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Por Analía Iglesias
Quizá lo que más llama la atención en sus presentaciones como artífice destacada de efectos especiales en la gran industria de Hollywood sea su condición de deportista de alto rendimiento. Y con más de 50 años cumplidos. Yvonne Muinde, artista plástica y cineasta keniana, que ha ganado premios y reputación creando atmósferas y paisajes envolventes en películas como El Hobbit, Black Panther, Guardianes de la Galaxia o Avatar, puede unir sin problema el mundo del triatlón y el anhelo africano de que las personas con talento brillen en el campo del cine, el arte y el entretenimiento internacional, vengan de donde vengan.
«Cuando digo ‘Kenia’, se piensa en el atletismo, en los animales, en los estereotipos, aunque este país y el continente sean muy complejos y diversos», declara Muinde. En este sentido, explica que ella desafía esos lugares trillados, ya que ha llegado a destacar en una especialidad del cine «dominada por hombres blancos». Y, por si fuera poco, el triatlón «es un símbolo» de su «propio viaje y, en esencia, un poco esa misma historia, la de los africanos que no practican triatlón porque no nadan o no van en bicicleta».
A esta reconocida artista keniana especializada en matte painting (pintura digital para cine), una figura reconocida en el ámbito de los efectos visuales a nivel mundial, la encontramos en Lagos (Nigeria), en el marco de unas charlas inspiradoras que acercaron a reputados profesionales del continente con sus discípulos de todas las orillas, tanto los norteafricanos como los de África oriental u occidental, promovidas en el Forum Création Africa.
Allí habló de su itinerario vital: de su etapa de más de dos décadas en Estados Unidos; de la reconversión que necesitó hacer «para pagar las facturas», desde su oficio en bellas artes hacia el diseño para la industria cinematográfica; de sus ansias de volver a su tierra natal y la de sus padres; de la creación de su propia productora –Ikweta Arts– y de su afición por el entrenamiento duro y la competición deportiva. En un diálogo posterior con Mundo Negro pudimos reconstruir los puntos destacados de esa trayectoria y repreguntar. Lo que sigue es parte de la charla mantenida en una de las salas del emblemático hotel Federal Palace, en Victoria Island (Lagos), donde la nación nigeriana firmó y celebró su independencia del Imperio británico en 1960.
Hice medio Iron Man [ríe] en Ruanda, en Finlandia, en Durban (Sudáfrica)… Empecé a prepararme hace tres años, a los 47, porque quería competir en mi 50.º cumpleaños. A mi edad tengo que organizarme bien. Antes corría, nadaba y jugaba al hockey sobre hierba. Siempre he hecho algo. Para ser sincera, la razón por la que hago todo esto es porque paso sentada frente al ordenador entre 10 y 12 horas al día y el cuerpo y la mente se deterioran. Empecé a viajar por la necesidad de estar con seres humanos, para montar en bicicleta o, simplemente, para visitar lugares preciosos.
Estuve en Georgia (EE. UU.). Allí fui al Savannah College of Art and Design. Luego me trasladé a la Academy of Art College de San Francisco.
Sí. Y entonces aprendí que saber lo que quiere el cliente es muy importante. Y encuentras a un coleccionista que compra tu obra y todo va por este camino.
Sigo queriendo estar en un museo.
Es importante para mí porque, al crecer en el continente, y en concreto en Kenia, en aquella época, todo indica que tienes que ser abogada, médica o contable para estar entre los profesionales que pueden ganarse la vida. Mi padre y mi madre siempre me apoyaron, convencidos de que podía vivir del arte… Eso fue algo histórico, realmente significativo. Yo quería que él estuviera orgulloso y asegurarle que no había malgastado su dinero, porque pagó mis estudios y defendió mis sueños.

Horrible. Me llevó otros tres años de formación. Mi marido trabajaba en efectos visuales y me alentó a que me lanzara al matte painting. Tradicionalmente, en los inicios, esta técnica consistía en pintar sobre vidrio. En Los Ángeles la manejaba un grupo pequeño y cerrado de hombres y solo podías acceder si te aceptaban en esa comunidad. Aprendías de ellos. Cuando se pasó al digital, el espacio se abrió un poco y más gente tuvo acceso a este trabajo. Luego proyectamos en 3D en el ordenador. Así me metí en esto de lleno y descubrí que me gustaba el hecho de estar trabajando en un estudio, con gente, porque las bellas artes son muy solitarias. Además, me permitió viajar por el mundo porque en la industria de los efectos visuales te lo ponen fácil para ir de un sitio a otro. Así terminé en Nueva Zelanda, donde nació mi hija.
