
Publicado por Autor Invitado en |
Compartir la entrada "«No es solo nuestra lucha»"
Por Vanesa Menéndez Montero desde Nairobi (Kenia)
Corrupción. Paro. Brutalidad policial. Lo que el 25 de junio de 2024 comenzó como una protesta contra el proyecto de ley fiscal del Gobierno keniano –también conocida como Protesta de la GenZ–, ha evolucionado, un año después, hacia algo mucho más profundo. Ya no se trata de rechazar una política concreta, sino todo un sistema que permite, e incluso justifica, muertes como la de Albert Ojwang, profesor y bloguero que utilizaba sus redes sociales para denunciar los abusos del poder. Fue secuestrado en casa de sus padres, trasladado a Nairobi y ejecutado extrajudicialmente en dependencias policiales. ¿Su presuntodelito? Haber publicado «información falsa» sobre un alto funcionario del Gobierno. Su asesinato, que tuvo lugar unos días antes del aniversario de las protestas de 2024, desató una nueva ola de indignación popular. Y las calles volvieron a llenarse de jóvenes. Esta vez, la Comisión Nacional de Derechos Humanos de Kenia documentó múltiples violaciones cometidas tanto por las fuerzas de seguridad estatales como por hombres armados contratados por el propio Ejecutivo. 12 días más tarde, durante la conmemoración del Día de Saba Saba [jornada que conmemora las protestas que tuvieron lugar en 1990 para reclamar la vuelta del multipartidismo después del período autoritario de Daniel Arap Moi], las protestas se saldaron con un total de 38 muertos, entre los que se encontraba Bridgit Njoki, una niña de 12 años que estaba viendo la televisión en casa. Njoki no protestaba. No gritaba. Este episodio, que recuerda a Necropolíticade Achille Mbembe, ha convertido las protestas de 2025 en una lucha más amplia por la dignidad y la justicia social.
A lo largo de la historia de Kenia, el arte ha sido más que una forma de expresión: ha sido un refugio y una herramienta de resistencia. Pero algo ha cambiado. El artivismo contemporáneo ha logrado conectar a la generación Z, nacida en la era digital, que ha encontrado en la intersección entre el arte y las redes sociales una nueva forma de canalizar su lucha política. Artistas emergentes y consolidados han sido claves en la construcción de una narrativa visual y sonora que no solo denuncia las injusticias, sino que también educa en los valores de la Constitución a quienes más la necesitan. De esta manera, el artivismo ha adquirido un papel central; ya no es solo una forma de decir lo que sucede, sino que se utiliza como un medio para el empoderamiento ciudadano. En los barrios marginales y las comunidades rurales, los artivistas construyen puentes. Trabajan para kiwake (‘encender’, en suajili) la chispa de la soberanía popular, recordando que los derechos fundamentales no se exigen, sino que se ejercen.

Bajo el lema «Tribeless, leaderless, partyless» (‘sin tribus, sin líderes, sin partidos’), las protestas de la GenZ prometen un futuro liberador. Esta es la diferencia generacional que, según varios artivistas, marca un antes y un después en la escena política keniana. Por un lado, la ruptura con el tribalismo supone una práctica descolonizadora en sí misma, por cuanto acaba con el principio del divide et impera(‘divide y vencerás’) utilizado por el Imperio británico y heredado por la clase política keniana. Por otro lado, el aparente rechazo a los líderes y partidos políticos constituye una llamada a la imaginación de otros mundos posibles. Este es el ámbito de intervención de los artivistas y de su potencial transformador. Davis Tafari, director creativo del Teatro Itinerante en el Centro de Justicia Comunitaria de Dandora (Nairobi), afirma que, en cada pieza, tratan de crear espacios de gobernanza horizontales y mecanismos de participación ciudadana siguiendo los postulados de pensadores como Paulo Freire, Bertolt Brecht o Ngũgĩ wa Thiong’o.
Otra de las diferencias que marcan un salto generacional en el artivismo keniano es el uso estratégico de las redes sociales. Gracias a plataformas como X, Instagram, Facebook o TikTok, los jóvenes han podido denunciar la brutalidad policial y movilizarse por causas que antes solo llegaban a una audiencia limitada. Etiquetas como #JusticeForRex –en referencia al caso de Rex Kanyike Masai, asesinado por la policía en las protestas de 2024–, se han convertido en símbolos de la lucha por la justicia social y la democracia. De la misma manera, YouTube ha permitido amplificar sus voces tanto dentro como fuera del país. Piezas de spoken word [una forma de poesía oral que puede combinar narrativa, musicalidad y expresión corporal] como Kilio Cha Haki, de Dorphanage, muestran el poder del arte de contar historias. Combinando poesía, música, fotografía y vídeos de las protestas de 2024, Dorphanage hace una exhortación a la dignidad, la equidad y el cambio.

