Lagos: la(s) vida(s) bajo el asfalto

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17 millones de personas viven en la capital económica de Nigeria

Como cualquier gran ciudad, Lagos, la segunda concentración urbana más grande de África –solo por detrás de El Cairo– genera una atracción difícil de descifrar. El desarrollo urbanístico se conjuga con la prosperidad de algunos y el espíritu de resistencia de la mayoría.

Puede ser que algunos antiguos habitantes de Lagos, ahora en la diáspora, sean los primeros en decir que su ciudad es un desastre por la falta de planificación urbanística, por el hacinamiento, la conducción agresiva, el tráfico lento, la impaciencia, los robos a mano armada o el desbordamiento de aguas residuales. Todo ello convive junto a bolsillos enriquecidos con fondos de dudosa procedencia. Le explicarán que, si Lagos fuera una persona, usaría una chaqueta Gucci de imitación, llevaría un móvil en la mano y un segundo teléfono en el bolsillo de atrás de un pantalón a cuadros con el que tendría contratada a otra compañía telefónica. Para ese mismo hijo de la gran ciudad, Lagos sería también una madre con el ceño fruncido.

Con esta imagen –o estas ­imágenes– en mente, el viajero que nunca ha estado en esta urbe nigeriana hará saltar el resorte de todas las precauciones, alertas paranoicas y, en un ejercicio premeditado, amagará, plegará y guardará algunos billetes de emergencia dentro de los zapatos. Hasta que aterrice. Entonces, percibirá el primer mensaje de calidez y optimismo que alumbra toda la fachada del aeropuerto de la ciudad con un «Bienvenido a Lagos». Nerviosismo que se irá disipando hasta que comience a apreciar que la mayoría de los automóviles que circulan en un caos organizado lucen unas matrículas que tienen impreso el lema «Centro de excelencia». Quizás no sea una mala idea aproximarse a la ciudad desde la curiosidad y no desde el miedo mediático.

Fotografía: Sebastián Ruiz-Cabrera

Contradicciones y contrastes

En Lagos, los nombres de los lugares existen en gran medida en la mente de las personas. Apenas hay signos o puntos de referencia, solo una monótona secuencia de arquitectura de los años 70, bloques que crecen gracias al auge del petróleo y el boom de la construcción, vendedores de frutas, tejados de chapa arrugada, mendigos, grupos de cientos de personas que aguardan en los semáforos la llegada de la esperanza en forma de un trabajo puntual para llegar al final del día, o motocicletas procedentes de China e India.

Cada metro cuadrado de la ciudad se encuentra garabateado con publicidad informal. Los edificios y los postes de luz, incluso en los bajos de los numerosos puentes peatonales, suplican para comprar este producto o llamar a ese número. Guardias de tráfico vestidos de negro y verde, que orquestan una sinfonía de bocinas y que pueden ser o depredadores o guardianes del bien. Todo en función del retraso que lleve el Estado en el pago de sus nóminas.

Aunque poblada por todas las etnias nigerianas, Lagos es la ciudad de los yorubas, el grupo étnico dominante en el sudoeste. Su melosa lengua suena en las calles de una urbe que se podría considerar un logro antropológico en el que más de 250 grupos étnicos diferentes viven juntos de manera relativamente armoniosa en una metrópolis que emana innovación, caos, orden, suciedad y esperanzas. Una megaurbe que concentra mansiones residenciales acuarteladas tras puertas de seguridad vigiladas, restaurantes chinos, tailandeses e italianos, bancos extranjeros, galerías de arte y bares que bordean las calles, mientras en la televisión se reponen los videoclips que rompen las pistas de baile en los clubes para expatriados de la ciudad.

Pero en Lagos también la mayoría de la población vive con menos de dos dólares al día. De acuerdo con la nueva clasificación del Reloj Mundial de la Pobreza, Nigeria desborda riqueza energética, pero ya ha superado a India para convertirse en el país con el mayor número de personas del mundo –casi 94 millones a finales del pasado mes de junio–, que viven en la pobreza extrema.

