
Publicado por Gonzalo Vitón en |
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Según los datos de ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, Malaui acoge a más de 50 000 personas, de las cuales 21 530 tienen la condición de refugiado y 30 900 son solicitantes de asilo. Casi todas ellas viven en Dzaleka, un campo de refugiados situado a 40 kilómetros de Lilongüe. En sus inicios, en la década de los 90, se planificó para acoger a entre 10 000 y 12 000 personas.
–En los últimos años, el número de refugiados en el mundo ha aumentado mucho. ¿Qué le dirías a otros refugiados?
–La palabra ‘refugiado’ la usamos por defecto, pero eso no es lo que son estas personas. Son simplemente seres humanos que, por circunstancias ajenas a su voluntad, se han convertido en refugiados. Nadie elige convertirse en refugiado. Detrás de ese nombre hay soñadores, hay personas con talento, inspiradoras, hay una fuerza de trabajo que el mundo necesita. Conozco a personas que antes eran médicos, abogados o empresarios y que acabaron convirtiéndose en refugiados. Cuando llegan a ese punto es como si todo se borrara y lo único que la gente viera fuera esa etiqueta.
Esta respuesta de una entrevista que realizamos a Trésor Nzengu, fundador de Tumaini Letu y que llegó a Malaui hace casi 20 años procedente de la RDC, refleja la realidad de las decenas de miles de personas que viven en situación de refugio en Malaui. Ser una persona refugiada aquí no es fácil, pues legalmente tienen muy limitado o carecen de derecho a la naturalización, a la salud, a la educación, a la libertad de movimiento y a ejercer una actividad económica fuera del campo. Sin embargo, la combinación de iniciativas propias y externas busca, al menos, amortiguar esta realidad.

El Gobierno de Malaui es cada vez más responsable de la educación primaria y secundaria en Dzaleka. Junto a algunos colegios de iniciativa privada, hay centros públicos, como la escuela primaria Umodzi Katubza, en la que, como afirma su director, Innocent Chisi, el 90 % de su gestión está a cargo del Ejecutivo. Además, hay varios socios que apoyan el sistema educativo del campo con diferentes iniciativas. Entre ellos se encuentra el programa de innovación educativa con tecnología puesto en marcha en 2019 por ProFuturo, de la Fundación Telefónica, junto a Entreculturas y el Servicio Jesuita a Refugiados.
Mwaiwathu Piri, formador del proyecto desde sus inicios, asegura que en los últimos siete años han observado un gran impacto no solo en las competencias digitales de los alumnos, sino también de los profesores. El programa, que este año llegará a dar cobertura a más de 3 500 niños, no está exento de desafíos. El más importante, como señala Piri, es «la relación entre los recursos disponibles y el número de alumnos», pues, en algunas aulas llegan a estar presentes entre 80 y 90 estudiantes. Para el formador, la importancia de este programa radica en que el aprendizaje de habilidades digitales iguala las condiciones con las de otros estudiantes de fuera del campo de refugiados. De este modo, explica, «podrán trabajar y estudiar en cualquier lugar». Algunas de las profesoras son antiguas alumnas de la escuela, como Crodet, quien se siente orgullosa de ayudar a sus compañeros refugiados a adquirir y mejorar sus habilidades digitales. Gabriel, profesor de Matemáticas, afirma que el sistema de ProFuturo «es muy útil para enseñar». Obedi, congoleño, llegó a Malaui en 2009 y ahora es docente del programa. Para él, las clases en las que se utilizan las tabletas son importantes porque, además de enseñar los contenidos, considera que los alumnos «necesitan esta tecnología para adaptarse a la vida diaria».
El director de la escuela afirma que el programa de innovación educativa funciona como una motivación para que los alumnos continúen yendo a las clases. Además, sostiene que los contenidos presentes en los dispositivos electrónicos «ayudan a forjar el pensamiento crítico, la resolución de problemas y el resto de habilidades para la vida que una persona puede necesitar, porque en las tabletas encuentran tareas y desafíos que tienen que resolver».
Sin embargo, los retos en la escuela van más allá de la implementación y el desarrollo del programa digital. En un contexto en el que conviven alumnos de muchos países, con diferentes lenguas y credos, es normal que existan conflictos. Por ello, en el colegio cuentan con diferentes grupos que se reúnen periódicamente para resolver los problemas. Entre ellos destacan tres: los comités de la asociación de padres y profesores y el de gestión escolar, así como los grupos de madres. Según Innocent Chisi, este sistema permite resolver «los problemas de forma amistosa, no nos enzarzamos en peleas ni discusiones. Normalmente nos sentamos como una sola familia y hablamos las cosas».

