
Publicado por Gonzalo Vitón en |
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Peón a e4. Peón a d5. Alfil a b5: jaque. Peón a c6. Esta secuencia de apertura podría verse en la prisión central de Lilongüe, en una partida entre niños de la calle, en una escuela rural de Malaui, en el centro de ortopedia de un hospital o en una residencia de ancianos. A todos esos sitios, y a alguno más, ha llegado Susan Namangale con sus tableros y piezas de ajedrez. Todo empezó gracias a su hermana, quien un día llevó a casa un tablero del colegio y le enseñó los trebejos. Una vez que llegó al instituto, Namangale –que el pasado mes de marzo cumplió 50 años– entró en el club de ajedrez y comenzó a jugar. Desde entonces, hizo de él una parte central de su vida.
Las vicisitudes del día a día, la familia y el trabajo la llevaron por otros caminos. Dejó de jugar, pero, a cambio, se comprometió en tareas administrativas, que la llevaron a la presidencia de la Asociación de Ajedrez de Malaui. Ocupó ese cargo hasta 2022, cuando decidió dar un giro de 180 grados a su vida. En 2023 tomó una decisión atrevida: dejó su trabajo como especialista en medioambiente y asuntos sociales y pasó a dedicarse a tiempo completo a lo que le gusta, el ajedrez. «Decidí centrarme y construir algo de la nada, partiendo de cero, porque es algo poco habitual en Malaui, en mi país, en mi situación y en mi comunidad. Nadie deja su trabajo porque quiera dedicarse al voluntariado o al trabajo social, pero yo tuve que hacerlo porque creía que de ello saldría algo». Este nuevo camino le ha llevado hasta intentar presentarse como diputada al Parlamento para promover la introducción del ajedrez en las escuelas. Aunque en las últimas elecciones, celebradas en 2025, no lo consiguió, espera volver a intentarlo en la próxima ocasión, pues fue una experiencia de la que aprendió mucho.

Tardó poco en ponerse manos a la obra y fue en su propia casa. Allí habilitó una sala, donde tiene colocadas varias mesas con tableros de ajedrez, y una pequeña habitación que hace las veces de oficina. Aquí se acumulan premios, diplomas, medallas y trofeos, porque también ha jugado incluso en olimpiadas de ajedrez. Esta es la sede central del proyecto, que nació con el nombre de Dadaz Chess Academy, a la espera de que siga creciendo y pueda tener un lugar más espacioso. Namangale se dedica aquí al ajedrez con total libertad, pone en marcha sus proyectos y coordina a los voluntarios que forman parte de la iniciativa. El nombre deriva del suajili, idioma en el que dada significa ‘hermana’, tal y como le llaman cuando vuelve a su Nkhotakota natal. Junto a las clases de ajedrez, hace poco también incorporó la música, una idea que cuajó tras leer una cita del ajedrecista Siegbert Tarrasch: «El ajedrez, al igual que el amor y la música, tiene el poder de hacer feliz a la gente». Con la ampliación de las actividades también mudó el nombre del proyecto, que ahora se denomina Dadaz Center. En el futuro tiene pensado crear una biblioteca.
Susan vive el ajedrez como algo más que un juego, como una herramienta capaz de cambiar vidas, incluida la suya: «Las experiencias que he vivido a lo largo de toda mi vida se deben al ajedrez. […] Me está llevando a lugares que nunca imaginé. Allí conecto con la gente. […] Y creo que eso cambió mi percepción de la vida. Ha cambiado mis relaciones y me ha dado más valor y confianza». La ajedrecista añade que incluso le ayudó con su educación: «Cuando me apunté al club de ajedrez, empecé a jugar y a resolver problemas. Eso me ayudó, porque cambié mi forma de abordar los problemas matemáticos y saqué muy buenas notas. Así pude ir a la universidad, porque, en aquella época, había que tener muy buenas calificaciones para poder matricularse».

