
Publicado por Javier Sánchez Salcedo en |
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La música para mí lo es todo. Vengo de una familia de griots, los mensajeros, los que alababan a los reyes cuando estaban en guerra. Los griots son como libros, la biblioteca de Senegal. Vengo de una familia de percusionistas y cantantes muy conocidos. Mi padre era un gran percusionista. Aunque, en realidad, yo no quería ser músico. Ayudaba a mi padre, que era pintor de brocha gorda, a pintar casas y quería estudiar. Pero la gestión económica en casa no iba bien, yo era el mayor de siete hermanos y como vi que mis primos viajaban por toda España con una empresa de espectáculos trabajando como percusionistas, pensé que podía ser un camino fácil para ayudar a mi familia. Entré en un centro de formación de percusión y danza, de los que hay muchos en Senegal. Y la música me salvó.
En Senegal lo habitual es soñar con ir a países francófonos europeos. Mi idea pasaba por ir a Francia o a otro país, pero la empresa donde estaban mis primos hacía giras en España. Como muchos, soñaba con salir para mejorar mi vida y la de mi familia. En nuestra cultura, si a uno le va mejor, ayuda al resto. Tampoco es que estuviéramos mal, no hemos pasado hambre ni nada, pero necesitábamos evolucionar. En Senegal a muchos jóvenes que han estudiado, que se han sacado una carrera, les cuesta muchísimo encontrar un trabajo y un buen sueldo para sobrevivir.
Para nosotros venir a Europa es un sueño increíble. Crees que cuando llegues triunfarás, que ganarás dinero enseguida, que las cosas serán muy fáciles, porque en Senegal te encuentras con personas que han emigrado, que vuelven de vacaciones vistiendo bien, que a veces se traen un coche o se construyen una casa. Yo vine a España ya con un empleo y estuve trabajando como músico seis meses. Tenía sueldo, un piso, los papeles, y durante ese tiempo todo iba bien. Mi contrato era de seis meses y tenía que volver obligatoriamente, pero me quedé porque quizá no volvería a tener la oportunidad de regresar. Cuando intentas buscarte la vida por tu cuenta descubres lo que realmente es Europa. Llegué a Madrid en 2001, en enero, hacía mucho frío. Mi idea era buscarme la vida con la música, pero sin papeles no podía trabajar. Mi primo me acogió en su casa y me daba de comer. Lo único que podía hacer durante el año que estuve con él era vender cedés en la calle. Un día la policía me detuvo y estuve tres días en el calabozo. Fue un gran susto, porque pensé que me iban a devolver a mi país.

No me eché para atrás. Al final la percusión me ayudó muchísimo, me abrió las puertas. Con tres primos montamos un grupo, Mamá África. En aquel momento gustaban mucho la música y las danzas africanas. Poco a poco nos fuimos dando a conocer. Dimos nuestro primer concierto en la Sala Galileo y vino muchísima gente. También tocábamos en la Sala Clamores, cobrando 10 euros por entrada. Nos empezó a salir muchísimo trabajo, muchos festivales, clases de percusión, de danza.
Llevo haciendo música en España desde 2002 y durante los diez primeros años pude ganarme la vida con ella. Pero también he hecho cosas aparte, porque los tiempos van cambiando y España ya no es igual. He trabajado en almacenes, de repartidor, de portero… Es mucho más difícil vivir de la música, sobre todo cuando llegó la pandemia. En verano va mejor. Por ejemplo, tenemos una pequeña gira durante dos meses en el Bioparc de Fuengirola, pero después, cuando se acerca el invierno, nos toca buscar otros trabajos. La música me abrió la puerta a trabajar como actor, en cortometrajes, en alguna película y en publicidad. Pero no es fácil vivir en el mundo del cine siendo un actor africano. Hay que hacer un poco de todo para sobrevivir.
Nuestra base es la música tradicional senegalesa. En mi país hay más de 16 etnias, cada una con un sonido propio. Utilizamos la kora, que es el arpa africana, los yembés, el dunun o el sabar, que son diferentes tambores. Cantamos historias de nuestros antepasados y de la vida cotidiana… Principalmente hacemos música tradicional, pero también le estamos dando otro toque, más fusión. Después de Mamá África creé el grupo Sico Bana África. Ahora tenemos a una cantante española, Nerea Mafarki, y mezclamos canciones en español con la música africana. A veces ella canta en wolof, nuestro idioma, y yo en español. Le damos un toque de flamenco, un toque de pop…