La alimentación, la atención sanitaria o la educación son algunas de las prioridades de las agencias internacionales a la hora de atender a poblaciones desplazadas. Sin embargo, como destaca Trésor Nzengu, estas a veces se olvidan de que «el arte y la cultura también son una necesidad vital para los seres humanos». Por ello hace más de diez años fundó Tumaini Letu [‘Nuestra esperanza’, en suajili], una iniciativa liderada por personas que están en situación de refugio y que busca promover la inclusión social, cultural y económica de los refugiados. Nzengu alerta de que «[los refugiados] estamos aislados y, la mayoría de las veces, dejamos que otras organizaciones defiendan nuestros intereses, pero los propios refugiados no participamos en ese proceso de defensa».
La organización cuenta con una amplia serie de programas que se desarrollan a lo largo del año, como el de salud mental y bienestar, el de emprendimiento e innovación para jóvenes y mujeres, el de desarrollo de habilidades creativas (fotografía, realización cinematográfica, interpretación, escritura creativa, danza, etc.), el de turismo comunitario o el de cuentacuentos para niños, que busca ayudar a los más pequeños a conectar con sus diferentes culturas de origen, para que no las olviden a pesar de tener que vivir fuera de sus comunidades.
Sin embargo, el «buque insignia» de la organización, como le llama Trésor Nzengu, es el festival que organizan desde hace 12 años. Cualquier persona podría pensar que el primer y único festival del mundo que se celebra en un campo de refugiados, y organizado por las propias personas que viven en él, es un evento menor. Nada más lejos de la realidad. En 2014 organizaron el primer encuentro y salvo en 2020, por motivo de la pandemia, se ha repetido todos los años. En la actualidad, Tumaini Letu reúne a entre 30 000 y 50 000 personas en cada edición. Según estimaciones de la organización, el festival ayuda a generar 250 000 dólares a la comunidad de Dzaleka gracias a los negocios –restauración o venta de artesanía, entre otros–, la prestación de servicios y la acogida de los asistentes en hogares del campamento. Ante la ausencia de hoteles en Dzaleka, han puesto en marcha un programa de alojamiento en familias que, según Trésor Nzengu, promueve «la cohesión social entre los refugiados y las comunidades de acogida para fomentar la armonía y el entendimiento intercultural».

