«La fe de los más pequeños está siendo nuestra salvación»

en |




Mons. Juan José Aguirre, obispo emérito de Bangassou (RCA).



Misionero de un primer y único amor, la República Centroafricana (RCA), el obispo emérito de Bangassou, Mons. Juan José Aguirre, no puede evitar reír y llorar por la que ha sido su diócesis 28 años. Habla de personas y recuerda acontecimientos como si los hubiera tenido enfrente esta misma mañana. Al final de la conversación le proponemos que elija un titular para la entrevista que, avanzamos, no es el mismo que encabeza estas páginas.  


El fundador del diario La República,Eugenio Scalfari, decía que un periodista es «gente que le cuenta a la gente lo que le pasa a la gente». ¿Qué es un misionero? 

Es una persona que se va ad gentes y ad vitam, dos latinajos que tenemos muy claros. El misionero se va para toda la vida y fuera de nuestro mundo, donde está nuestra familia, nuestra lengua… Vamos a evangelizar a un sitio donde somos extranjeros. En el caso de los combonianos, principalmente a África. 



Convierta esa reflexión en una imagen. 

Somos como una moneda de dos caras. En la primera aparece la palabra ‘evangelizar’, el trabajo apostólico que permite recibir el Evangelio y hacer que la gente pueda vivir con dignidad. En la otra vemos la promoción humana, los numerosos proyectos que desarrollamos. Por poner un ejemplo [en Bangassou], el dirigido a los huérfanos, que comenzó hace 26 años. En este tiempo los hemos podido acoger, acompañar, ver crecer… Y en 2026 salen de la universidad. Son enfermeros, matronas, profesores y están preparados para la vida. No tendrán que venir a Europa. Estas realidades forman parte de la misma moneda. ¿Qué une ambas caras? El amor y la ilusión de los misioneros.



¿Cómo se concreta la evangelización con ese planteamiento?

Jesús hoy es dignidad, es derechos humanos, es Evangelio, es esperanza, es educación, es respeto, es… Jesús es amor y modelo. Este trabajo de imitar al Maestro es esencial. Jesús no solo rezó, aunque rezó muchísimo, sino que curó, acompañó, iluminó, dio la mano y levantó a infinidad de personas. 



Seguir esa senda es difícil.

Ya nos lo dice en el Evangelio: «Si quieres seguirme, carga con tu cruz y sígueme». Esto también hace que debamos afrontar preguntas difíciles de contestar. ¿Por qué sufre tanta gente? ¿Por qué existe el sufrimiento injusto y gratuito? Muchas personas se preguntan por qué Dios permite eso. El sufrimiento en el mundo es como un archivo encriptado que no podemos abrir, leer y entender. Pero la contraseña para entender el sufrimiento y el dolor que hay en el mundo actual es Jesús en el calvario. Cuando lees el pasaje de la Pasión, te das cuenta de que aquella fue una muerte injusta, gratuita, brutal y caprichosa protagonizada por unos pocos. Si comprendemos bien lo que le pasó a Jesús, podemos también entender el sufrimiento que hay en el mundo.

Un hombre con su bicicleta transita por una pista de tierra en Bangassou. Fotografía: Alexis Huguet / Getty. En la imagen superior, Mons. Juan José Aguirre el día de la entrevista. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo




Con ese programa delante, ¿por dónde se empieza?

Yo llegué [a la RCA] con 28 años. Me mandaron a una misión que estaba a siete días en coche de un teléfono, de un médico… Fue precioso. Viví siete años en medio de millones de metros cúbicos de vegetación. Lo primero que hice fue ver, oír y callar. Durante meses, a la vez que aprendía la lengua, observaba cómo vivía el pueblo zande con el que tenía que trabajar. Me di cuenta de que había muchas cosas que para ellos eran prioritarias, pero no para nuestra sociedad. 



¿Como cuáles?

