«No voy a ser negra pero este libro me enseñó lo que quiere decir ser blanca»

inapropiados e inapropiables
Por: Gonzalo Gómez - 22/06/2018
Mar Garcia es profesora de literatura francesa en la Universidad Autónoma de Barcelona e investigadora sobre, entre otras cosas, literatura y creaciones artísticas africanas. Ahora se ha lanzado a publicar Inapropiados e inapropiables, un libro que recopila las entrevistas que hizo a 17 artistas africanos y afrodescendientes en España. A lo largo de la entrevista reflexiona sobre los movimientos afrodescendientes, la creación hecha con pocos recursos, las posibilidades políticas del arte y otros asuntos.

Por Gonzalo Gómez

¿Cómo se interesó por el mundo africano y afrodescendiente, y cómo acabó convirtiéndose este interés en un libro?

En un primer momento trabajaba en la universidad sobre autores más canónicos o clásicos contemporáneos. Un día, por casualidad, leí un libro de un autor africano que me encantó. Ese libro es una novela que desgraciadamente no está traducida. Sería algo así como El extraño destino de Wangrin y el autor es Amadou Hampâté Bâ. Quedé fascinada. A partir de ahí me interesé por las literaturas africanas francófonas. Hace unos tres años empecé a trabajar en un proyecto de investigación con otras personas sobre autores africanos que escriben en castellano o en catalán. Me pareció muy interesante. Hablando sobre este trabajo surgió la idea de hacer, si no una investigación, sí un trabajo de divulgación sobre otros artistas que no fueran escritores porque sobre los escritores hay trabajos hechos pero sobre los demás solo había entrevistas en internet o en revistas especializadas. En este libro no están todos los que son pero son todos los que están. La idea ha sido darle algo más de visibilidad desde un libro, sin más pretensión.

Para las personas que nos dedicamos a esto es un poco como un desahucio intelectual porque los que trabajan sobre autores, digamos, más canónicos, no se toman esto en serio. Pero bueno, hace años que nos vamos acostumbrando a esas críticas.

El libro se autodefine como político, ¿en qué sentido lo es?

 En varios sentidos. Muchas veces algunos críticos piensan que cuando se habla de la alteridad, de la otredad y todas estas cosas, no es algo político sino cultural, y para nada. Esto, por ejemplo, lo dice Terry Eagleton, que es un crítico inglés muy conocido y respetado, y yo no estoy de acuerdo. A mí me interesa la otredad como acción política, no solo culturalmente. Me inspiré de una autora vietnamita que se llama Trinh T. Minh-Ha y que retoma Donna Haraway. Ellas plantearon la cuestión más desde el punto de vista feminista que étnico, como le llamaban ellas, porque estas autoras hablaron de todos estos temas en los años 80. Yo creo que se puede utilizar también en ese sentido.

También es político porque, a mi modo de ver, personas como estas, que ocupan espacios públicos con su voz, lo hacen con una voz, digamos, disensual. Es una voz de resistencia, de oposición. A lo mejor dentro de 30 años será diferente pero ahora mismo es así. Y me parece que cualquier espacio de expresión del disenso, lejos de poner en peligro la democracia, es justamente su mejor garantía. Solo el hecho de que ocupen ese espacio público tiene una carga política. Me baso en la idea de política del filósofo francés Jacques Rancière, que habla de la política como disenso. En el momento en el que no hay disenso se acabó la política.

Es un combate de hegemonía y contrahegemonía…

 Exacto. Y permanente. Nunca se acaba porque si ese combate se acaba entraríamos en el consenso, el sentido común, el hay que dialogar como tic de lenguaje vacío. Él habla de policía pero este término no se refiere a los cuerpos policiales sino a aquello que no es disenso.

Javier Sánchez Salcedo

Nakany Kanté prepara una actuación en televisión. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo

En la introducción escribes eso, que todos partían de un disenso. ¿En qué sentido lo hace alguien como Nakany Kante, por ejemplo, a menos que consideres su sola procedencia como disenso?

