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Por Analía Iglesias desde Esauira (Marruecos)
Nada es lo que parece en la cola de un aeropuerto. Frente al mostrador de facturación de un vuelo hacia Madrid, en el aeropuerto Blaise-Diagne de Dakar, un joven senegalés espera su turno con un pasaporte azul marino en el que se distingue el mapa de Sudamérica y, resaltada, la superficie de Argentina. «Sí, soy senegalés y tengo pasaporte argentino. Gracias a eso, tras diez años en Buenos Aires, he podido venir a ver a mi familia por primera vez», comenta.
Un Sur otorga papeles al otro Sur o… «el derecho a circular es dignidad», podría decir en este instante el antropólogo italiano Francesco Vacchiano, quien participó en la 12.ª edición del Fórum de Derechos Humanos que se celebra cada año en Esauira, una pequeña ciudad del sur atlántico marroquí, en el marco del Festival Gnaoua de Músicas del Mundo. Vacchiano abordó este asunto en una mesa redonda titulada «Movilidad, ¿una segunda naturaleza humana?».
El tema de aquel encuentro en Marruecos fue el de la movilidad y las dinámicas culturales, en un momento del mundo en el que más de 280 millones de personas residen en un país diferente a aquel en el que han nacido, según un informe de Naciones Unidas de 2020, que destacaba el hecho de que esta cifra se había casi duplicado desde 1990. Un dato que puede aportar matices a una conversación fructífera o contribuir a reforzar el actual enfoque securitario de las migraciones, toda vez que se instrumentaliza la amenaza de una supuesta invasión del Norte rico por parte de las multitudes pobres del otro lado del globo. Sin embargo, «todo el problema de hoy comienza con la introducción y generalización de las visas en los años 70, cuando los inmigrantes se vuelven prescindibles en un mercado de trabajo que antes les había requerido», opina Vacchiano.

En la actualidad, «tenemos prisiones informáticas», apunta, a su vez, la científica social Dana Diminescu. Lo expone: «El sistema informático Schengen es una prisión; la frontera es un teléfono inteligente y el visado constituye, en el presente, una puerta, que parece diseñada por Kafka, pero para cada uno de nosotros, con nuestros datos personales y biométricos».
Para ampliar esta perspectiva que casi siempre se recorta desde el ángulo europeo, cabe señalar que «el 80% de las migraciones internacionales africanas se producen dentro del continente y a causa de problemas geopolíticos intracontinentales», afirma el sociólogo senegalés Elgas –nacido El Hadj Soleymane Gassama–, en una entrevista con este medio, al término de su intervención en el foro de debate.
«Durante los años 60 y 70, había gran conexión entre el norte y el sur de África, con una dinámica intelectual común y publicaciones que nacían en Argel, Rabat o Túnez –las capitales de aquella energía panafricana– y circulaban», estima el especialista en disidencias e identidades en movimiento. «Hoy ya no es así: hay menos traducciones, menos conexiones», admite. E incluso «el panafricanismo, que era una idea hermosa, se ha convertido en una forma de división entre lo que llamaremos pannegrismo y panarabismo», indica. A su vez, el desierto del Sahara, que «durante largo tiempo fue una zona de cruce y encuentro –con una puerta de entrada como Uarzazat, que se abría a Gao y Tombuctú–, en la actualidad es una especie de límite, tanto geográfico como climático, en el cual llegan a morir personas que intentan alcanzar Libia», se lamenta.

De ahí que tampoco esta migración intracontinental pueda verse solo desde «un punto de vista romantizado», sin prestar atención a «la realidad del verdadero drama que supone el fracaso de una visión panafricana, tanto en lo filosófico como en lo político». En su opinión, «una vez alcanzado el primer objetivo de ese movimiento, que era la descolonización, la gente se quedó instalada en la lógica nacional, y algunos padres de las independencias, que fueron héroes, terminaron mal», muriendo a manos de intereses coloniales o convirtiéndose ellos mismos al autoritarismo. Elgas cita como ejemplo a Sékou Touré (en Guinea) y a Robert Mugabe (en Zimbabue). No hay que obviar, enfatiza, «el fracaso de la descolonización y el hecho de que los poderes no fueran democráticos, sino militares, encerrados, sin dar la posibilidad a una vida intelectual».
En la actualidad, «las organizaciones subregionales (como la CEDEAO, en África Occidental) no están en su mejor momento y el neopanafricanismo está impulsado por activistas con una lógica de resentimiento que no es constructiva para generar una nueva energía para el continente, ya que no se ha adaptado a la movilidad y a la reconfiguración de las diásporas, porque los africanos ya no viven solo en África», acentúa. Estos «fracasos repetidos» son los que «hacen que la juventud se sienta completamente desorientada, que no sepa en quién confiar», asegura.
«El panafricanismo también debe pensarse a esa escala y preguntarse cómo se crean espacios económicos o ejércitos comunes, e instrumentos políticos que partan de Estados legítimos y sólidos», propugna el senegalés. Según Elgas, «no está todo perdido, ya que la CEDEAO estableció una zona de libre circulación e intercambio, con documentos que permiten viajar a muchos países africanos». Al fin, concede, «la movilidad favorece la creación porque permite romper tabúes y tomar distancia. Marcharse puede ser doloroso, pero es importante, porque en ese dolor nace la creación».