Principalmente por mis padres y por mi hija, para que ella entendiera a sus abuelos. Yo los echaba mucho de menos, aunque siempre supe que volvería a Kenia o que, al menos, si desaprovechaba la oportunidad de intentar un regreso, me arrepentiría cada minuto. Fue difícil acostumbrarse, pero estoy en casa. Nos mudamos cuando mi hija tenía seis años y, tras unos años, Nairobi ya es hogar. Siento que tengo un lugar, que mis zapatos tienen un lugar donde descansar. Sigo yendo a Los Ángeles algunas semanas y vuelvo.
Estuve 28 años en el extranjero y, ya sabes, la experiencia es muy diferente. Además, como adulta que nunca había trabajado en Kenia, tuve que bajar el ritmo, porque este país tiene su propia velocidad. Lo estamos disfrutando; aunque esta capital sea sorprendentemente cara, es increíblemente bella. Me encanta, también, por lo internacional que es: todo el mundo está en Nairobi.
‘La línea del Ecuador’, en suajili. Así siempre sabemos que estamos en el centro. Seré sincera, todavía tengo que hacer la mayor parte de mi trabajo fuera de Kenia, de forma remota, porque en mi país aún no hay una infraestructura para los efectos visuales. Pero lo que eso me enseñó fue que la forma en la que pensaba cuando llegamos, hace varios años, era demasiado ambiciosa. Redujimos expectativas y pensamos en crear conciencia y, para ello, hay que hablar de estudio y formación.
Sí, y ahí está la diferencia, en que en la industria sepan que pueden enviar a hacer parte del trabajo de una película a Nairobi y que no se note ninguna diferencia con lo que se hace en París o en Los Ángeles. Poco a poco lo estamos consiguiendo, todavía estamos encajando las piezas. Trabajo con estudios en Australia, estoy empezando un proyecto para China… Quiero que se aprecie qué gran trabajo se puede hacer en el continente africano. Al menos yo soy la misma persona, la misma profesional. Solo me he mudado a un lugar soleado. Mi desafío sigue siendo cómo hacer la transición para incorporar a más gente, porque la dificultad con los efectos visuales es la infraestructura. No se pueden hacer en un portátil o un iPad; se necesita una máquina adecuada para aspirar a un nivel internacional.
Quiero decir que mi lienzo antes era una tela para pintura al óleo, luego cambió a murales en la pared y después pasó al interior del ordenador. Puedo estar en el programa DaVinci Resolve, pero sigo siendo yo, con mi propia sensibilidad, más allá del material que utilice.
Lo bonito del matte painting en toda esta industria es que nosotros recibimos un lienzo en blanco. En realidad, el nombre de la técnica puede llevar a confusión. Nosotros no pintamos: manejamos un collage fotográfico increíble, porque todo tiene que ser muy nítido y, luego, en 3D.
Nuestra historia es tan global como la de cualquier otro lugar. Sigo pensando que las tramas y estéticas tienen que volver a nuestros orígenes y nuestras particularidades, y quizá no tomar tanto como modelo a las de Star Wars. Todavía tenemos que trabajarnos para encontrar nuestra propia voz. ¿Cómo se llega ahí? Hay que seguir intentándolo, ejercitándonos. Si no producimos, no progresamos. Así que estamos listos. Llevamos tiempo listos. ¿Están listos los demás? Porque viendo lo que hay ahí fuera, en el mundo, resulta todo muy parecido, puesto que se generan las mismas cinco imágenes una y otra vez en todas las películas. A partir de cierto punto, la originalidad también se estanca.
Sí y no. Me tomé el tiempo necesario para aprender el oficio, la técnica, y soy muy rápida con los encargos. Ese es mi propio poder y lo que me hace valiosa. Entiendo lo que quieren, puedo extraer cosas subjetivas y decir: «Puedo aplicarlas y hacerlas realidad».
Sí, porque, al final del día, todos queremos firmar el lienzo, ¿no?
Es un documental sobre los triatletas, porque para mí, como directora, lo son todo. Se trata de seis de nosotros. El triatlón es también un símbolo de mi propio viaje como la única mujer afro en un oficio de hombres. En este caso, hablamos de los africanos que no practican triatlón porque no nadan. Pero Kenia sería un país increíble para el triatlón por su resistencia, aunque la natación es simplemente ese obstáculo. Además, el triatlón también es excesivamente caro. Esta es otra barrera con la que te topas: cuando vas a Finlandia o a Hamburgo (Alemania), ves a gente con bicicletas de 8 000 o 12 000 dólares, mientras que tú tienes una de 1 000 dólares. Sin embargo, estamos aquí y queremos hacerlo, vamos a competir lo mejor que podamos, nos encanta hacerlo y podemos mejorar. La comunidad está creciendo y el interés en la disciplina, también. Así que, en este proyecto me digo: «No debería estar aquí, pero estoy», y lo demuestro.
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