 Es verdad que el disenso no se manifiesta del mismo modo ni con la misma intensidad en todos los artistas entrevistados. Buena parte de ellos se reúnen en torno a grupos activistas que se han creado en Madrid, Valencia o Barcelona como Black Barcelona, el antes llamado Afroconciencia en Madrid… Los más cercanos a estos grupos tienen una identidad política más reconocible. Luego hay autores cuyo disenso es involuntario y autobiográfico. Es el disenso que hace que a un actor como Babou Cham, que probablemente no comulga con ideas de activismo en este sentido, cuando va a un casting tiene que escuchar preguntas como si habla «africano» o aguantar que se dude sobre si podría interpretar a un determinado personaje con su aspecto. En ese sentido, los actores de The Black View han hecho también mucho trabajo. Quieran o no lo llevan como escrito. Puede que la mirada sea nuestra y somos nosotros los que vemos como que disienten.

Por otra parte no es una alteridad total porque estamos hablando de eres como yo pero no exactamente, lo que sería una especie de infralteridad. Depende también del caso. Nakany Kanté es una persona que, por lo que yo sé, no participa en ningún movimiento activista. Es una persona encantadora que hace su carrera y no tiene estos intereses. Pero ella ha abierto un espacio que va más allá de su procedencia, en el sentido de que, de entrada, artistas como Nakany Kanté han permitido que se cree un sello discográfico que se llama Slow Walk Music, en Barcelona, que está exportando música africana desde allí a otros países. Eso es ocupar un espacio. Cuando hablé con ella me contó su historia personal. A mí me parece que una persona que ha estado vendiendo comida en un mercado ambulante y llega donde ha llegado se ha tenido que enfrentar muchas veces a negativas y rechazos. Esto me lo han dicho todos, ninguno me ha dicho que aquí nadie nunca les ha mirado mal.

Y todo se basa en la apariencia…

 Claro, sobre todo. Y también porque nosotros, sin querer o queriendo, adjudicamos posiciones a las personas. Es decir, la igualdad se supone que está en la Constitución pero el problema es que la igualdad en nuestra Constitución es el punto de llegada después de mucho trabajo en educación, etc., pero al que nunca llegamos. En cambio la igualdad que me gustaría plantear es la del punto de partida. Es decir, no hace falta que hagas una serie de cosas para ser igual. Ya lo eres. Tengas formación o no la tengas. Eso son cuestiones diferentes. Pero hay una igualdad, un núcleo de igualdad de base que no puede ser un punto de llegada. Y si no, estaremos en una mirada asimilacionista. Esto también lo dice Rancière, yo no me invento nada. Y Rancière habla de la igualdad como punto de partida. Como algo dado.

¿Esto no cuestiona un poco que un discurso, como el de este libro, o un medio de comunicación, como los nuestros, lo haga alguien distinto a un afrodescendiente como punto de partida? 

Pues probablemente. Cuando empecé no era consciente de esa cuestión. A medida que he ido haciendo entrevistas he visto la gran necesidad de tener espacios propios, con voces propias y en los que las personas que no forman parte de esa comunidad no entren. Y ahí sí que tengo que dar las gracias a todos. Independientemente de su mayor o menor radicalismo, todos me han recibido muy bien. Pero he tenido problemas graves de coherencia con esta cuestión. Es verdad.

¿Pero lo ideal no sería que blancos hablen de blancos y de negros, y negros hablen de blancos y de negros, sin distinción? ¿No sería eso un buen punto de llegada?

