Proyecto Hakumana, una posada siempre abierta

Por: Jaume Calvera - 30/05/2017

Texto P. Jaume Calvera
Fotografías Javier Fariñas Martín

 

Más del 10 por ciento de la población de Mozambique con edades comprendidas entre los 15 y los 49 años tiene sida. Las mujeres, junto a los problemas asociados a la enfermedad, acumulan otros problemas como la estigmatización, la violencia en el hogar, la soledad o la pobreza. Para dar respuesta a este reto, en 2008 nació Hakumana, un proyecto intercongregacional en el que, ante todo, pretenden levantar a las personas caídas en el camino. La parábola del Buen Samaritano es su ejemplo.

 

Matola es una ciudad de la periferia de Maputo, la capital de Mozambique. Cruzamos con cierta dificultad un bullicioso mercado, donde las personas, los tenderetes, las bicicletas y las cajas de frutas hacen difícil la circulación. Finalmente conseguimos llegar a unas construcciones bastante nuevas, con unos jardines limpios y unos edificios simples pero bien cuidados, que contrastan con el aparente caos del mercado que hemos dejado atrás. Llegamos al Instituto María Madre de África, que entre otras actividades alberga el Centro Interreligioso de Mozambique (CIRMO), que agrupa a todas las congregaciones de religiosos y religiosas del país.

Mujeres de Hakumana

Un grupo de mujeres en uno de los comedores de Hakumana / Fotografía: Javier Fariñas Martín

El CIRMO alberga un montón de esperanzas y actividades. En la parte posterior, en estos últimos años, han ido surgiendo pequeñas estructuras que dan una respuesta más efectiva a las necesidades sanitarias de jóvenes madres con sida. El proyecto se llama Hakumana, que en la lengua ronga significa “Nos encontramos”, y hace concreta la dimensión ­pastoral y de acción social del CIRMO. Aquí trabajan juntas hermanas de cinco congregaciones: Mercedarias de la Caridad, Misioneras Combonianas, Misioneras del Inmaculado Corazón de María, Franciscanas de María y una congregación de religiosas diocesanas de Maputo de carisma franciscano.

 

Una historia más

Cristina es una joven de 26 años. Tiene tres hijos y fue abandonada por su marido en Gaza, a unos 200 kilómetros de la capital, cuando estaba embarazada de su última hija, que ahora tiene casi un año. En estas circunstancias se volvió a Maputo a casa de su madre. Al llegar a la capital comenzó a luchar contra el sida, pero abandonó el tratamiento. Apenas había nacido la niña, Cristina perdió el carné sanitario del bebé, por lo que la niña pasó varios meses sin cuidados, sin vacunas, sin tratamiento médico. Al estar infectada la madre con el VIH la pequeña quedó expuesta a la enfermedad. Su madre, solo la podía alimentar con harina y agua. Sin nada más.

Cristina decidió solicitar la renovación de la documentación sanitaria para su hija. Al ser originaria de otra provincia, tuvo que acreditar que residía en Maputo. Ahí comenzó un tinglado burocrático que duró varios meses en los que la niña siguió sin alimentarse adecuadamente. Durante este tiempo, Cristina enfermó de tuberculosis y fue internada en un centro de salud de Mavalane y, poste­riormente en el hospital de tuberculosos de Machava. Fue un proceso muy duro y doloroso. Días y días, esperando en filas eternas, en los que no conseguía nada más que la esperanza de volver al día siguiente.

Al final, Cristina llegó a Hakumana a través de una vecina y ahora está siendo acompañada tanto en sus visitas al hospital de Machava como en sus rutinarios análisis y tratamientos. La niña está con la abuela, pero todavía sigue sin estar bien alimentada. El drama aumentó cuando fallecieron los dos hijos mayores de Cristina porque la abuela no tenía alimentos para todos; cuidaba de otros tres nietos, hijos de dos hermanos de Cristina. La niña continuó sin tratamiento preventivo del VIH por falta del carnet sanitario. Al principio, Cristina se opuso a ingresar a su hija en el hospital, ya que muchas mujeres le decían que todos los niños que ingresaban en el centro sanitario se morían. Pero eso cambió al llegar a Hakumana. Ahora, tanto la madre como la hija están recibiendo atención sanitaria bajo la guía de las religiosas del centro.

