
Publicado por José Naranjo en |
La ruptura política acaecida entre el presidente de Senegal, Bassirou Diomaye Faye, y quien fuera su amigo, mentor y primer ministro, Ousmane Sonko, ha dejado unas cuantas verdades al desnudo, no por sabidas menos interesantes de señalar. La primera de ellas es, al mismo tiempo, la más evidente y la más difícil de digerir: Faye es el presidente, sí, pero ahora mismo es también una gacela que campa por la sabana mientras Sonko es un león que la observa atentamente a la espera del mejor momento para devorarla. Ambos saben cuál es el final de la historia, pero intuyen también que cada cosa llega cuando toca.
Hoy por hoy, el sonkismo lo domina casi todo: el aparato y la voluntad del Pastef –el partido mayoritario–, el Parlamento y, lo más relevante de todo, el relato, la épica y la calle. El presidente Faye tiene por delante dos años y pico de amargo mandato habiendo asumido ya que los límites no los pondrá él, sino su rival político. Será una presidencia bajo la implacable y permanente vigilancia de la persona a la que acaba de echar del Gobierno, que no es otro que el líder más popular que haya conocido este país. Ambos han dicho que no quieren que haya bloqueos, que el país se paralice, pero la cohabitación va a necesitar de mucho diálogo y consenso, dos virtudes de las que hasta ahora no han hecho gala precisamente.
Como los inversores, los organismos internacionales y los propios implicados saben, Senegal está en una encrucijada en la que toca tomar decisiones de calado. La gigantesca deuda que arrastra –herencia envenenada del Gobierno anterior que alcanza nada menos que el 130 % de su PIB– necesita de alguien al timón capaz de marcar el rumbo con energía. En su huida hacia adelante, el propio Sonko al frente de su Ejecutivo contrajo aún más deuda a intereses desorbitados, que toca empezar a pagar, en lugar de renegociar un crédito con el FMI, opción defendida por Diomaye. Este es el telón de fondo del drama shakesperiano que se representa en Senegal y que alcanzará más temprano que tarde a los bolsillos de los ciudadanos. O sea, que vienen curvas.
El surrealismo político detrás de este giro de los acontecimientos es que Sonko se ha convertido, de facto, en el líder de la oposición. Es decir, ha vuelto al lugar que le encumbró, donde se encuentra más cómodo. Será a otros a quienes tocará gestionar el peor momento económico de Senegal en toda su historia: el riesgo de suspensión de pagos de la deuda, el miedo de los inversores, las subidas de impuestos o los impagos a los funcionarios. Traducido en lenguaje político, esos otros sufrirán el desgaste, empezando por el presidente. Mientras tanto, el «panafricanismo soberanista de transformación democrática», tal y como ha fijado Sonko la definición de la ideología del Pastef, se seguirá moviendo en los congresos y en las demostraciones de fuerza, dejando al nuevo Gobierno la ingrata tarea de poner el país a funcionar.
En 2024, Sonko y Diomaye anunciaron la ruptura con el anterior régimen y la construcción de un nuevo Senegal. Y prometieron hacerlo juntos. Sin embargo, la arquitectura institucional del Estado senegalés otorga unas competencias enormes al presidente, a quien el primer ministro obedece y rinde cuentas. Demasiado segundo plano para un Sonko que ha demostrado una inteligencia política solo superada por una ambición que reluce como un foco enorme al final de este túnel. Quiere ser presidente y hará todo para conseguirlo.
En la imagen superior, simpatizantes sostienen un cartel en el que aparecen Bassirou Diomaye Faye y Ousmane Sonko durante el mitin electoral final, en marzo de 2024. Fotografía: Getty.