Sí, pero el punto de partida cuando la igualdad de facto se ignora sería lo que Spivak llamó el esencialismo estratégico, que es un término que luego ella incluso llegó a rechazar; pero decía: somos una minoría, no tenemos la misma importancia que otros grupos, pues vamos a ser un grupo relativamente homogéneo para que se nos oiga. En este sentido, creo que estos artistas, aunque no todos, están jugando esa carta de alguna manera. Lo que sí es verdad es que no creo que un libro en el que solo haya negros sea un problema. Tiene que haber libros sobre negros, blancos y lo que quieras. Sin embargo, esto del mestizaje es muy bonito, pero al final siempre se tienen que mestizar o hibridar los mismos, y según tu grado de mestizaje estás en un sitio o en otro. Los perdedores son siempre los que no pueden elegir. Yo puedo elegir si me mestizo si, por ejemplo, como en un chino, un indio o lo que sea, si me visto de esta manera o de la otra, si voy a la ópera o a un barrio cutre. Puedo elegir, y de hecho lo hago, pero algunos artistas que hablan aquí no pueden porque cuando salen de su entorno son personas que no tienen lugar. Entiendo que son personas que tienen que tener sus espacios y su libro.

Este libro es solo una instantánea. Espero que dentro de muy poco ya no tenga sentido porque habrá otros discursos y otras generaciones en los que no haya tanta disociación entre los artistas y lo que llamamos aquí la inmigración. El término inmigración es absurdo e incorrecto porque la persona inmigra cuando viaja pero cuando llega ya no es inmigrante. Ahora tenemos interés por las culturas africanas, por el arte africano pero a los que no somos negros no se nos ocurre pensar que aquí también hay personas que hacen esto. Ahí sí que, si quieres, hay un diálogo entre blancos y negros, ¿por qué no?

Me gustaría saber qué opinas de los espacios no mixtos y de lo que pasó en París cuando intervino la alcaldesa. (Ana Hidalgo, pidió prohibir en 2017 un festival afro-feminista que programaba espacios «no mixtos para personas negras» por considerarlos discriminatorios).

 Es verdad que depende mucho del contexto. En Francia resulta inaceptable, a mi modo de ver erróneamente, porque ha practicado siempre una política asimilacionista y universalista. La República está por encima de cualquier diferencia. Aquí el referente no es ese. Los franceses han sido una potencia colonial en África lo suficientemente importante como para crear sus propias referencias. Las referencias aquí son Estados Unidos, la lucha afroamericana y el Caribe, o el panafricanismo. Y claro, las luchas afroamericanas funcionan así. Es decir, ha habido líderes que optaban por esta opción de excluir. Quizá tendríamos que pensar que de manera tácita esa exclusión ya existe en el otro sentido. Quizá dentro de unos años no exista tanto pero ahora existe. Son muy pocos los que han llegado a la universidad, han terminado estudios superiores, han llegado a puestos importantes profesionales, y claro, eso quiere decir que hay muchos lugares a los que ellos no tienen acceso y si lo tienen muchas veces va a ser por oportunismo político, ya sabes a qué me refiero: «Vamos a poner aquí al representante». No puedo hablar en su lugar, yo no soy negra. Solo ellos tienen derecho a hablar desde el punto de vista desde el que ellos hablan. Algunos de ellos creen en este modelo y otros no. Es una opción entre otras. Y como opción, me parece válida, sinceramente. Ya sé que esto en Francia produce urticaria, pero cuando vemos a qué han llevado las políticas asimilacionistas y la situación allí. Todos sabemos que esas políticas están fracasando en gran medida.

Ibrahima Seydi

El escultor Ibrahima Seydi muestra uno de sus trabajos en Barcelona. Fotografía: Foysol Ahmed

En la introducción de tu libro, criticas el multiculturalismo, la celebración del mestizaje…

