Sylvia García: «No hay justificación para esta desigualdad»

Sylvia García
Por: Javier Sánchez Salcedo - 04/12/2018
Es presidenta del Club de Gimnasia Artística de Pozuelo de Alarcón y coordina los proyectos deportivos de la Fundación Ramón Grosso. El encuentro con un jesuita chadiano le hizo embarcarse en una apasionante aventura a la que dedica todas las horas que puede: una escuela de gimnasia para niñas en Chad.

 

 

 

¿Cómo entras en el mundo de la gimnasia artística?

Nací en un gimnasio, no lo elegí. Mis padres se dedicaban los dos a este deporte y toda mi vida ha girado en torno a él. Es lo que admiro, donde me siento cómoda y donde me realizo.

¿Por qué te gusta?

Es un deporte individual en el cual te enfrentas al reto que quieras conseguir y tienes que sacar lo mejor de ti misma para poder lograrlo. Creo que eso te forma un carácter especial y te da una serie de recursos y de formas de ver la vida muy buenos. Superar retos te da una satisfacción que no se puede comparar con otra cosa.

Háblame del proyecto de la escuela de gimnasia en Chad.

Ramón Grosso, hijo del exfutbolista, que actualmente preside la Fundación Ramón Grosso, me habló de una serie de proyectos que tienen en África. Estaban construyendo pozos en un colegio de Chad y me habló del padre Camile, el jesuita que dirige el centro. Cuando Camile vino a España y nos conocimos en el gimnasio donde trabajo, durante una competición, me propuso enseñar gimnasia a sus niñas en Chad. El padre Camile es feminista, deportista y una persona maravillosa. Y él cree que los valores que aporta el deporte les va a ayudar muchísimo en su formación humana. A los cuatro meses fui a Chad y le dije: «No sé cómo lo haremos, pero lo haremos».

Sylvia García

Sylvia García, el día de la entrevista. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo

¿Te parecía difícil?

No hay instalaciones adecuadas, solo una sala en el colegio donde puede haber cincuenta grados. No hay puerta, la gente entra y sale. Y faltan técnicos. Por eso el siguiente paso fue traer a las niñas a nuestro gimnasio, intentar que aprendan todo lo posible durante el tiempo que estén y luego que mantengan allí lo aprendido. La parte humana estaba cubierta. Todas las niñas quieren hacer gimnasia, el noventa y cinco por ciento de ellas tienen talento y a ellas les da igual el calor. Nos faltaba la parte material y el técnico.

¿Cuántas niñas hay ahora haciendo gimnasia el colegio?

El primero año que fui íbamos a hacer un grupo de quince, pero a las pruebas vinieron ciento y pico. Al final hice cinco grupos, porque no podía decirles que no. La última vez que hemos estado en el grupo hay unas setenta.

¿Cómo se organizan sin técnico?

Solas. Aprenden rapidísimo y tienen claro lo que quieren. La última vez que fuimos nos estaban esperando en el aula las más mayores y habían preparado una exhibición, una serie de coreografías y acrobacias, sin método. Por eso yo estoy segura de que cuando tengamos método la cosa irá mucho mejor. Una de las niñas que han venido ahora, Regina, viene con el objetivo de que nosotras la ayudemos a formarse como entrenadora.

Descríbeme la zona donde se encuentra el colegio.

El colegio está en un pueblo que se llama Tucra, a veinte kilómetros de Yamena.  Está en una zona árida, con muy pocos árboles. Ahora hay seis pozos de agua que ha hecho la fundación, pero antes no había ni agua. El siguiente paso es hacer la canalización para que pueda llegar a los baños. No hay electricidad, solo dos placas solares chiquititas para el ordenador del padre Camile. Unos recursos muy escasos. Pero la gente que vive allí es joven, con ganas de prosperar. Entienden que el futuro es la cultura.

¿La imagen que tú tenías de Chad era diferente a lo que te encontraste?

Yo no había ido nunca a África. No sé si tenía una imagen. Quizá la típica que tenemos de pequeños, cuando se hablaba de los niños de Biafra. Cuando llegué a Chad no vi a esos niños llenos de moscas y el vientre hinchado, pero sí absoluta miseria. Por todas partes veía a niños que no estaban escolarizados, sin recursos, con ropas que alguien les había dado. Muchísima pobreza. El padre Camile nos enseñó cómo era su pueblo.  Mucha miseria. Fue duro para mí. Cuando íbamos a volver nos dimos un abrazo y el padre nos dijo: «ahora id a España y contarles cómo vivimos». Y eso es lo que estoy haciendo estos dos últimos años. Es cómodo no mirar. Pero cuando lo conoces, creo que es muy difícil no empatizar con ellos y tratar de mejorar su situación allí.

 

El padre Camille y Sylvia el día de la entrevista. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo

¿Qué les aporta la gimnasia a las niñas?