Ser consciente del cambio que produjo en ella misma le hizo creer en «el potencial [del ajedrez] de cambiar a una persona». Por ello inició el programa penitenciario que es, como ella misma dice, su «proyecto estrella». En opinión de Namangale «es más que ajedrez, se trata de una transformación». El proyecto con reclusos comenzó con menos de 20 personas, pero ha ido creciendo y se ha implementado en casi todas las prisiones del país. En la actualidad son cerca de 1 000 los internos que juegan al ajedrez. En un país con problemas de masificación en los centros penitenciarios y con deficiencias en la atención sanitaria a los reclusos, el programa de ajedrez es una luz de esperanza, porque muestra que algo está empezando a cambiar en el sistema. Namangale afirma que el éxito no sería posible sin el apoyo que recibe de los responsables de las instituciones penitenciarias, a la vez que reconoce que «muchos países de África aún no pueden hacer lo que estoy haciendo, pero he recibido mucho apoyo. Malaui aprobó una ley sobre la reinserción de los recursos y mi programa está en consonancia con ella».
El programa va más allá de los muros de la cárcel. Una vez que recuperan la libertad, la impulsora del Dadaz Center les hace seguimiento, los visita en sus comunidades y los integra en el mundo del ajedrez. Muchos de ellos entran a formar parte de su equipo de voluntarios y enseñan los movimientos de las piezas en los escaques, lo que les permite volver a sus pueblos y barrios «no como delincuentes, sino como entrenadores o formadores de ajedrez». Esto, en palabras de la malauí, «ayuda a los reclusos a integrarse en su comunidad. Cuando llegan allí con el ajedrez, todo el mundo los ve con otros ojos».
La energía de Susan no se limita a su academia o al programa de prisiones. También ha puesto en marcha una iniciativa con niños de la calle, consciente de la situación de vulnerabilidad que atraviesa la infancia sin hogar. En colaboración con la asociación Eden Wellness pretende escolarizarlos y sacarlos de la calle, pero también ilusionarlos y dar un sentido a sus vidas, alejándolos de la delincuencia y de otros escenarios propios de la vida en la calle. Namangale considera que «utilizar el ajedrez como herramienta de protección sirve para desarrollar el potencial de los niños». Acompañados por ella, asistimos a un torneo con varios de esos niños y niñas. Concentrados y en silencio, trazaban una detrás de otra sus estrategias en cada partida. Susan Namangale no oculta que uno de sus sueños es ver a algunos de estos chicos convertidos en grandes maestros de ajedrez.
Sin embargo, el Dadaz Center no se limita a estos dos proyectos. Otro tiene que ver con una suerte de democratización del ajedrez en las escuelas rurales. «La gente pensaba que el ajedrez era cosa de ricos, se tenía la percepción de que se jugaba en los colegios privados y estamos intentando cambiar esa perspectiva, llevar el ajedrez a lugares de difícil acceso, incluso en las islas de Likoma y Chizimulu [ambas situadas en el lago Malaui], donde alguno de los niños nunca había oído hablar de él», explica. Para la ajedrecista malauí, lo importante de esta práctica es que actúa como un igualador, pues «cuando juegan, se sienten iguales, hablan el mismo idioma: el idioma del ajedrez». Además de estos proyectos, también introdujo los tableros en el centro de ortopedia del hospital donde ella fue a fisioterapia tras sufrir un accidente, en la residencia de ancianos Mai Mbambande, y en el campo de refugiados de Dzaleka (ver pp. 36-41).

La etapa de su vida que abrió con la Dadaz Chess Academy y ahora con el Dadaz Center la han llevado a establecer contactos por medio mundo. Uno de ellos fue en el congreso Chess for Freedom [Ajedrez para la libertad], celebrado en Chicago (EE. UU.). Tras ver un anuncio, escribió a la organización y la invitaron como ponente para que presentase su proyecto en las prisiones. Allí, en la visita a una cárcel norteamericana, conoció a Russell Makofsky, uno de los fundadores de The Gift of Chess, una ONG norteamericana fundada durante la pandemia para proveer de tableros de ajedrez a personas en contextos de riesgo. La organización tiene como objetivo distribuir un millón en todo el mundo.
Tras su encuentro con Makofsky, Susan se convirtió en una de las responsables globales de la ONG y en poco tiempo repartió más de 1 000 tableros por Malaui. Así, estableciendo redes y contactos por medio mundo, el proyecto de Namangale en Malaui sigue creciendo y acercando el ajedrez a todos los rincones del país.
–¿Cuál es tu pieza de ajedrez favorita y por qué?
–El peón. La razón es que puede promocionarse a cualquier cosa, puede llegar a ser cualquier pieza. Yo misma me he promocionado. Puedes ser un pequeño peón, una pieza pequeña, pero piénsalo: puedes convertirte en reina. Creo que hay muchas lecciones que aprender del peón, de su experiencia. […] El mundo te ofrece opciones y la experiencia del peón me encanta. Cuando enseño a los niños o a los reclusos, les digo: «Fijaos en el peón. Mirad en qué se ha convertido. Podéis ascender desde la cárcel, convertiros en algo muy importante y admirable» –explica Namangale.
Peón a a1: promociona a reina. Jaque mate.
Esta secuencia quizá la esté jugando ahora alguien que pasó por una cárcel en Malaui.
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