La reputada poeta y novelista Véronique Tadjo nació en París, pero creció en Abiyán, la capital económica de Costa de Marfil, que, según dice, es su «referencia cultural» y «tiene la particularidad de ser un país enormemente diverso, que ha atraído a migrantes y que ha prosperado gracias a la gente venida de todos los países del norte –Burkina Faso, Malí, Guinea– o de Ghana, incluso de Liberia y Nigeria».
Todo fue armonía mientras duró el bienestar, según relata la autora de En compañía de los hombres, pero luego «se desplomaron los precios de los productos agrícolas de exportación (el café y el cacao), a lo que siguió la muerte del primer presidente de la república, Félix Houphouët-Boigny, en 1993, y aquel período rico y cosmopolita dio paso al concepto de la pureza o ivoirité, que guiaba la pregunta acerca de quién era marfileño o a quién se podía marginar».
Tras un ciclo largo y convulso en su país, otro momento marcado por la violencia política sucedió durante la crisis poselectoral de 2010-2011, que a Tadjo le inspiró la trama de un libro reciente [Je remercie la nuit] que, tal como explica, se centra en la migración femenina, en este caso, de dos jóvenes que cursan estudios en la Universidad Félix Houphouët-Boigny de Abiyán-Cocody. Sus protagonistas, «Flora y Yasmina, se ven envueltas en aquel conflicto de los campus y su destino se ve alterado, porque las universidades cierran y ellas deben huir, una hacia el norte y la otra a Sudáfrica».
«Las mujeres de este continente no son en absoluto pasivas, no se limitan a esperar quietas, mientras los hombres viajan», asevera. En su caso, también residió en varios países africanos como extranjera (Kenia, Nigeria) y se estableció durante más de una década en Johannesburgo: «Pese a que otros Estados africanos ayudaron enormemente a Sudáfrica a liberarse del apartheid, allí también tenemos problemas de convivencia por la xenofobia, que se atiza una y otra vez desde una mala gestión política y para escapar del problema económico» (ver p. 12).
Al fin, «creo que hay que hablar más de la migración Sur-Sur: nos estamos perdiendo algo y tal vez podríamos cambiar nuestra perspectiva», señala la autora de La canción de la vida, Gran Premio Literario del África Negra 2005.

En una de las mesas de debate del Fórum se formuló la pregunta de si la representación cultural puede «dulcificar» las experiencias del migrante y el dramaturgo marroquí Taha Adnan leyó un poema que escribió en la nublada Bruselas. En otra charla, sobre las creaciones del mañana, el historiador Yvan Gastau expuso su visión sobre «la historización de los flujos migratorios y lo que ellos introducen en la cultura».
Gastau alimenta la idea de la «circulación de hombres, mujeres, objetos, ideas, que permitirían proponer otro tipo de relato sobre la migración». Incluso va más allá, para expresar que «los conflictos generan patrimonio», y señala el espacio mediterráneo o el euro-africano, que «están completamente conectados». Porque, en efecto, el tiempo opera sobre esos «elementos de conflicto que se convierten en un patrimonio de hibridación o de criollización». Y pone como ejemplo Santa Sofía, en Estambul, una iglesia bizantina que se convierte en mezquita, y los castillos normandos en Sicilia, entre otros. O la música de la inmigración, que termina siendo adoptada por la población local, como ha sucedido con el raï argelino en Francia, inscrito como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.
Este fenómeno de hibridación bien lo conocen, en la práctica, los chicos de los barrios de las periferias de las grandes ciudades europeas –en especial en Francia–, que han adoptado el trap africanizado y lo sofistican día a día en la mezcla. Por señalar algún caso: Oro negro es un disco del rapero marfileño Kaaris (45 años), que salió al mercado hace ya unos 13 años, cuyas canciones se corean con exageradas poses de estética viril (y guerrera). El propio Kaaris recordaba hace algunos meses, en una charla que mantuvimos en Abiyán, que «el oro negro se refiere al color de la piel y nos da orgullo, pero en algún momento no sabíamos cómo posicionarnos… Cuando éramos niños no había mucha representación de gente con nuestro color de piel en papeles protagónicos».
Y aunque el músico considera que hay gente más marfileña que él, que emigró con apenas tres años, nunca dejará de recordar la grieta de hielo que aquel vuelo hacia París significó: «Sentí ruido y frío. Me acuerdo del sonido ensordecedor del avión y, seguramente, me quedé dormido. Cuando desperté, estaba en Charles de Gaulle y estaba helado». Con 17 años recién cumplidos, su madre, que «ahorró y ahorró», les dijo: «Nos vamos de vacaciones al país». Y, de nuevo, lo que le marcó agradablemente, al llegar a Abiyán, fue la temperatura cálida y recuperar el olor de su primera infancia. «Cada país huele diferente», sonríe.
No hay duda, «la vida (casi siempre) está en otra parte», según un graffiti del mayo francés que cita Dana Diminescu.
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