos. Hay tres millones de niñas que cada año están en riesgo de sufrir la MGF y eso supone un trabajo ingente que requiere de muchas manos para tener éxito.

Desde Amref proponéis un rito alternativo sin ablación. ¿En qué consiste?

El rito de paso alternativo pone el acento en las tradiciones positivas: el canto, la danza, la convivencia. Todo eso es bueno y hay que mantenerlo. Lo único que es negativo es el corte físico. Proponemos varios foros de diálogo: las madres se sientan con sus hijas, los padres con los hijos, y hablan sobre la nueva propuesta. También se juntan para dialogar los líderes locales por un lado y las mujeres encargadas de realizar la ablación por otro. Hablan sobre salud reproductiva y derechos, sobre la MGF y el matrimonio infantil. Es un período largo de dos, tres o incluso cuatro años hasta que la comunidad esté preparada. El momento de la celebración, tras tres días de preparación de las chicas, es «la noche de las velas», una vigilia donde las jóvenes pueden mostrar sus talentos y habilidades, y en la que se les transmite que toda la comunidad va a caminar junto a ellas. La gente se viste con sus mejores trajes tradicionales para acogerlas, y madres, padres, abuelos y abuelas están presentes. También los políticos. Es un momento bello, sin el dolor de la ablación, en el que la educación es la piedra angular. Antiguamente los ancianos bendecían a las jóvenes deseándoles una fertilidad abundante. Ahora las bendicen con la entrega de libros para que puedan crecer instruyéndose y lleguen algún día a ser maestras, abogadas, médicas…

¿Cuántas jóvenes han pasado este rito alternativo?

Solo en Kenia y Tanzania ya hemos sido capaces de instruir a unas 17.000 chicas que han aceptado formar parte de los nuevos ritos de iniciación sin ablación. Queremos exportar este método a otras comunidades. Es un gran éxito cuando vamos a las escuelas y vemos que la proporción de chicos y chicas está al 50 %. 

¿Cuándo crees que la MGF será erradicada completamente?

Mi esperanza está en 2030, aunque si pudiera conseguirse antes sería ideal. He visto cómo se esfumaban los sueños de muchas de mis amigas que ahora tienen hasta seis o siete hijos. Ellas ya son irrecuperables, pero sus hijas aún se pueden salvar. No hay excusas para que una niña muera o deje de asistir a la escuela por esta práctica tan cruel. Muchas personas me inspiran y me dan fuerza para seguir trabajando en esto, sobre todo las 17.000 chicas que han aceptado una educación distinta y que llegarán algún día a puestos de responsabilidad en el país.  

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