
Publicado por Gonzalo Vitón en |
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Mozambique y Namibia han continuado la estela de Ghana y Nigeria, que durante 2025 reembolsaron 1 400 y 3 400 millones de dólares de deuda, respectivamente. En el caso ghanés, en concepto de eurobonos y en el nigeriano, devolviendo un préstamo del Fondo Monetario Internacional (FMI) concedido en 2020 para mitigar los impactos de la pandemia. Maputo y Windhoek también han amortizado sendas deudas con el ente financiero internacional, el primero de más de 700 millones de dólares y el segundo de 23. Además, el Gobierno namibio ha completado el pago de eurobonos que vencieron el pasado mes de octubre por valor de 750 millones de dólares.
Los eurobonos son bonos emitidos por inversores privados en una moneda distinta al país que los emite. En general, son préstamos en dólares que se conceden fuera de Estados Unidos. Se caracterizan por tener unas tasas de interés muy altas para los países africanos, muchas veces incluso entre el 10 y el 15 %, pues los inversores consideran que son préstamos de alto riesgo. Por ejemplo, la República Democrática del Congo entró por primera vez este año en el mercado de eurobonos, ofreciendo una tasa del 8,75 % a cinco años y del 9,50 % a diez años (ver MN 723, p. 13).
Los préstamos concedidos por el FMI son diferentes. Sus tasas de interés son mucho más bajas, pero, a cambio, están condicionados a que los países apliquen una serie de medidas económicas que, muy a menudo, incluyen recortes en el gasto social. Esto implica un control exhaustivo de las cuentas internas de los países por parte del organismo internacional, lo que muchas veces se percibe como un ataque a la soberanía.
Con el reembolso realizado a finales de marzo por el Gobierno de Daniel Chapo, Mozambique ha cancelado toda la deuda que tenía con el organismo internacional, así como la misión que el FMI tenía prevista en el país a finales de agosto. Sin embargo, las previsiones apuntan a que las reservas de divisas extranjeras, que habían alcanzado 4 500 millones de dólares, casi las más altas de su historia, se verán mermadas hasta los 3 500 millones. Esto cobra especial relevancia en un momento en el que la situación de inestabilidad global está provocando la subida de los precios del petróleo, los fertilizantes y otros bienes que un país como Mozambique se ve obligado a importar y que, en general, se pagan en dólares. De hecho, el pasado mes de mayo se anunciaron subidas de hasta un 45 % para el diésel y de un 12 % para la gasolina, con los impactos que dicha subida tiene para la frágil economía del país austral.
La situación económica de Mozambique se encuentra en un punto crítico. A pesar de haber cumplido con el pago al FMI, Mozambique tiene una deuda cercana a los 1 000 millones de dólares en eurobonos y el próximo mes de septiembre tiene que hacer frente a un pago de los intereses. Las dificultades previstas para el cumplimiento de estos compromisos han hecho sonar las alarmas, por lo que el Gobierno de Chapo ya está estudiando una posible reestructuración de la deuda, que podría suponer incluso la reconversión de dicha deuda de dólares a renminbis (yuanes chinos). Los analistas consideran que el pago al FMI busca aumentar la credibilidad de Mozambique en los mercados internacionales, pues las agencias de calificación han empeorado la calificación del país, pasando de CC a CCC, e incluso han avisado de una posible situación de impago.

El caso namibio es diferente al mozambiqueño. En octubre del año pasado, con el abono de los citados 750 millones de dólares, el país redujo de forma considerable la deuda que había adquirido en 2015 a través de la emisión de eurobonos. Este pago también afectó a las reservas de divisas internacionales del Banco de Namibia, que se calculaban en algo menos de 3 000 millones de dólares para finales de 2025. Unos meses más tarde, a finales de abril de este año, Namibia anunciaba el pago completo de la deuda que aún tenía con el FMI, de 23 millones de dólares. Para el analista Chinedu Okafor de Business Insider Africa, «el contexto general de la reducción de la deuda de Namibia pone de manifiesto un decidido esfuerzo de consolidación fiscal destinado a mejorar la estabilidad macroeconómica y reducir la dependencia de la financiación externa».
Sin embargo, el caso de Namibia es particular y su política económica depende de terceros países. Su moneda, el dólar namibio, está vinculado al rand sudafricano, lo que garantiza una tasa de conversión 1:1 con la moneda de Sudáfrica y una mayor estabilidad de su divisa, pero implica una pérdida de soberanía monetaria. Es una situación que guarda muchas similitudes con lo que pasa entre el franco CFA y el euro.
Las perspectivas de futuro que afrontan ambos países son diferentes. El caso de Mozambique es más crítico, pues la apuesta del país es confiar en los ingresos de las explotaciones de gas en el norte del país. Sin embargo, la situación de violencia en la provincia de Cabo Delgado (ver MN 722, pp. 34-39) añade más incertidumbre a esta posibilidad. Sam Jones, investigador de la Universidad de Naciones Unidas, plantea, sin embargo, otras dos posibles vías en un artículo para The Conversation. Por un lado, «la restauración de un crecimiento no extractivo debe ser prioritaria», con medidas que incluirían la depreciación del metical, la aceptación de una inflación más elevada, el desarrollo de un marco fiscal más eficiente, la contención de la masa salarial, el reenganche con el FMI y una estrategia de crecimiento a medio plazo creíble y viable. Por otro lado, el investigador sostiene que una tercera vía sería la de la «corrección forzada», donde el país se vería obligado a «un ajuste de gran envergadura».
En el caso de Namibia, los analistas sostienen que los recientes pagos de la deuda deberían mejorar el perfil de riesgo del país ante inversores y agencias de calificación. Sin embargo, el medio The Voice of Africa, apunta que esta amortización conlleva al menos dos riesgos: las implicaciones de una caída de las reservas de divisas internacionales tan pronunciada en tan poco tiempo y que los préstamos que le podrían conceder bancos e inversores nacionales serían a intereses más altos o con vencimientos más cortos.
Si bien Mozambique y Namibia han sido los últimos Estados africanos en demostrar que pueden hacer frente a los pagos de la deuda, la cuestión de fondo sigue siendo la perpetuación de un modelo financiero global que obliga a estos países a delicados equilibrios para cumplir con sus compromisos financieros. La solución, por tanto, no es solo el pago de la deuda, sino medidas estructurales más profundas que incluyan el desarrollo de agencias tributarias más fuertes y eficientes, modelos de financiación más sostenibles y una reestructuración de los modelos productivos e industriales.
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