No es que yo crea en un racismo a la inversa pero lo del multiculturalismo es un discurso cómodo que no compromete a nada. Es políticamente correcto, lo oímos 24 horas al día y no resuelve nada. En ese sentido quizá es cierto que las luchas afroamericanas aquí deban aclimatarse, porque este es otro contexto. Por ejemplo es muy posible que muchos afroamericanos se proclamen más norteamericanos que nadie, y eso aquí no es tan evidente, pero creo que esta multiplicidad de modelos no puede ser mala. Es decir, el mestizaje no está en peligro, es el paradigma dominante. A mí me gustó mucho hablar con Yeison que me decía: «tú lo de la lucha feminista lo ves claro. Y yo como hombre ¿dónde estaría? ¿En la primera fila de la manifestación? ¿Verdad que estaría al final?» Pues esto es lo mismo. Y claro, yo nunca lo había visto en esos términos. Hay luchas de comunidades que irían un poco en esa línea… En la cuestión de género se está normalizando, pero en cuestiones como, por ejemplo, la racialización, porque es así, parece algo muy chocante. ¿Por qué? ¿Por qué es tan chocante? No lo sé. Yo me lo planteo.

Pensando en las representaciones artísticas, ¿está de moda lo africano?

Sí, claro. Se ha convertido en una moda y está muy bien que sea así. En España no tenemos una tradición colonial en África comparable a la de otros imperio. Guinea Ecuatorial no es muy grande y además es desconocida completamente. Mucha gente ni sabe que fue colonia ni dónde está. Entonces, lo africano ha venido como moda, pero no desde África sino desde el norte de Europa y Estados Unidos. Es un arte africano de importación. No hemos buscado nuestros propios artistas africanos preferidos sino que nos han venido ya seleccionados. No hemos aplicado un criterio propio. ¿Por qué? Porque no había esa tradición. Había también menos población negra, menos matrimonios … Hemos ido un poco a la moda que nos traen de fuera. Hemos hecho lo mismo que se hizo con el feminismo. ¿Qué teorías feministas se han inventado aquí? Después del franquismo, que acabó con todo, los más intelectuales se pusieron a leer a las feministas francesas, italianas, americanas o lo que fuera, pero no hubo aquí una creación teórica. Hemos venido importando teorías desde el franquismo. En ciencias es otra cosa pero en el campo de las humanidades así ha sido con las teorías fuertes. No sé… En tiempos de Ortega y Gasset era otra cosa pero ahora no. Yo creo que con África ha pasado lo mismo. Funcionamos por modas.

Y luego hay otra cosa que no es exclusiva de este tema: que todo se vive como una moda. Es decir, el arte ha dejado de ser contracultural. La contracultura se ha convertido en un negocio y ser contracultural, finalmente, ¿qué quiere decir? Nada. Quiere decir que estás dentro del sistema, que buscas financiaciones, subvenciones… Hay un libro sobre esto en cuya portada vemos una taza con una imagen del Che Guevara. Es la contracultura como negocio. A lo mejor no has leído nada sobre él pero tienes la taza o la camiseta o el póster con su imagen, y estos objetos sustituyen a sus ideas. Lo que cuenta es el merchandising y el arte africano no es una excepción. La exposición «Making África», aunque tuvo muchos aciertos, reprodujo en cierta medida este fenómeno.

No es fácil encontrar referentes literarios que sean africanos y que hablen de temas, países y realidades concretas africanas. Cada vez se publica más pero casi siempre son temas en relación con intereses de aquí, incluso por culpabilidad u otros motivos… Teju Cole, que nació y vive en Nueva York, tiene raíces nigerianas, pero nos gustaría conocer más escritores de Lagos… ¿Qué piensas de esto?

Muchos autores se dan cuenta de estas contradicciones. Todo lo bueno llegará, de Sefi Atta, otra autora afropolitana, tiene un par de páginas sobre ello donde se pregunta por qué los autores africanos siempre están explicando cosas que los lectores africanos conocen, como, por ejemplo, qué es el harmattan, mientras que a los escritores de los países del Norte no se les ocurriría tomarse la molestia de explicar qué es la nieve a un hipotético lector africano (p. 288). Y tiene razón. No podemos cerrar los ojos a esa realidad. Eso no quiere decir que haya que tirar todo a la basura, pero sí que es cierto que, por ejemplo, en Francia, que es el caso que más conozco, la cuestión de escribir en lenguas africanas es prácticamente inexistente. Allí todos los autores te dicen que no tienen problemas en escribir en francés, que entienden la lengua francesa  como un instrumento de expresión. Pero con una lengua va un imaginario y un mundo. El simple hecho de escribir en lenguas europeas no determina pero marca. Y la cuestión es: ¿cuándo vamos a tener nosotros novelas que se escriben en suahili traducidas al castellano? En inglés hay algo más pero… Pasarán décadas.