Pero las redes sociales también son un arma de doble filo. A medida que los seguidores crecen, también lo hace la autocensura. La necesidad de protegerse frente a posibles represalias tanto dentro como fuera de Internet, ha creado un espacio lleno de incertidumbres, ansiedad y miedo. Algunos de los artivistas entrevistados para este reportaje expresaron sus reticencias a exponer sus trabajos en galerías o centros comerciales y reconocieron que muchas colaboraciones tienen lugar en la clandestinidad. Tratan de encontrar el equilibrio entre compartir su mensaje y garantizar su propia seguridad.
Además, en este nuevo entramado emerge con nitidez una perspectiva de género que atraviesa y resignifica el artivismo contemporáneo en Kenia. Durante las protestas de 2024 y 2025, muchas mujeres descubrieron que su participación política podía convertirse en una experiencia de violencia sexual. Esta estrategia, pensada para desmovilizarlas, no tuvo el efecto esperado. Como señala Noosim Naimasiah, directora de cine panafricano, académica y activista, «las mujeres actúan políticamente con su cuerpo». Aunque son quienes más riesgos asumen al salir a las calles, muchas continúan participando en las protestas, a veces acompañadas de sus hijos. Dar visibilidad a sus historias se convierte así en un acto de artivismo, un gesto que transforma sus experiencias personales en fuerza colectiva. Pero para que estas historias puedan ser contadas, las mujeres artivistas necesitan apoyo económico y social, un soporte que el Estado keniano no proporciona. Con uno de cada tres hogares encabezados por mujeres, son ellas quienes asumen la mayor parte de los cuidados y las tareas domésticas. Por ello, están surgiendo cooperativas y colectivos que les brindan un espacio seguro para expresar su resiliencia y compromiso político desde una mirada de género. Se trata de un artivismo de mujeres y para mujeres.
Si bien el artivismo de la GenZ ha logrado movilizar a una generación cada vez más aislada mediante la adopción de un lenguaje global, no todo es un acto de ruptura. Las condiciones materiales sobre las que actúan los jóvenes artivistas no son nuevas. La violencia poselectoral en Kenia ha sido una constante desde los comicios de 2007. Ya entonces, canciones como Bahasha ya Ocampo denunciaban la corrupción del gobierno de Mwai Kibaki. Así mismo, el cántico popular Yote Yawezekana bila Moi, entonado en 1992 para mostrar la oposición al régimen de Daniel Arap Moi,vuelve a resonar contra el actual presidente, William Ruto. Del mismo modo, actos como la ocupación del Parlamento ya tuvieron su antecedente el 19 de mayo de 2013, cuando se intentó ocupar la Cámara a raíz de una propuesta de aumento de los salarios y dietas de los legisladores. En aquella ocasión, se quemaron 221 ataúdes frente a las puertas del Parlamento y se trasladaron cerdos –los manifestantes querían establecer una analogía entre los animales y los parlamentarios, a los que llamaban MPigs–, que se convirtieron en símbolos de un artivismo emergente. Por entonces, Boniface Mwangi, fotoperiodista y activista keniano, destacó como una de las figuras más visibles del movimiento.
Sobre el futuro poco se sabe, y salvo que haya cambios en el calendario electoral, la próxima elección presidencial tendrá lugar en 2027. Mientras tanto, la GenZ ya trabaja en la creación de un nuevo modelo de gobernanza democrática basado en un Consejo Ciudadano Nacional.
Este tipo de protestas se han convertido en un fenómeno global, observado en las calles de Serbia, Uganda, Madagascar o Nepal. A la luz de estos acontecimientos, los artivistas kenianos no solo llaman a la acción local, sino también a la solidaridad internacional. Para ellos, el cambio comienza en la imaginación colectiva: «Son las ideas las que abrirán nuevos caminos», «Si los ciudadanos pierden el miedo a imaginar, los líderes perderán su poder». Por eso, insisten en la importancia de la acción colectiva transnacional: «Lucha por tu país y por las generaciones que vendrán, pero también por el bienestar de aquellos que están luchando al otro lado del mundo. Somos una comunidad global. Tú eres porque nosotros somos». El enemigo no tiene rostro ni nacionalidad. Para Tafari, es «la pobreza, la corrupción, el mal gobierno y el imperialismo». De la misma manera, Dorphanage recuerda que «la lucha empieza con nosotros mismos, pero no se limita a nuestra propia experiencia: no es solo nuestra lucha».
Compartir la entrada "«No es solo nuestra lucha»"