 

 

Proyecto Hakumana

En la puerta de entrada, bajo el rótulo que anuncia que has llegado a Hakumana, aparece el dibujo del Buen Samaritano del Evangelio de Jesús, así como las palabras que le dijo al posadero cuando le llevó al hombre que encontró herido en el camino hacia Jericó y que había sido víctima del vandalismo: “Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva.”

Hakumana nació con vocación integradora y para dar una respuesta concreta a los problemas de las mujeres en tratamiento contra el VIH. Se trataba de enfrentar el problema desde una doble perspectiva: material y solidaria, de forma que quedase salvaguardada la dignidad de las personas enfermas de sida. Como recuerda a Mundo Negro la hermana Manuela de Sousa, mercedaria de la Caridad, de nacionalidad portuguesa, y responsable del centro, “lo que intentamos hacer es integrar. Fuera de aquí son personas entre las más pobres y abandonadas. Esto es muy estresante para nosotras, porque somos pocas, pero si queremos que el enfermo sea tratado, tenemos que hacer todo: buscarlo, acompañarlo, controlarlo, asistirlo… No es solo tratarlo aquí y se acabó, es un acompañamiento intensivo e integral que se hace al enfermo. Fuera de aquí no tienen otra oportunidad”.

 

Proyecto Hakumana sida 01

Fotografía: Javier Fariñas Martín

 

Cuando en 2008 un grupo de religiosos y religiosas se plantearon la necesidad de dar respuestas más concretas al creciente problema del sida, focalizaron su objetivo en las madres embarazadas o con hijos pequeños que, al sufrir esta enfermedad, eran rechazadas por sus familias. Corrían el riesgo de infectar a sus hijos y sufrían un aislamiento social que les llevaba en muchas ocasiones a una muerte prematura.

Madres como Cristina, encuentran ahora en Hakumana una posada, como la del Buen Samaritano del Evangelio de Jesús. Aquí, aunque no tengan el carné sanitario, pueden ser tratadas, respetadas como personas, tanto ellas como sus hijos.

Hakumana es un centro de día que atiende a unas 280 mujeres con sus hijos, unas 70 ancianas y unos 50 hombres, que vienen a buscar lo que no encuentran fuera, en la calle: atención sanitaria, comida, apoyo psicológico y compañía. En el caso de los niños, el centro aporta otro aliciente como son otros niños con los que jugar. Se trata de ofrecer un proyecto integral, tal y como nos dice Manuela de Sousa: “La mayoría de las mujeres están solas, sin marido. Y las que están con el esposo viven situaciones problemáticas como violencia, despreocupación de la familia por parte del marido… Aquellos que tienen sida, en muchas ocasiones no quieren seguir el tratamiento porque no asumen que están enfermos, y se excusan diciendo que son ellas las que padecen la enfermedad”.

 

Manuela de Sousa y Angelina Zentis

Las religiosas Manuela de Sousa (derecha) y Angelina Zentis, en el patio de Hakumana / Fotografía: Javier Fariñas Martín

 

Desde que el centro abrió sus puertas el 25 de marzo de 2008, no ha parado de crecer, multiplicar sus edificios y estructuras, o aumentar el personal y los voluntarios, pero siempre manteniendo claras las tres áreas de trabajo: primero información y formación; en segundo lugar, orientación y asesoramiento –incluso con orientación psicológica, espiritual y legal– y, por último, un tercer área social, que incluye apoyo sanitario y alimentación.

En la parábola del Buen Samaritano, la persona –en este caso el herido que cayó en manos de los bandoleros–, es más importante que el pago del dinero. Algo que se cumple también en Hakumana.