Podría parecer que en esta latitud de la cornisa atlántica no hay lugar para la equivocación o la debilidad. Un espacio en el que las leyes de la selección natural todavía se aplican. Las personas tienen que competir por lo que quieren en un entorno que castiga a los no ambiciosos, a los enfermos y a los incapacitados. Los vendedores ambulantes necesitan una vista aguda para captar la mirada persistente de un cliente potencial. Y necesitan piernas rápidas para responder a ese interés y correr al mismo tiempo que el tráfico en movimiento para cambiar su mercancía por dinero en efectivo.

Entre el cemento agrietado destacan los danfo –o minibuses–, en ocasiones tan decrépitos que se puede ver el asfalto moverse bajo los pies. En las paradas, se escucha un incesante «¡Wale, wale!», (¡Entra, entra!) con el que se pone de manifiesto la necesidad de que todo transcurra rápido para que puedan hacer más viajes. En muchos casos los asientos originales del danfo son reemplazados por otros metálicos diseñados para amontonar a cinco personas en filas originalmente destinadas para tres.

Hubo un tiempo en el que Lagos era un plácido grupo de islas y arroyos separados del Atlántico por lagunas, donde los hombres se dedicaban a la pesca, se escuchaba el llanto del ibis blanco y las serpientes se ondulaban entre los arbustos. En el siglo XV, el área se había convertido en un puerto de esclavos, y bajo el dominio colonial británico mutó para ser la capital económica y política de Nigeria. Y entonces, los pastos, las aves silvestres y los árboles fueron devorados por la urbanización que, en una metástasis agresiva, ha conformado un paisaje urbano diferente.

Nadie sabe cuántas personas viven exactamente en Lagos: podrían ser 10 o 17 millones. Nadie contabiliza a los habitantes de chabolas, o edificios informales erigidos bajo la mirada distraída de gobiernos anteriores. Pero la gran mayoría, eso sí, trata de sortear las dificultades escuchando música pop, afrohouse, sermones enlatados de pseudopastores que revenden esperanzas a precio de saldo, o evadiéndose con los guiones de temática social que propone la todopoderosa industria cinematográfica de Nollywood. «Esto es Lagos, o lo tomas o lo dejas».

La fiebre del móvil

«En el pasado, los multimillonarios de Nigeria eran comerciantes y magnates del petróleo y el gas», dijo el vicepresidente de la nación Yemi Osinbajo en un discurso hace un año, quien, por cierto, encabeza un consejo tecnológico. «Pero –añadió– en los próximos años, los multimillonarios de Nigeria serán técnicos e informáticos». Efectivamente. En Yaba, un barrio con vestigios coloniales, se aprecia cómo algunas fachadas que se desvanecen en edificios centenarios albergan a un vibrante grupo de empresas tecnológicas que llamó la atención de los fundadores de Facebook o ­Google hace unos años. En esta área que presenta un ecosistema emergente, se encuentra la sede de la Facultad de Tecnología de Yaba y la Universidad de Lagos: en 2013 las empresas de este sector no llegaban a la decena, pero actualmente se contabilizan más de 60, incluidas compañías como el sitio de reservas Hotels.ng o la central de Jumia, que ha recibido el apodo del Amazon africano. También alberga laboratorios digitales para el banco más antiguo de Nigeria, el First Bank of Nigeria, y el Stanbic IBTC, la subsidiaria local del mayor prestamista de África.

En ese contexto, destaca el Co-Creation Hub Nigeria (CCHub), un centro de innovación que ha conseguido, desde 2013, un equilibrio virtuoso entre el fomento de empresas de la economía social y el apoyo directo a la sociedad civil. El CCHub ha demostrado el poder de las personas conectadas y el impacto socioeconómico que tiene. De aquí han surgido proyectos como el de Wecyclers, que ha conseguido convertir en fuente de riqueza las basuras que se acumulaban en las calles de la ciudad. Pero también ha sido el espacio en el que se gestó GoVote.ng, una plataforma que sensibilizaba sobre la importancia de la participación en las elecciones y que, finalmente, fue adoptada por las autoridades del país.

Lagos, al igual que otros entornos como Nairobi y Accra, está en el apogeo de esta emocionante expansión de la innovación a través de la tecnología, y Yaba se encuentra en el epicentro de esta transformación en África. Quizás la incertidumbre es a quién beneficiará El Dorado que se postula en una ciudad donde el viajero tendrá la sensación de que puede suceder de todo.

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