
Publicado por Javier Fariñas Martín en |
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Los presidentes congoleño y ruandés, Félix Tshisekedi y Paul Kagamé. Las guerras sucesivas. Las tomas de ciudades por grupos paramilitares o rebeldes. El M23 o los wazalendos. Los minerales. Las minas… Las múltiples, sucesivas y complejas capas que conforman la realidad de los Grandes Lagos tienen la virtud ocasional de poner sobre el tapete lo que allí ocurre, pero suelen adolecer de empatía con las víctimas, reducidas a cifras en la mayoría de los casos.
Una de ellas es la congoleña Wivine Kavira Mukata. Con pocas aportaciones sobre su lugar y fecha de nacimiento, ha salido del anonimato de esa cruenta historia después de que varios medios de comunicación pusieran la lupa sobre esta técnica ortoprotésica que trabaja en el Centro Ortopédico Shirika la Umoja, en Goma (RDC), uno de los epicentros de ese drama.
Aunque Wivine ahora se desenvuelve con soltura entre pacientes, moldes y rehabilitaciones, la vocación no había previsto este camino. En un reportaje publicado por Reuters, la joven lo recuerda: «Mi sueño de infancia era ser informática, trabajar en telecomunicaciones, pero por desgracia no pudo ser. Me imaginaba incluso subiendo a esas torres de antena […], pero perdí la esperanza después de la amputación».
¿A qué se refiere? A una bomba que estalló en su domicilio cuando estaba preparando sopa de pescado en casa. Sus padres resultaron heridos. Ella perdió una pierna por encima de la rodilla. Era febrero de 2014.
El primer centro médico que atendió a Wivine fue el Shirika la Umoja. Después, en Bukavu, le fabricaron una prótesis. La nueva situación personal de Kavira Mukata la llevó a conocer un mundo nuevo para ella. Tuvo que prepararse para la cotidianeidad de una vida con un miembro ortopédico –en Reuters reconoció que ahora «como cualquier mujer, me levanto, limpio y me preparo para ir a trabajar. […] También cocino, voy al mercado, compro lo que necesito… como cualquier mujer normal»–, y para sanar los impactos internos, los que no se ven. A ello le ayudó ver a otros en su misma –o en peor– situación. Como aquel hombre mayor con una amputación doble que sonreía después de ponerse en pie con sus prótesis. El cambio comenzó a hacerse posible. Hasta ese momento, Wivine no lo tenía nada claro, como se lee en un perfil sobre ella publicado en Times Live: «Te desmoralizas. Crees que es el final de tu historia».
La segunda vocación no llegó hasta Wivine. Sino que fue ella la que hizo el camino inverso. En diciembre de 2024 finalizó su formación como técnica ortoprotésica en Lomé (Togo). Ahora, en el Shirika la Umoja, más allá de la fabricación de prótesis, su testimonio es tan importante para los pacientes como para ella lo fue aquel hombre que decidió que su vida seguía teniendo sentido después de perder las dos piernas: «Tengo que hacer esto para devolver la sonrisa a personas con discapacidad y a las víctimas de todo lo que está sucediendo en mi país», por muy complejo que sea su contexto.
Ilustración: Tina Ramos Ekongo
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