Es fácil si tienes ritmo y ganas. Cualquier cosa a la que le pongas ganas es fácil. Como cuando llegué aquí y necesitaba aprender español. Le puse ganas, iba a clases, veía la tele en español, hablaba con mi pareja, que es española… Con ganas todo es fácil.
Antes sí, daba muchas clases. Pero ahora hacemos solo talleres intensivos, porque no es tan fácil conseguir un número suficiente de alumnos que vengan de forma regular. Pero estoy también con un proyecto muy interesante llamado Educa África con el que enseñamos cultura africana, historia y música en colegios. La intención es que los niños aprendan todo lo positivo del continente.
La imagen que tienen de África depende sobre todo de lo que ven en la tele y de lo que les cuentan sus padres. Un niño me preguntó un día si en África había colegios y universidades. Me preguntó dónde nos sentábamos. Yo les hago preguntas para ver qué es lo que saben de África y vamos colocando sus respuestas en dos grupos: en uno lo positivo y en otro lo negativo. Y siempre gana lo negativo. Cuando les preguntas, por ejemplo, «¿Qué es África para ti?», las primeras palabras siempre son «guerra» y «hambre». Siempre. Es increíble. Te hablo de niños de siete años. «Guerra», «hambre» y luego «animales». Ese es el punto de partida. Y les digo: «Mirad, África no es como os la imagináis». Bromeo con ellos. «El colacao que desayunáis cada mañana, ¿sabéis de dónde viene? Pues viene de África. Si nosotros no tuviéramos los árboles de cacao, no podríais desayunar». Les enseño vídeos y les hablo de lo que llevan los teléfonos móviles y de todos los recursos que tenemos de los que Europa se aprovecha. Con este proyecto llevamos ya diez años. Y no es solo para los niños, también para los mayores. Tengo muchos amigos españoles que han viajado al continente y hay gente ya más informada, gracias al gran trabajo que se está haciendo en este sentido, pero sigue habiendo muchas personas con la mente cerrada, así que hay que seguir enseñando.

Lo que más me impacta es que se sienten orgullosos. Dan las gracias y se les nota en la cara de felicidad. Es una ayuda para ellos, porque quizá no saben cómo hablar de ciertas cosas a sus compañeros de clase, cosas que yo sí cuento. También es interesante para los niños que ya han nacido aquí, que son más occidentales que africanos, y a los que sus padres no les han hablado mucho sobre estos temas. Mi sueño es dar estos talleres en todos los colegios de España.
Las telas forman una parte muy importante de nuestra cultura, con estos colores tan llamativos. Hace diez años comencé con Sico Collección, una línea de camisas, camisetas, pantalones y americanas. Trabajo en esto con mi hermana, que está en Senegal. Yo hago los diseños y ella confecciona la ropa y me la manda o la traigo yo cuando voy de vacaciones. Vendo en ferias, en mercados navideños… Cuando mejor ha funcionado la venta fue con la llegada del coronavirus. Vendí muchísimo online. Si la música no funciona, tiramos de la ropa. Si la ropa no funciona, vamos haciendo proyectos diferentes para ganarnos la vida.
Creo que a muchos inmigrantes nos pasa algo curioso. Teníamos el sueño de venir a Europa a trabajar y ganar dinero, pero según van pasando los años nos vamos dando cuenta de que tenemos que empezar a pensar en volver y ayudar a nuestro país desde allí. Llevo 25 años aquí y ya estoy pensando en cómo hago para regresar a Senegal y realizar allí proyectos. Pienso en unas casas rurales, quizá en un proyecto agrícola. Hay mucho por hacer. Siento que va llegando el momento de no pasar aquí tanto tiempo y pensar quizá en vivir la mitad del año en África y la otra mitad en España. Tengo amigos que se lo están planteando y amigos que lo han hecho, que han vuelto, tienen allí sus proyectos y les va bien. Sé que me va a costar, pero es posible. En el futuro, no quiero quedarme aquí en una residencia. Si todo va bien, prefiero jubilarme en África.

«El yembé, además de un instrumento al que respeto mucho, es para mí un símbolo. Me ha abierto las puertas. Me ha salvado la vida. Su nombre significa ‘unión’ y es verdad. Allí donde hay un yembé, donde hay percusión y danza, siempre hay gente unida. El yembé une a las personas. Es todo para mí, la verdad. Es como un hijo».
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