¿Qué ocurre en Malí?

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El 25 de abril, unos 12 000 ­combatientes del JNIM –un grupo terrorista afiliado a Al Qaeda– y del Frente de Liberación de Azawad (FLA), lanzaron ataques coordinados contra la capital maliense, Bamako, y ciudades estratégicas como Kidal, Gao, Mopti y Sévaré. De las seis batallas simultáneas, las Fuerzas Armadas de Malí (FAMa) prevalecieron en cinco. Entre los hechos más graves destacan la muerte de incontables civiles, el asesinato del ministro de Defensa, Sadio Camara, y la caída de Kidal. 

La alianza entre el JNIM y el FLA no es inédita. Aunque persiguen objetivos distintos, ya cooperaron contra el Ejército y sus aliados rusos en la batalla de Tinzaouatène. Ahora han repetido ese patrón: una alianza táctica y temporal basada en enemigos comunes, el debilitamiento de la Junta de Bamako y la expulsión de actores extranjeros. Esta convergencia reproduce dinámicas vistas en 2012, donde agravios locales y la fragilidad estatal alimentaron ciclos de violencia.

En septiembre de 2025, Emiratos Árabes Unidos pagó 50 millones de dólares al JNIM para liberar a un magnate emiratí y en octubre estalló una ola de violencia. Dos meses más tarde, el grupo recibió otros 20 millones por rescates similares. A ello se sumó la visita, semanas antes de la última escalada, del opositor Oumar Mariko para negociar la liberación de 17 rehenes. Estos flujos refuerzan un ciclo perverso: cada rescate fortalece al JNIM, incentiva nuevos secuestros y alimenta la insurgencia.

La respuesta de la Junta de Assimi Goïta fue rápida. Las ­FAMa, apoyadas por el Africa Corps ruso y sus aliados de la Alianza de Estados del Sahel –Burkina Faso y Níger– realizaron bombardeos en Kidal, Gao y Ménaka, mientras una fuerza conjunta de 15 000 efectivos lanzó contraofensivas terrestres. En Bamako y Kati se ejecutaron operaciones de limpieza contra células infiltradas y el Gobierno inició purgas contra oficiales sospechosos. Pese a algunos avances, no se ha revertido la pérdida de control territorial ni la iniciativa estratégica de la insurgencia.

Aunque la crisis deterioró la imagen de Rusia como garante de seguridad en África, el ­Kremlin reafirmó su permanencia en Malí, presentó la ofensiva como un «intento de golpe patrocinado por Occidente» y señaló a Kiev, París y Yamusukro como actores implicados. Estas acusaciones ganaron peso tras las declaraciones del periodista francés Georges Malbrunot, quien afirmó que Francia respaldaría operaciones encubiertas mediante unidades ucranianas de su servicio de inteligencia y exlegionarios franceses. La controversia acerca de la implicación gala aumentó por la presencia mediática, sin réplica de la Junta, del portavoz del FLA. En paralelo, Burkina Faso ha redirigido su comercio hacia el puerto ghanés de Tema, en detrimento de Abiyán, con pérdidas estimadas en 190,6 millones de euros. Este escenario refleja cómo las narrativas geopolíticas y las tensiones regionales amplifican la crisis maliense.

La evolución del conflicto en Malí sigue siendo incierta y no puede predecirse ningún escenario. Sin embargo, sería erróneo dar por derrotado al Estado. La batalla de Tinzaouatène o el bloqueo de finales de 2025 –en el que Bamako logró contradecir los pronósticos más ­pesimistas– evidenciaron una notable capacidad de resiliencia. Más allá de las consideraciones políticas o geopolíticas, los responsables de la desestabilización en el Sahel siguen siendo los grupos yihadistas. Y ellos son los verdaderos enemigos.

En la imagen, rebeldes tuaregs de la coalición Frente de Liberación del Azawad (FLA) se reúnen en la rotonda de Kidal, en Kidal, el 26 de abril de 2026. Fotografía: Getty





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