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Reflexionando sobre nuestro ser uno en Cristo y estar unidos en la Misión, dejémonos guiar e inspirar por la gracia divina, para «renovar en nosotros el fuego de la vocación misionera» y avanzar juntos en el compromiso de la evangelización, en «una época misionera nueva» en la historia de la Iglesia.
En el centro de la Misión está el misterio de la unión con Cristo. Antes de su Pasión, Jesús oró al Padre: «Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste». En estas palabras se revela el deseo más profundo de Jesús y, al mismo tiempo, la identidad de la Iglesia, comunidad de sus discípulos: ser una comunión que nace de la Trinidad y que vive de y en la Trinidad, al servicio de la fraternidad entre todos los seres humanos y de la armonía con todas las criaturas.
Ser cristianos no es ante todo un conjunto de prácticas o ideas; es una vida en unión con Cristo, en la que participamos de la relación filial que Él vive con el Padre en el Espíritu Santo. Significa permanecer en Cristo como los sarmientos en la vid, inmersos en la vida trinitaria. De esta unión brota la comunión recíproca entre los creyentes y nace toda fecundidad misionera. Sí, «la comunión representa a la vez la fuente y el fruto de la Misión», como enseñó san Juan Pablo II.
Por eso, la primera responsabilidad misionera de la Iglesia es renovar y mantener viva la unidad espiritual y fraterna entre sus miembros. En muchas situaciones asistimos a conflictos, polarizaciones, incomprensiones, desconfianza mutua. Cuando esto ocurre también en nuestras comunidades, se debilita su testimonio. La misión evangelizadora, que Cristo confió a sus discípulos, requiere ante todo corazones reconciliados y deseosos de comunión. En esta perspectiva, será importante intensificar el compromiso ecuménico con todas las Iglesias cristianas, aprovechando también las oportunidades que brinda la celebración conjunta del 1 700.° aniversario del Concilio de Nicea.
Por último, ser «uno en Cristo» nos llama a mantener siempre la mirada fija en el Señor, para que Él sea verdaderamente el centro de nuestra vida personal y comunitaria, de cada palabra, acción y relación interpersonal, de modo que podamos decir con asombro: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí». Esto será posible en la escucha constante de su Palabra y en la gracia de los sacramentos, para ser piedras vivas de la Iglesia, llamada hoy a recoger las instancias fundamentales del Concilio Vaticano II y del posterior magisterio pontificio, en particular del papa Francisco. De hecho, como afirma san Pablo, «no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor». Reitero, por tanto, las palabras de san Pablo VI: «No hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el Reino, el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios». Este proceso de auténtica evangelización comienza en el corazón de cada cristiano para extenderse a toda la humanidad. […].

La unidad de los discípulos no es un fin en sí misma: está ordenada a la Misión. Jesús lo afirma con claridad: «Para que el mundo crea que tú me enviaste». Es en el testimonio de una comunidad reconciliada, fraterna y solidaria donde el anuncio del Evangelio encuentra toda su fuerza comunicativa.
En esta perspectiva, vale la pena recordar el lema del beato Paolo Manna: «Toda la Iglesia para la conversión de todo el mundo». Este expresa sintéticamente el ideal que animó la fundación, en 1916, de la Pontificia Unión Misional. A ella, en su 110.º aniversario, le expreso mi reconocimiento y mi bendición por su compromiso de animar y formar el espíritu misionero de los sacerdotes, las personas consagradas y los fieles laicos […]. De hecho, ningún bautizado es ajeno o indiferente a la Misión; todos, cada uno según su vocación y condición de vida, participan en la gran obra que Cristo confía a su Iglesia. Como ha recordado en varias ocasiones el papa Francisco, el anuncio del Evangelio es siempre una acción coral, comunitaria, sinodal.
Por eso, estar unidos en la Misión significa custodiar y alimentar la espiritualidad de comunión y colaboración misionera. Al crecer cada día en esta actitud, aprendemos con la gracia divina a mirar cada vez más a nuestros hermanos y hermanas con ojos de fe, a reconocer con alegría el bien que el Espíritu suscita en cada uno, a acoger la diversidad como riqueza, a llevar las cargas los unos de los otros y a buscar siempre la unidad que viene de lo Alto. […]. Esta espiritualidad constituye la forma cotidiana del discipulado misionero. Nos ayuda a recuperar una visión universal de la misión evangelizadora de la Iglesia, superando la fragmentación de los esfuerzos y las divisiones facciosas entre los seguidores del único Señor.