La familia, no se ahogan en un vaso de agua, no dramatizan en exceso, no echan más leña al fuego… El pueblo zande, en caso de conflictos enquistados, zanja la cuestión a los diez años. Ellos parten de una esperanza de vida de unos 50 años [56 los hombres y 60 las mujeres, según el Estado de la Población Mundial 2025], por lo que no se complican la existencia más de lo que ya está. Llegué allí después de estudiar en Roma y París. Llevaba una mochila llena de cosas, pero lo que sucedió fue que empecé a aprender más de lo que enseñaba. Me acuerdo del P. Osmundo Bilbao, misionero comboniano al que mataron en 1982 en Uganda, que decía que vamos a África con dos mochilas, una llena para dar y otra vacía para recibir. Él insistía en que se llena antes la vacía que se vacía la llena. 



¿Para qué le sirvieron aquellos conocimientos académicos?

Para mucho. Estudié Antropología Religiosa en París. Mi tesina fue sobre el pueblo zande. Recogí sus genealogías y recuperé su historia. Cuando llegué a la RCA y me sentaba con los ancianos, les contaba sus genealogías, que me sabía de memoria. Eso me unió a aquella cultura y me ayudó a entrar en ella. Además, aprendí sango y zande. Estuve siete años con ellos. Cuando me ordenaron obispo volví allí. Cuando fallezca y llegue al Señor, abriré mi corazón, que estará lleno de nombres, los de todas las personas que me han amado y a las que yo he amado. 



¿Cuál es su lema episcopal? 

«No tengáis miedo, porque yo he vencido al mundo». La alusión a la ausencia de miedo aparece más de 350 veces en la Biblia.

Mujeres y niños musulmanes desplazados por la violencia y acogidos en el Seminario San Luis de Bangassou se aprovisionan de agua. Fotografía: Florent Vergnes / Getty




¿Uno elige su lema en función del sitio al que va a trabajar o es algo previo?

Creo que es un latido que surge. En mi caso, en este «No tengáis miedo» es muy importante sentir que el Señor te protege. 



¿El obispo Aguirre es una persona miedosa?

No, no soy miedoso. Por la gracia de Dios lo llevo en mi ADN, porque sin ella sería barro. Cuando he tenido que hacer gestos que conllevan un cierto riesgo, me confío a la Providencia, intento conservar el sentido común y la sangre fría. Eso es un don que Dios da a quien quiere. 



Antes agradecimiento y acogida. Ahora riesgos y miedo. ¿Cómo le modela todo esto?

En una ocasión teníamos acogidos en el seminario a unos 2 000 musulmanes, a la vez que algunos grupos atacaban la catedral. En aquel contexto, organizamos la ordenación de un sacerdote que no habíamos podido celebrar porque la situación política lo había impedido. Pero dijimos: «Estamos rodeados de hostilidad, pero con la gracia de Dios lo podremos hacer». Lo que vivimos fue un gozo profundo. Aquello fue una combinación de lo que he experimentado durante mucho tiempo. También pasó cuando reconstruimos el seminario menor después de cuatro años de preocupaciones. De él han salido muchas vocaciones. Además, hay ministros y diputados que han estudiado en el seminario. Reconstruirlo fue una gran alegría que tuvimos que mezclar con algunas tristezas.



¿Cómo son los sacerdotes de Bangassou?

No puedo responderte, sino darte mi opinión. Hay quienes me dicen que los curas de ­Bangassou son diferentes. De hecho, hay muchos espacios de responsabilidad en la Iglesia centroafricana que están ocupados por ellos. Junto a eso, hay presbíteros con problemas con la gestión económica a los que hemos tenido que ayudar. Tienen celo pastoral: los hay que recorren hasta 600 kilómetros por pistas de barro para llegar a las capillas. A la vez, durante mi episcopado he insistido en fomentar una espiritualidad más contemplativa, pero me he comido una rosca. Salvo dos o tres, no he conseguido que se enamoren de esta contemplación que nos enseñan los místicos de Ávila, esta espiritualidad donde no tienes nada que decir y te quedas en la soledad de la fe. Y, sin embargo… nada. Siempre hay otras prioridades antes que la oración. Ahí creo que no he sabido hacerlo. 

