El final sigue lejos

en |




El virus del Ébola continúa expandiéndose por la RDC, mientras crecen los esfuerzos de sensibilización.



Han pasado cerca de 20 semanas desde que la República Democrática del Congo (RDC) declarara, por decimoséptima vez en su historia, la aparición del Ébola en su territorio [ver MN 725, pp. 6-7]. Fue el pasado 15 de mayo. En este caso se trata de una cepa de origen ugandés conocida como Bundibugyo. Desde entonces, la epidemia ha causado más de 3 310 muertos y supera los 7 000 casos registrados, lo que la califica como la más mortífera de las registradas en el país. Entre las cifras que permiten abrir un espacio a la esperanza están las de quienes han logrado recuperarse: más de 1 611 pacientes, según el Instituto Nacional de Salud Pública (INSP). En Ituri, provincia considerada el epicentro de la epidemia, las autoridades sanitarias comienzan a percibir señales alentadoras en la evolución del brote. El pasado 15 de septiembre, en una rueda de prensa en Bunia, Jean-Jacques Muyembe, director general del Institut National de Recherche Biomédicale (INRB), afirmó que «la epidemia está retrocediendo aquí, en Ituri», según recoge la página web de Radio Okapi. A pesar de ello, Muyembe añadió que la «vigilancia debe mantenerse», en especial en la vecina provincia de Kivu Norte, donde la circulación del virus continúa activa. En Uganda, donde se confirmaron 20 casos, el Gobierno dio por finalizada la epidemia el 28 de julio, según  Médicos Sin Fronteras (MSF).

Sin embargo, la muerte de un hombre de 23 años en un centro de salud de Gwaka, al oeste de la RDC, abre un nuevo frente. La zona, fronteriza con la República Centroafricana (RCA) y la República del Congo, se convierte así en la séptima provincia congoleña afectada por la epidemia. El recorrido del hombre fallecido permite comprender la dimensión del desafío que supone el rastreo de los contactos. Según la información a la que ha tenido acceso MUNDO NEGRO, el individuo salió de Kamanyola, en Kivu Sur, y cruzó la frontera hacia Uganda pasando por Ruanda. Desde allí llegó a Bunia, foco inicial de la epidemia, en el este de la RDC. Pero el viaje no terminó allí. Continuó hasta Kisangani, donde permaneció varios días. Después, desde la provincia de Tshopo, viajó en barco hasta Lisala, en Mongala, antes de alcanzar Gwaka, donde falleció. El periplo de este hombre, de más de 2 000 kilómetros, explicita la capacidad de contagio del virus por regiones marcadas por los conflictos armados, los desplazamientos de población y una movilidad constante a través de carreteras, ríos y rutas mineras.

Un niño en el mercado de Alanine, en Goma, lee un folleto divulgativo sobre medidas de prevención contra el Ébola. Fotografía: Daniel Buuma/Getty. En la imagen superior, dos psicólogos hablan con Nyota Safi en el Centro de Tratamiento del Ébola de Rwampara (Ituri) el pasado 13 de julio. Nyota es una de los 1 611 pacientes que han superado la enfermedad. Fotografía: Benediction Murhabazi/Getty




Sensibilización

La lucha contra los rumores y las teorías de la conspiración que circulan tanto por Internet como en las comunidades afectadas es un proceso largo. Al comienzo del brote, parte de la población consideraba al Ébola como una enfermedad «misteriosa» y sospechaba incluso que las oenegés internacionales eran las principales beneficiarias de la crisis. La desconfianza alimentó la tensión entre la población y los equipos desplegados para la respuesta, algunas de cuyas instalaciones e infraestructuras han sufrido varios ataques. 

Cuando las familias que han vivido el Ébola no perciben una respuesta eficaz, buscar ayuda deja de ser la prioridad inmediata. En varias de las zonas más afectadas, como ­Rwampara, Mongbwalu, Nizi o Beni y sus alrededores, el miedo llevó a muchas personas a retrasar su llegada a los centros médicos. Este rechazo ha afectado a la confianza en unas instituciones que muchas comunidades perciben como distantes y cuya presencia solo constatan cuando surge una epidemia o cualquier emergencia sanitaria. 