Una oportunidad que es difícil que tengan allí. El objetivo principal es que ellas puedan ser independientes. Que no necesiten de su familia, ni casarse y formar otra familia. Que puedan tener su propia profesión y elegir la vida que ellas quieran. Para las niñas que están dentro del programa de viajes, el objetivo final es que vengan toda la temporada aquí que estudien y entrenen en Pozuelo. Pero lo que nosotros queremos es que ese programa de gimnasia se instaure en el colegio. Las familias saben que es oportunidad para sus hijos. Tienen las mismas ilusiones que nosotros, las mismas ganas de progresar, las mismas ganas de  hacer cosas que les motiven con las que ser felices. A lo que aspira cualquier ser humano, viva donde viva. Lo que ellos no tienen son condiciones y recursos. El padre Camile explica que a veces la gente se sume en la desesperanza. En Chad hay un gran alto grado de alcoholismo femenino, beben un alcohol que hacen ellas en casa, para matar así la desesperanza. Él lo conoce bien y lo que quiere es que las niñas vean otra posibilidad, otra luz, otro camino. Nosotros les ayudamos con los recursos que tenemos. Yo aporto lo que sé hacer y lo que ellos me piden.

¿A dónde te gustaría que llegara el proyecto?

Quiero que todas y cada una de las niñas que están en el programa de gimnasia tengan un futuro el que ellas decidan, desde ser abogada o médica hasta abrir una tienda de comestibles. Lo que sea. Pero sobre todo que sean independientes y tengan las riendas de su vida. Salirse del sistema es complicado, pero pueden. No necesito que sean entrenadoras de gimnasia, aunque podrían hacer por las mañanas el trabajo que sea y por la tarde dedicarse a la gimnasia y abrir allí centros pequeñitos de gimnasia. Sí nos gustaría expandirlo y que la gimnasia se instaure en Chad. Y tenemos una guinda para el pastel. Una noche en Yamena íbamos el padre, Ramón y yo en el coche, y surgió la idea de ir a los Juegos Olímpicos. Hemos tenido conversaciones con el Comité Olímpico Español y con el Comité Olímpico Chadiano. Existe la posibilidad de solicitar una wildcard, que es una invitación directa para participar en los juegos sin tener que clasificarte por logro deportivo. Si de aquí a 2024 no conseguimos el nivel podríamos recurrir a eso y que, de repente, un país que solo ha ido a los Juegos Olímpicos con atletismo, se presente con gimnastas. Que haya una gimnasta chadiana en unos Juegos Olímpicos haría historia y sería muy bonito. La gimnasia artística en los países del Sahel no existe.

 

Sylvia García junto a Bonté y Astha, alumnas de la escuela de gimnasia artística en Chad, durante su estancia en España. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo

¿Qué aprendes tú?

Que estamos totalmente desubicados. Tenemos los armarios llenos de cosas que no usamos y sufrimos por cosas que son banales. En Chad despertarte una mañana al día siguiente ya es un logro. Aquí en España te preocupas si no encuentras wifi o alguien te ha pitado con el coche. Lógicamente a mí me enseñado a desdramatizar un montón de cosas, a ver la vida con otro prisma y a sentirme absolutamente afortunada. Yo tengo un problema médico o lo tienen mis hijas y tengo un hospital al lado de mi casa donde me van a atender. Tengo sed y voy a cualquier sitio y pido agua. En Chad no podría hacerlo. Te cambia la perspectiva y te da una conciencia social absoluta. Quien no quiera verlo, que no lo vea. Pero la humanidad deberíamos de alguna forma plantarnos y no consentir lo que está pasando en el mundo. Bajo ningún concepto tiene explicación que vivamos en esta desigualdad. No hay justificación y se permite. Y yo no me creo que el ser humano no sea capaz de cambiar esto. No hay voluntad, por lo que sea. No encuentro la palabra para definir lo que siento cuando veo esta desigualdad. Injusto se queda corto. No entiendo por qué hay niños que tienen que estar tirados en la calle cuando el mundo tiene recursos para que eso no ocurra.

Para las niñas que han venido a España, ¿cómo es la experiencia?

Creo que aprenden otra forma de plantearse la existencia. El otro día el padre Camile me dijo una cosa que me gustó muchísimo. Le había sorprendido y gustado mucho la capacidad de adaptación que tienen las niñas. Están muy bien adaptadas a las familias y se adaptan a cosas que no conocen sin ningún problema.  El padre decía que esa capacidad de adaptación que tienen es lo que le da esperanza a África porque pueden ser personas transformadoras. Pueden volver a su país y transformar las cosas porque tienen capacidad de adaptación. Me quedo con eso. No conformarse. No rendirse, no decir «pues es lo que hay». Les va a costar muchísimo, claro, pero si tienen esas ganas de cambiar las cosas, lo van a hacer.