En sus cinco escenarios, Tumaini Letu ofrece una amplia oferta de actividades. El principal, dedicado a la música, acoge a grupos con estilos variados, desde el jazz hasta diferentes tipos de música africana. Otro escenario está reservado para danzas tradicionales, tanto de Malaui como de otros países africanos [en la imagen del centro, un grupo de tambores y danzantes de Burundi]. Cuentan también con un escenario juvenil, donde tienen lugar actuaciones de hip-hop, break dance y otros estilos que interesan a los jóvenes. Existe además un rincón para la poesía y el teatro, además de un espacio reservado para la proyección de películas, tanto de aquellas producidas dentro del campo como otras que vienen de fuera. El festival promueve también un mercado gastronómico en el que se da cabida a más de 50 puestos, un verdadero viaje por todos los sabores del continente.
Tumaini Letu, que se ha convertido en uno de los eventos culturales más importantes de Malaui, cuenta con colaboraciones de artistas del país e incluso de algunos procedentes del extranjero. Debido a la magnitud que ha alcanzado, los retos son muy grandes. El equipo directivo cuenta con diez personas, aunque en total son un grupo de 30 las que trabajan a lo largo del año para hacer realidad el evento. Durante los tres días del festival, el número se eleva hasta las 150. Todo un hándicap logístico. A ello, se suma el desafío financiero, porque para promover la participación de todas las personas, el Tumaini no cobra entrada, así que no recauda mucho dinero. Ni el Gobierno de Malaui ni organizaciones como ACNUR cuentan con un presupuesto específico para artes y cultura en Dzaleka, lo que dificulta el acceso a los recursos. Además, en un país como Malaui es bastante difícil firmar acuerdos de patrocinio con empresas privadas, tal y como reconoce Nzengu. Por ello, la mayor parte del tiempo se dedican a recaudar fondos, en especial a través de micromecenazgo, donaciones particulares y proyectos de fundaciones internacionales. No obstante, el sueño es conseguir que el festival sea económicamente sostenible en el futuro. Para reducir los gastos de sonido, iluminación y escenario, que consumen el 80 % del presupuesto anual, están intentando contactar con teatros y recintos de conciertos de todo el mundo para recibir equipos de segunda mano, lo que les permitiría seguir ofreciendo el acceso libre al festival.

La organización de esta cita anual en el campo de refugiados ha tenido un fuerte coste personal para Trésor Nzengu, que ha pasado por una cirugía cardiovascular debido a una patología derivada del estrés, las noches sin dormir y los diferentes retos y problemas que tiene que sobrepasar para llevar adelante el festival. Es parte también del precio que han debido pagar para que una cita como Tumaini Letu impacte al nivel que lo hace en la actualidad. Como afirma Nzengu, «el festival ayuda a los refugiados a sentirse vistos, escuchados y parte del mundo, y eso cura a las personas de una forma que los medicamentos no pueden». Ese, dice, sería su mensaje: «Nosotros, como refugiados, no solo necesitamos comida, también necesitamos alegría para recuperarnos, porque sin ella incluso la comida no sabe a nada».


Soy poeta oral. Debido a algunos problemas de salud, desde 2019 no he pisado un escenario, pero espero volver pronto porque allí es donde me siento vivo.
Odio la desigualdad y la injusticia. Seguimos teniendo colonialismo y esclavitud, aunque en formas que parecen más aceptables. Hay muchas cosas de las que tenemos que hablar, que debemos cuestionarnos y condenar. Esa es la razón por la que me dedico a las artes. Mi poesía trata sobre esos temas.
Todavía no. He grabado un álbum, Menace la plume, pero no he publicado ningún libro, aunque tengo pensado hacerlo en un futuro próximo.
Mi sueño personal es poder ganarme la vida sin demasiado estrés. Creo que el sueño de todo el mundo es poder llevar una vida tranquila. Sueño y rezo por ello: he dedicado tanto a servir a los demás, que debería tener unos años en los que se me recompense por toda la energía empleada, el trabajo y los problemas de salud que me ha causado el estrés. Otro sueño es replicar el modelo del Tumaini Letu en otros países. Ya tengo un plan: empezar en los próximos cinco años por tres países en África. Estoy pensando en Kenia, Sudáfrica y Uganda. Luego, en los próximos diez, podríamos expandirnos a otros lugares. ¿Por qué no, tal vez, a un campo de refugiados en Europa o en América?
Hemos estado esperando, porque el hogar siempre es lo mejor. De momento no he vuelto. Cada vez que he pensado en el regreso ha pasado algo. No quieres pasar de la seguridad a la inseguridad otra vez para tener que huir de nuevo. Si Dios me creó congoleño es porque vio que hay algo con lo que puedo contribuir en mi país. Tengo planes, algún día volveré. Sé en lo más profundo de mi corazón que algún día habrá paz allí y entonces volveré y contribuiré al desarrollo de mi país. En todo este tiempo he adquirido una gran experiencia y me gustaría volver para poder aplicar mis conocimientos en mi tierra.
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