Francia es Francia…

En Francia empieza a haber grupos de investigación con doctorandos e investigadores africanos que hablan lenguas africanas y estudian literaturas escritas en lenguas africanas. Lo que pasa es que es todavía muy minoritario. Yo me pregunto por qué un derecho tan esencial como escribir en tu propia lengua materna se niega de esta manera. Una persona de Quebec cuenta su sufrimiento por activa y por pasiva, un belga, un suizo… Pero estas personas dicen, «no, no, como es funcional, ¿porque va a ser un problema?» Ahí se ven los raseros diferentes.

Javier Sánchez Salcedo

Marcha antirracista en Madrid. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo

Estamos hablado y mencionado varias veces un «ellos» y un «nosotros», pero ¿quiénes son ellos? Porque hablamos de gente muy diferente. ¿Qué tienen que ver estos de los que decimos que no escriben en su lengua con españoles afrodescendientes? ¿Qué tienen que ver, además de compartir una serie de rasgos físicos bastante amplia?

 Lo que les unifica puede ser eso que hablábamos antes del «esencialismo estratégico». El esencialismo es muy peligroso, el etnicismo es muy peligroso, pero negar completamente que pueda tener alguna utilidad es ir muy rápido, a mi modo de ver. Estas personas no piensan que son todas iguales y que tienen una identidad única. Ellos saben que están construyendo y deconstruyendo su identidad permanentemente, que es una identidad móvil, dinámica, subjetiva, personal, individual. Pero también saben, y tienen clarísimo, cosas como las que explica Silvia Albert en su obra No es país para negras. Y luego que a algunos de ellos les guste llamarse hermanos te da alguna idea de que hay ahí un pasado histórico que tiene unas consecuencias que les une más allá de su aspecto físico. Por supuesto, confundir a un escritor que nunca ha salido de Malí con Antumi, Lucía o Yeison es ridículo. Pero justamente el panafricanismo, aunque tampoco son todos panafricanista, lo que te dice es que hay que trabajar por los intereses de África. En África hay blancos pero pueden ser panafricanistas porque su prioridad única y principal va a ser esa. Viendo el otro día la obra de Silvia te das cuenta de que están ahí las preguntas que me haces, y ella ponía muchos ejemplos. No exagera nada y todo lo que dice, incluyendo las situaciones ridículas, son verdad. Compartir todo eso les une. Porque claro, si lo comparten con nosotros a lo mejor alguien diría: «ya está bien de victimismo, eres una exagerada, ya vale con el cuento…». Y bueno, es otro punto de vista.

¿Por qué esta portada? Supongo que valorarías varias.

La portada fue un gran tema de debate. Hablé con muchas personas y hubo quien me dijo que podría molestar, que ese blackface a la inversa no todo el mundo lo entendería a la primera. Le di muchas vueltas y entiendo que podría ser un motivo de ofensa. Por eso se incluyó un texto preliminar que explica el motivo de esta portada. Y la señora que está aquí (la actriz Silvia Albert) recurre al blackface precisamente para denunciarlo. Y bueno, quizá es una forma de enfrentarnos con nuestra propia incapacidad de pensar que ser blanco no es lo normal. Es un poco una hipérbole de lo que nosotros muchas veces vemos. Es desagradable, claro. A mí este libro, evidentemente, no me ha enseñado a ser negra. Yo no podré ser negra nunca pero me ha enseñado a pensar lo que quiere decir ser blanca; cosa que no se me había ocurrido porque en este país siempre hemos sido todos iguales. Todos blanquitos, todos Martínez, López… Esto me ha ayudado muchísimo personalmente para entender lo que representa. Y que el discurso de que todos somos iguales es un discurso que nadie acaba de creerse por mucho que se repita. Es muy bonito, pero es un discurso.