Monseñor Juan José Aguirre con numerosos fieles en la explanada de la catedral de Bangassou. Fotografía: Archivo personal de Mons. Aguirre




¿Podríamos hablar de fracaso?

Sí, sí, me hubiera gustado que fuera mejor, aunque el concepto de fracaso y de éxito es muy relativo y está muy condicionado al tiempo y al ambiente en los que vives. En el ámbito religioso hay muchísimos fracasos que Dios convierte en éxitos. El Señor es quien lleva las riendas de la historia y hay que tener cierta dosis de humildad para saber decir: «Señor, guíame por donde quieras. Tú eres mi bien, mi vocación es tuya».



Al finalizar su episcopado, ¿qué cree que se ha quedado sin hacer? 

Hemos podido llevar a cabo infinidad de proyectos, pero hay situaciones en las que nos hemos quedado cortos, donde no hemos llegado y hubiéramos podido hacer mucho más. Por ejemplo, no hemos sabido llevar adelante iniciativas para desarrollar el este de la RCA. Estamos lejos, no hay ni un solo kilómetro de carreteras y es una región poco poblada a la que el Gobierno da poca importancia porque le ofrece pocos votos. Hemos perdido una ocasión bellísima de desarrollar la región. San Pablo VI dijo que el desarrollo es el nuevo nombre de la paz, y ni el Gobierno ni la diócesis hemos sabido llevarlo allí. 



¿Con qué consecuencias?

Por ejemplo, ha surgido el grupo Ani Kpi Gbie, que en zande significa, más o menos, ‘Hemos muerto demasiados’. Hemos muerto demasiados por falta de desarrollo. La última vez que hablé con el presidente Touadéra le dije que el este del país se rebela porque no ha habido desarrollo. En el campo del desarrollo no hemos sabido hacerlo y eso ha sido un fracaso en mi episcopado. 



¿Cómo ve un misionero ad gentesy ad vitam la realidad de una Europa «tierra de Misión» e, incluso, de primera evangelización? 

Hace cinco años, los Misioneros Espiritanos enviaron a 20 sacerdotes nigerianos al sur de Países Bajos para asumir parroquias que los neerlandeses no podían mantener. En la primera misión a la que llegué en República Centroafricana, Obo, cerca de la frontera con Sudán del Sur, ya se han ordenado seis sacerdotes, de los cuales tres son misioneros que van a salir de la RCA para ir a Perú, Taiwán y Malaui. Van a ser misioneros como los hemos entendido siempre. No españoles ni italianos ni portugueses ni franceses, sino africanos que van a evangelizar ad gentes a otras partes del mundo. Esa idea de que hay cada vez menos misioneros no cuela. La fe de los más pequeños está siendo nuestra salvación. En su obra «¿Quién es este hombre?». Jesús antes del cristianismo, Albert Nolan señala que Jesús tuvo muchas razones en su vida, sobre todo en los últimos años, para desanimarse, para bajar los brazos y tirar la toalla. Sin embargo, encontró siempre una fuente de esperanza al constatar la fe de los más pobres, la fe del centurión o de la samaritana. Jesús encontró una razón para alimentar esa esperanza viendo la fe de los más pequeños. Eso es lo que está pasando ahora. Los más pequeños, aquellos a los que fuimos a evangelizar, nos están evangelizando, y eso es muy bonito. La fe de los pequeños se ha hecho una fe importante. 

Imagen de la derecha, un cayuco con 73 personas es atendido por Salvamento Marítimo en la isla de El Hierro el 24 de octubre de 2025. Fotografía: Antonio Sempere / Getty




¿Cuál es el plan pastoral de un obispo emérito?

La Conferencia Episcopal Centroafricana me ha pedido dirigir unos años las Obras Misionales Pontificias. Además, seguiré con la Fundación Bangassou. He hablado con el general de los Misioneros Combonianos para incorporarme a la comunidad de Bangui. Estoy escribiendo la segunda parte de mis memorias y hay una faceta importantísima, la espiritual. Conforme nos vamos haciendo viejos y nos acercamos más a la fuente, vamos a lo esencial y nos vamos quitando el cartón piedra que nos acompaña muchas veces.