Sin embargo, la evolución de la enfermedad también ha hecho crecer la conciencia sobre el riesgo que representa el virus. En el terreno trabajan los conocidos como Nyumba Kumi, equipos de respuesta que desarrollan tareas de sensibilización junto a líderes comunitarios. Su cercanía a la población y su capacidad para acceder a zonas afectadas por los conflictos los convierten en un puente para reconstruir la confianza.

El testimonio de Augustin Kpagbo Ngodonza, profesor de Matemáticas y educador en salud comunitaria, recuerda que la epidemia no se reduce a cifras. Detrás de cada estadística hay personas que luchan, familias que lloran o mantienen la esperanza y equipos que permanecen sobre el terreno. Ngodonza actúa como enlace entre los pacientes y el personal sanitario en Mongbwalu. Su labor pasa por sensibilizar a las comunidades, acompañar a las familias y comunicarles la muerte de algún ser querido. En un vídeo publicado por MSF, Ngodonza explica que algunos pacientes llegan «en estado de coma y deshidratados». Cuando fallecen, añade, «no se trata solo de comunicar una muerte, sino de hacerlo de una manera digna, mediante una primera atención psicológica y un proceso que permita a los familiares ir asumiendo la noticia».

La sensibilización ha alcanzado también a las escuelas. En Beni, Justin Kasereka, director del Groupe Scolaire Savane, explicaba en France24 que los colegios habían incorporado en el inicio del curso enfermeros y pediatras, con los que no contaban antes. A estas medidas se sumaron otras iniciativas preventivas, como insistir en el lavado frecuente de manos y el mantenimiento de la distancia de seguridad. La iniciativa fue impulsada por los ministerios de Educación y Salud en colaboración con sus socios internacionales.



Respuesta regional

La preocupación por el brote ha dejado de ser únicamente congoleña. Los constantes movimientos de personas refugiadas y desplazadas a causa de los conflictos en el este del país también elevan la inquietud entre los vecinos. Ante esta situación, la OMS convocó el pasado mes de agosto una consulta transfronteriza en Bangui (RCA). En la reunión participaron, además del país anfitrión, la RDC, la República del Congo, Sudán del Sur y Uganda. El encuentro puso de manifiesto la necesidad de una acción conjunta para reforzar la vigilancia comunitaria y garantizar un intercambio rápido de información sanitaria. Al finalizar la reunión, Mohamed Janabi, director regional de la OMS África, recordó que «los virus no conocen fronteras».

Hasta la fecha, no existe una vacuna para frenar la cepa Bundibugyo. Mientras el brote continúa, las autoridades congoleñas solicitaron, según la OMS y los Africa Centres for Disease Control and Prevention, la liberación de 70 000 vacunas Ervebo de la reserva mundial para su uso en el país. La OMS recomendó que las primeras 20 000 dosis, que se recibieron en agosto, se utilicen para «un ensayo clínico» que permita evaluar si puede ofrecer algún grado de inmunidad cruzada. Los 50 000  viales restantes se están destinando a trabajadores sanitarios. El Ministerio de Salud puso en marcha esta campaña de vacunación el pasado 27 de agosto, focalizada en los sanitarios y en trabajadores de primera línea en las provincias de Tshopo, Bas-Uélé y Haut-Uélé.

La evolución de la epidemia no solapa otro desafío que está afrontando el país: la inclusividad en el «diálogo nacional para la paz, la cohesión y la refundación del Estado» sin los beligerantes, tal y como anunció el presidente del país, Félix Tshisekedi. Aunque cada nuevo desplazamiento de la población vuelve a recordar que, ante el Ébola, ningún mapa termina de ser definitivo.

Colabora con Mundo Negro

Estamos comprometidos con la información sobre África

Si te gusta lo que hacemos, suscríbete a nuestra revista o colabora con nuestro proyecto