¿No hay un riesgo de convertir el tema de la cultura africana en un gueto? Ese concepto de World Music apartado de la música más estándar.

 Un amigo congoleño se casó con una barcelonesa y su hija, que es más clara que él, cuando iba a la FNAC le decía: «mira papá, tu sección». Le señalaba la sección de World Music y ella se iba a la de aquí… Pero creo que es una etapa necesaria. El nombre del blog África no es un país subraya que hay muchos países diferentes. ¿Qué tiene que ver la literatura, la música, la pintura de Madagascar con la de Kenia o Camerún? Pero probablemente será una etapa. Lo espero y deseo, claro. Que cada vez sepamos más y nos especialicemos más. Por eso, el trabajo que haces o el que hacen los otros blogs como Literafrica, Wiriko, Afroféminas, etc. es necesario.

Título: «If Eyes Could Speak».

If Eyes Could Speak, por Dar Al Naim. Instagram: (@daralnaimart)

En el libro mencionas a James C. Scott en Los dominados y el arte de la resistencia cuando habla de «discursos públicos» y «discursos ocultos»… También preguntas si el racismo es ahora peor que antes…

He aprendido mucho sobre ello, hablando, por ejemplo, con Lucía. Yo decía: «bueno, ahora no es tan grave…». Ella contestaba: «no, hay avances, pero también se están cambiando unos estereotipos por otros: el estereotipo de la negra por el de la dominicana, la guineana…». En ese sentido, el libro de Scott es un libro de cabecera porque te desmonta la idea de los discursos públicos como espacio de expresión fiable… Un discurso es un discurso. Están los discursos y están las prácticas. Estamos hartos de ver cada día la diferencia entre los discursos y lo que hay detrás con estos políticos que tenemos. Está demostrado que los esfuerzos por la transparencia que hacen las instituciones, te lo dirá cualquier experto, no acaban con el engaño sino que hacen que se produzcan otros engaños. Siempre hay una manera de hacer cuadrar los números en beneficio propio en nombre de la transparencia. En las encuestas, por ejemplo. Nos venden la idea de que son para saber qué piensa la gente, cuando en realidad se usan para decirnos lo que tenemos que pensar Lo que es muy diferente. En la universidad, con los alumnos, veo que hay muy poca reflexión crítica. O quizá yo me paso de crítica (se ríe).

¿De los artistas que entrevistaste quién, en un sentido positivo, te puso contra las cuerdas?

Yeison. Hubo un momento en que le dije: «¿seguimos la entrevista o qué? Porque yo negra no voy a volverme». Y seguimos, porque él es encantador. Pero tiene un discurso muy potente y creo que es absolutamente necesario. Absolutamente. Él fue quizá el que más me hizo pensar sobre quién tenía que escribir este libro. Para mí hacer el libro ha sido un descubrimiento personal porque he conocido a gente fantástica desde el punto de vista humano y artístico, cómo te diría, lo de las luchas afroamericanas pensaba que solo pasaba en América, pero me gusta que también pase aquí aunque, claro, hay diferencias. No lo puedo evitar, siempre me he sentido más identificada con Fanon e incluso con Malcom X que con Senghor, no sé… Es que ahora estamos en una especie de atontamiento colectivo. No se trata de proclamar la necesidad de la violencia ni de la sangre. Para nada, en absoluto. Pero eran épocas en las que la gente se tomaba en serio el compromiso. Y lo pasaban mal. Hoy parece que todo eso ya no nos concierne, que nuestras democracias del consenso nos blindan contra ello. Es lo que dice Rancière de la sociedad del consenso… Alguien que tenga una voz disonante es un problema. Entonces se trata de ver cómo la vamos a reducir. Alguno dirá: no exageres porque están todas las manifestaciones del colectivo LGTB y otras… Ya, pero esta gente ¿cuántos años lleva luchando para poder salir ahora a la calle? Claro, hay muchos países en los que todavía no pueden. Es verdad que son casos diferentes pero… A mí me preocupa que haya violencias que están mucho más reconocidas que otras. Por ejemplo, la violencia contra las mujeres. Por supuesto, tiene que estar reconocida y nunca lo estará bastante, pero ¿qué pasa con las violencias simbólicas? Son mucho más difíciles de detectar porque no hay un ojo morado o una paliza… Y muchos sociólogos se niegan a estudiar las violencias simbólicas porque temen no poder hacer un trabajo objetivo ya que se te escurren de las manos como agua. Pero ahora mismo nuestras violencias son fundamentalmente simbólicas. Claro que sigue habiendo agresiones físicas, pero para el común de los ciudadanos de este país son violencias simbólicas de una dureza en la que no se piensa lo suficiente. Me interesan incluso más. Porque las físicas se tienen que erradicar pero son más visibles y evidentes entre comillas, pero las otras… En un país donde hay esta inseguridad en el trabajo en el que la gente no puede hablar, porque si lo hace va a la calle, ¿quién puede hablar libremente? Y aún pudiendo hablar libremente nos llevamos cada una…