Tengo la impresión de que los misioneros, en general, tienen poco cartón piedra. 

No creas, no creas. También tenemos nuestra capa de vanidad.



¿Son vanidosos los misioneros? 

Claro que sí, cada uno a su manera. Los ADN son diferentes, sí, pero también nos gusta gustar y eso es vanidad. El Señor es tan grande y nos quiere tanto que nos sentimos profundamente amados por Él, que nos da lucidez. La oración también nos da lucidez. Lucidez significa discernimiento, y discernimiento quiere decir elegir bien, no equivocarte al elegir. Hacemos muchas entrevistas, damos conferencias, nos invitan a predicaciones, a dirigir ejercicios y tenemos que elegir bien los argumentos y lo que debemos decir, en ocasiones sobre temas delicados como la inmigración. 



Uno de los grandes temas de nuestro tiempo…

Si no tuviera que volver a África, me hubiera gustado ir a la isla de El Hierro y estar allí unos meses para ver qué es lo que está pasando. Los subsaharianos que llegan a la isla para intentar entrar a Europa son los primeros de su clase. Las familias se endeudan para sortear hasta 12 barreras, como decía el arzobispo de Tánger: el carburante, el motor de la patera, el negociador… 12 barreras solo para llegar a la playa, que es el primer capítulo. Luego viene el segundo, cuando comienza la travesía, de la que el papa Francisco habló tantas veces. El tercer episodio tiene que ver con la llegada a El Hierro, donde son acogidos y donde se les aplican nuestras leyes. En el Evangelio esto está claro: «Era extranjero y me acogisteis». El otro día hablaba con un panadero de ­Salamanca que ha salvado la panadería familiar gracias a dos subsaharianos que se levantan a las tres de la madrugada a amasar el pan. En el País Vasco, la flota pesquera es en buena parte senegalesa. Italia está mucho más avanzada que nosotros en la acogida. He conocido pueblos cerca de Roma que se iban quedando vacíos y que han optado por acoger a familias. La mayoría de subsaharianos jóvenes. Donde no había mercado, colegio o autobús, ahora lo hay.  



El rechazo al extranjero que campa por Europa, ¿es uno de nuestros pecados capitales?

Creo que sí. Hay una mentalidad xenófoba que es antievangélica. Jesús tenía una capacidad enorme para mirar a los ojos y no fijarse ni en los vestidos ni en la mentalidad. Uno de mis hermanos es médico. Cuando tenía compañeros en formación, les mandaba a visitar enfermos. Cuando volvían, comenzaban a compartir el diagnóstico. Entonces, mi hermano les decía: «Antes de la patología, dime de qué color tiene los ojos». Esto es lo que está ocurriendo en Ceuta, donde ves infinidad de situaciones. Te encuentras a un joven negro que es de Sudán, de donde escapó hace tres años por la guerra. Era fotógrafo. Se metió en un camión, atravesó el desierto por Chad. No pudo llegar a Egipto e intentó alcanzar Libia. Lo paró el ISIS para que trabajara como esclavo en unas minas de oro. Se escapó, vendió sus cámaras para poder montarse en un camión, llegó a Libia, lo metieron durante meses en la cárcel. Cuando pudo salir, se fue a Marruecos. Llegó a Rabat y luego a El Tarajal. Después de cinco meses esperando, entró en Ceuta en julio. Es uno de los que están en la playa del Trampolín. Ahora con Internet y las redes es fácil inocular el miedo, y el miedo es un arma de destrucción masiva. No tengáis miedo. 



Hay que poner el punto final. ¿Cómo le gustaría que tituláramos?

Prohibido desanimarse.



Lo tendremos en cuenta, pero no prometemos nada.   



Colabora con Mundo Negro

Estamos comprometidos con la información sobre África

Si te gusta lo que hacemos, suscríbete a nuestra revista o colabora con nuestro proyecto