La unidad misionera, obviamente, no debe entenderse como uniformidad, sino como convergencia de los diferentes carismas con el mismo objetivo: hacer visible el amor de Cristo e invitar a todos al encuentro con Él. La evangelización se realiza cuando las comunidades locales colaboran entre sí y cuando las diferencias culturales, espirituales y litúrgicas se expresan plena y armoniosamente en la misma fe. Por lo tanto, animo a las instituciones y realidades eclesiales a fortalecer el sentido de comunión misionera eclesial y a desarrollar con creatividad formas concretas de colaboración entre ellas, para y en la Misión.
Agradezco a las Obras Misionales Pontificias su servicio a la cooperación misionera, que experimenté con gratitud durante mi ministerio en Perú. Estas Obras –Propagación de la Fe, Infancia Misionera, San Pedro Apóstol y Unión Misional– continúan alimentando y formando la conciencia misionera de los fieles, desde los más pequeños hasta los más grandes, y promoviendo una red de oración y caridad que conecta a las comunidades de todo el mundo. Es significativo que la fundadora de la Obra de la Propagación de la Fe, la beata Pauline Marie Jaricot, idease hace 200 años el rosario viviente, que aún hoy reúne a numerosos fieles en grupos a distancia para rezar por todas las necesidades espirituales y misioneras. Cabe recordar que, precisamente a propuesta de la Obra de la Propagación de la Fe, Pío XI instituyó en 1926 la celebración de la Jornada Mundial de las Misiones, cuyos donativos recogidos cada año son distribuidos por ella, en nombre del papa, para las diversas necesidades de la Misión de la Iglesia. Las cuatro obras […] siguen desempeñando un papel valioso para toda la Iglesia. Son un signo vivo de la unidad y la comunión misionera eclesial. Invito a todos a colaborar con ellas con espíritu de gratitud.

Si la unidad es la condición de la Misión, el amor es su esencia. La Buena Nueva que estamos enviados a anunciar al mundo no es un ideal abstracto, es el evangelio del amor fiel de Dios, encarnado en el rostro y en la vida de Jesucristo.
La misión de los discípulos y de toda la Iglesia es la prolongación, en el Espíritu Santo, de la misión de Cristo; una misión que nace del amor, se vive en el amor y conduce al amor. […]. Los apóstoles evangelizaron impulsados por el amor de Cristo y por Cristo. De la misma manera, a lo largo de los siglos, multitudes de cristianos, mártires, confesores, misioneros han dado la vida para dar a conocer este amor divino al mundo. Así, la misión evangelizadora de la Iglesia continúa bajo la guía del Espíritu Santo hasta el fin de los tiempos.
Por eso, deseo agradecer especialmente a los misioneros y misioneras ad gentes de hoy; personas que, como san Francisco Javier, han dejado su tierra, su familia y toda seguridad para anunciar el Evangelio, llevando a Cristo y su amor a lugares a menudo difíciles, pobres, marcados por conflictos o culturalmente lejanos. Siguen entregándose con alegría a pesar de las adversidades y las limitaciones humanas, porque saben que Cristo mismo es la mayor riqueza que se puede compartir. Con su perseverancia muestran que el amor de Dios es más fuerte que cualquier barrera. El mundo sigue necesitando estos valientes testigos de Cristo, y las comunidades eclesiales siguen necesitando nuevas vocaciones misioneras, que debemos tener siempre en el corazón y por las que debemos rogar continuamente al Padre. Que Él nos conceda el don de jóvenes y adultos dispuestos a dejarlo todo para seguir a Cristo en el camino de la evangelización hasta los confines de la tierra.
Al admirar a los misioneros y misioneras, hago un llamamiento especial a toda la Iglesia: unámonos todos a ellos en la misión evangelizadora mediante el testimonio de la vida en Cristo, la oración y la contribución a las misiones. A menudo, como sabemos, «el Amor no es amado», como dijo san Francisco de Asís, a quien miramos de manera especial a 800 años de su paso al cielo. Dejémonos contagiar por su deseo de vivir en el amor del Señor y de transmitirlo a los cercanos y a los lejanos […]. Sintámonos también estimulados por el celo de santa Teresa del Niño Jesús, que se propuso continuar su misión incluso después de la muerte, declarando: «En el cielo desearé lo mismo que deseo ahora en la tierra: amar a Jesús y hacerle amar».
Animados por estos testimonios, comprometámonos todos a contribuir, cada uno según su vocación y los dones recibidos, a la gran misión evangelizadora, que es siempre obra del amor. Sus oraciones y su apoyo concreto, especialmente con motivo de la Jornada Mundial de las Misiones, serán de gran ayuda para llevar el Evangelio del amor de Dios a todos, especialmente a los más pobres y necesitados. Cada don, por pequeño que sea, se convierte en un acto significativo de comunión misionera.
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