¿Qué has aprendido y qué puede aprender el lector de este libro?

Yo he aprendido mucho, por lo que te comentaba. Soy una ciudadana media de este país. Por mucho que trabajásemos sobre autores africanos hace años era difícil ver eso aquí. Siempre lo veías como una realidad cuando ibas a países africanos o incluso cuando ibas a Francia pero aquí no lo veías. El libro me ha ayudado a verlo y a entender que no soy un paradigma de nada. Al contrario, de lo que sí tenemos que darnos cuenta es de los privilegios que tenemos de una manera absolutamente tácita. Te tienes que ver en la situación para tomar conciencia. En los colegios sigue habiendo racismo. Yo lo veo. Se va reduciendo, pues mejor, pero este trabajo me ayuda a ponerme alerta cuando de manera inocente la gente te cuenta un chiste racista. Dices: «no me hace gracia». Antes tampoco, pero ahora eres más sensible respecto a todas las personas que tienen esas dificultades.

En cuanto al lector, el libro se dirige a personas a las que les interesen las artes emergentes, el arte de la calle, con pocos medios, la creación marginal… Algunos artistas ya llevan un tiempo pero otros acaban de empezar. Y, por supuesto, la dimensión política del arte. Alguien que quiera encontrar aquí a Marcel Proust no lo va a encontrar. Son artistas que crean de manera inmediata, en función también del contexto. Y más allá de eso, para conocer que en este país hay africanos y afrodescendientes que son artistas. En el momento en que decimos inmigrante nos referimos a alguien que con suerte trabaja un montón de horas al día y por tanto los intereses artísticos se da por sentado que no existen. Ahí ya se determina a la persona. Y luego ves que el arte, hoy en día, es un mercado brutal. No sé si se puede luchar contra eso. Es lo que decíamos de la contracultura. Me interesa en qué se ha convertido la contracultura hoy en esta sociedad del espectáculo, del negocio… Es muy difícil. No es que todas estas personas sean abanderadas. Algunas lo son más que otras y están en su derecho. Tampoco tienen que defender una posición, pero sí que, de un modo o de otro, todos se han visto marcados por su negritud y trayectoria. Como Juan Tomás Ávila, el escritor que me contaba que empezó en Guinea haciendo ediciones caseras de sus textos y vendiéndolos en la calle. Hoy es el escritor africano más traducido. Yo creo que eso te marca y no para mal. La gran responsabilidad de lo que tendrían que escribir o no, las miradas que están encima, si escriben como deben o no… Si es que mira, viéndolo de una manera eurocéntrica, es triste pero es así, estos artistas son una suerte porque este país los necesita pero ya.

 

(Foto de portada: Gonzalo Gómez)