Entramos en un espacio circular con el techo de hierba seca y los laterales abiertos. Un pequeño muro sirve para salvaguardar un poco la intimidad. La hermana Angelina Zentis, misionera comboniana, nos presenta a una joven madre ciega que ha tenido mellizos y ha sido abandonada por su marido. Llama la atención la destreza con que la madre cambia los pañales de los niños a pesar de no ver. Es la historia de otra madre que ha encontrado una posada para ella y para sus mellizos en Hakumana, porque debido a su ceguera no puede llevar una vida normal. Otras mujeres están ocupadas en los talleres de costura, de trabajos manuales, de fabricación de cestos o se dedican a limpiar el centro para que sea un lugar acogedor, limpio y práctico.

 

Niños jugando al fútbol en la calle

Varios chavales juegan un partido de fútbol / Fotografía: Javier Fariñas Martín

 

Indocumentados y votantes

La alimentación es un factor importante. Muchos de los que llegan a Hakumana, arrastran una alimentación insuficiente o, sencillamente, pasan hambre. El centro necesita en la actualidad para cubrir las necesidades de cada mes cerca de 200 kilos de judías, otros 200 de cacahuetes, 1.800 de arroz, seis sacos de harina de maíz, 120 litros de aceite, 150 kilos de azúcar… También es necesario tener en la despensa galletas, pan, lo necesario para hacer las papillas de los niños, pollo, pescado y lo que llegue: todo un arsenal para hacer que Hakumana sea un hogar.

Cuando llegan, las familias o las madres son atendidas por los encargados de acción social. Se les ayuda a rellenar una ficha de inscripción con los datos familiares y sanitarios, situación social, profesión –aunque la mayoría no tiene oficio ni trabaja–, y alguna otra información relevante. De allí pasan a la enfermería, donde una religiosa evalúa su caso con el objetivo de mejorar su estado de salud. Después se les ofrece ayuda psicológica y se tiene también en cuenta la cuestión espiritual, aunque la mayoría no son católicos. A pesar de la diversidad de procedencias, contextos y confesiones, todos tienen cabida en Hakumana, todos son atendidos. Con toda esta información se define el tipo de ayuda o apoyo que precisa cada persona, ya sea alimentario, sanitario o educativo, para que los hijos puedan matricularse en algún colegio.

Junto a esa ayuda más evidente, una de las tareas de Hakumana es conseguir que tengan documento de identidad, ya que muchos llegan totalmente indocumentados. La hermana Manuela de Sousa pone de manifiesto la paradoja de que “los que vienen aquí no saben escribir, no tienen documentación, no tienen tarjeta sanitaria, es como si no existieran. Pero, en cambio, tienen carné de elector para votar y ¡tienen teléfono móvil! Si eso lo promueve el Gobierno, ¿por qué no lo otro? ¡Es curioso!”.

El proyecto Hakumana sigue creciendo. La gente que llama a sus puertas se multiplica porque existe la convicción de que en esta posada se les ofrece algo que no encuentran en la calle. El trato que se dispensa a cada uno de los que llegan hace que se respire mucha serenidad. Madres como Cristina han encontrado refugio. Su hija pequeña podrá crecer sana y bien alimentada. Cristina podrá ser dueña de su destino y, algún día, rehacer su vida en Maputo o volver a Gaza. Mientras tanto, la hermana Angelina, atenderá la enfermería; la hermana Olivia, con ayuda de un grupo de mujeres, limpiará las ollas y los platos; y la hermana Manuela de Sousa, hará posible que en la posada del Buen Samaritano de Matola las personas sean lo más importante. Por la noche, cada religiosa regresa a su comunidad, cansada pero con la satisfacción de haber hecho posible que Hakumana sea el lugar donde “nos encontramos”.

 

[Este reportaje forma parte del Cuaderno Mundo Negro Nº1 sobre Mozambique. Si desea obtener la edición en papel escriba a edimune@combonianos.com]