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La ola de espiritualidad que ha traído Rosalía con su último álbum me ha llevado a revisitar mi archivo fotográfico para rescatar algunas imágenes camufladas entre mis proyectos documentales de salud, educación, desigualdad… Como quien busca los cromos para completar el álbum (referencia búmer, lo sé), he ido encontrando fotos de esas mujeres que me acogieron en sus casas, a veces durante meses, en China, Palestina, India o Guinea Ecuatorial: las misioneras. Lo he llamado «Místicas».
Las misioneras son las primeras pobladoras de la comunidad indígena del cielo en la Tierra. «Místicas» no es un proyecto fotográfico, sino un cuaderno de postales emocionales. Un álbum casero de mis 15 años documentando iniciativas humanitarias alojándome con congregaciones religiosas, sobre todo de mujeres. En sus refugios era una infiltrada feliz. Se trataba de una felicidad sin aspavientos, sencilla. Muy pronto concluí que aquello se debía al amor que se respiraba en aquellos lugares.
«Místicas» es mi particular brindis visual por las misioneras. Mi homenaje doméstico a quienes entregan su vida a los demás por amor a Dios. Para una no creyente como yo, esto me viene grande, se necesitan altas dosis de fe para abandonarse sin cuestionar eso de «amar a los demás por amor a Dios». Como buena aragonesa, tozuda, me empeño en desentrañarlo en cada convivencia con ellas. Sigo sin respuesta, pero sin desaliento en su búsqueda.
Cuando pienso en ellas no lo hago como si fueran un colectivo. Traigo a mí cada persona que he conocido en este camino y me ha dejado huella. Pienso en Ana Silvia Escanero, en Cova Orejas, en Julia Aguiar, en María Hortensia Perosanz y en tantas.
Pienso en Primi Vela.
La conocí en 2010, cuando trabajaba en producción de cine y mi vida era completamente distinta. Llevaba casi dos décadas organizando rodajes internacionales, coordinando las necesidades de actores y equipo técnico, viviendo en un mundo vertiginoso donde todo parecía urgente. Hasta que un día empecé a preguntarme si aquello tenía sentido para mí. Me fui tres meses a la India con una cámara, casi por casualidad, con la idea de hacer un voluntariado. Allí la conocí. Aquel viaje puso mi vida –personal y profesional– patas arriba.
La hermana Primi me bautizó con un nombre que me encanta. Me llamó «turista conventual», porque no dejaba de visitar misiones, decía. Tenía razón. Iba de un convento a otro intentando comprender qué hacían aquellas mujeres –a miles de kilómetros de sus familias, en condiciones siempre precarias y con una vida difícil– que habían decidido entregar su vida a desconocidos. Y, por qué negarlo, también buscaba mi ración de felicidad.
Con carismas distintos y formas diferentes de entender su misión, siempre he encontrado en ellas un denominador común: una entrega a tumba abierta a los demás. Una generosidad que nace de una fuente de amor inagotable que, según explican, nunca deja de manar.
Yo no sé de amores inagotables, pero sí sé lo que veo cuando las miro. «Acompañar» es definitivamente su verbo. Es un estar sin molestar. Es un sujetar sin apretar. Es un dar sin esperar a recibir.
He visto a misioneras cuidar durante noches enteras a enfermos que no tenían posibilidad de pagar un tratamiento. He visto compartir la escasa comida de su mesa. He visto coger la mano a personas que iban a morir para que no lo hicieran solas. He visto escuelas levantadas donde solo había desierto. He visto cómo conocían el nombre de cada niño, de cada anciano, de cada familia.
Uniformadas de blanco, de gris, de azul…, este ejército de Dios es multicolor. He comprobado que sus armas son muy efectivas: esa sonrisa a tiempo, la escucha oportuna, una palabra que combate la desesperanza. Acompañando con cuidado. Acompañando de nuevo. Acompañando siempre.
A veces me preguntan si no es incómodo convivir con religiosas siendo yo atea. No solo no me incomoda, sino que algunas de las personas que más admiro son misioneras. Nunca he sentido que intentaran convencerme de nada. Nunca me he sentido juzgada.
Vivimos en una época en la que todo parece provisional. Cambiamos de todo –incluso de ideas– con una rapidez vertiginosa. Frente a esa lógica, los misioneros representan lo contrario. Permanecen. Cuando desaparecen las cámaras. Cuando terminan los proyectos. Cuando dejan de llegar los fondos. Cuando ya nadie mira hacia allí. Esa permanencia es la verdadera llave a la transformación.
Ayudar a los demás tiene un rédito emocional muy poderoso. Una adrenalina difícil de entender si no la has vivido. «Ayudar» te da picos de felicidad y te engancha, porque es una droga dura, pero es difícil mantener esa ilusión con la misma fuerza cuando las dificultades terminan enterrándote. Navegar contracorriente es agotador, enterrados en burocracia en lugares con corrupción, con ingresos inestables y, seamos sinceros, con bichos, calor, poco acceso a agua y comida, cortes de luz, con la familia lejos… Hay que estar muy en forma para sostener en el tiempo ese modo de vida. Hacerlo en solitario a veces es casi imposible.
Sin embargo, repartidas por las esquinas rotas del mundo, hay mujeres (y hombres, cómo no) que llevan décadas viviendo junto a comunidades extremadamente vulnerables sin esperar reconocimientos. No llegan para una emergencia y se marchan. No es circunstancial. No es efímero. Se quedan. Y aquí debe entrar ese ingrediente espiritual de la fe y el compromiso de por vida, porque si no, no se entiende.
No las idealizo. Sé que se cansan, se frustran y también dudan. Muchas sufren viendo que los cambios llegan demasiado despacio. Y, precisamente por eso, mi admiración es mayor. Porque son personas normales que vuelven a elegir quedarse cada mañana. Se quedan por amor.
El amor es el motor de la transformación. Amar es un acto revolucionario en los tiempos que corren, tan raquíticos de valores. El amor es la aristocracia de las voluntades. Es lo más sofisticado que podemos construir. Y lo del «amor a los demás por amor a Dios» es una vuelta de tuerca que lo convierte en una fuente de energía inagotable que va a definir una forma de habitar el mundo.
Gracias por revolucionarme a mí y renovarme la fe en las montañas que mueve el amor.
En la imagen superior, 26 de julio de 2011. La autora del texto (primera por la izquierda) en la Casa de San Luis Centre, de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana en Taipa, Macao. Fotografía: Archivo personal de la autora.