
Publicado por Chema Caballero en |
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Las imágenes vuelven una y otra vez. Comercios saqueados. Grupos de hombres recorriendo barrios populares en busca de inmigrantes. Familias que hacen las maletas precipitadamente para regresar a un país que habían abandonado años atrás en busca de trabajo. Esta vez ha ocurrido de nuevo en Sudáfrica, donde las campañas contra inmigrantes africanos han reactivado el miedo entre miles de personas procedentes de Zimbabue, Malaui, Mozambique, Nigeria, Etiopía o la República Democrática del Congo. Pero las escenas podrían pertenecer a muchos otros lugares y a muchos otros momentos de la historia africana reciente.
Cuando se habla de racismo o xenofobia, la conversación suele dirigirse hacia Europa, Estados Unidos o los países del Golfo. Son los espacios donde millones de africanos emigran cada año y donde con frecuencia sufren discriminación, explotación o violencia. Sin embargo, existe otra realidad menos conocida y mucho menos discutida: la de los africanos que son rechazados por otros africanos.
No es una cuestión nueva. Tampoco un fenómeno marginal. Atraviesa la historia contemporánea del continente y aparece con una regularidad inquietante cada vez que coinciden crisis económicas, tensiones políticas o luchas por recursos escasos.
Hoy Sudáfrica representa el ejemplo más visible. Resulta además el más paradójico. Durante décadas, el país simbolizó la solidaridad panafricana. Miles de militantes sudafricanos encontraron refugio en otros países africanos durante la lucha contra el apartheid. Gobiernos y movimientos de liberación de todo el continente contribuyeron, de una u otra forma, a sostener aquella batalla. Cuando llegó la democracia en 1994, muchos imaginaron que la nueva Sudáfrica se convertiría en el corazón de una ciudadanía africana abierta e inclusiva.
Pero la memoria sudafricana guarda una contradicción incómoda. Hugh Masekela ya había contado la otra parte de la historia del país. En Stimela, una de las grandes canciones políticas africanas del siglo XX, evocaba los trenes que llegaban a las minas cargados de trabajadores procedentes de Mozambique, Angola, Lesoto o Botsuana. Aquellos hombres cruzaban fronteras para alimentar con su trabajo la economía sudafricana. La canción funciona hoy como un recordatorio incómodo: muchos de los extranjeros que actualmente son acusados de quitar puestos de trabajo o consumir recursos pertenecen a las mismas comunidades migrantes que ayudaron a construir la riqueza del país. La Sudáfrica que a veces los rechaza es, en parte, producto de su esfuerzo.
Desde principios de este siglo, el país ha vivido repetidos estallidos de violencia contra inmigrantes procedentes de otros países africanos. En 2008, decenas de personas murieron y miles fueron desplazadas. Hubo nuevos episodios en 2015, 2019 y en años posteriores. Los discursos que alimentan estas campañas apenas han cambiado: los extranjeros «quitan empleos», «colapsan los servicios públicos», «favorecen la delincuencia» o «se aprovechan de los recursos nacionales».
Quien observe estas consignas desde Europa encontrará algo familiar. Son prácticamente las mismas que utilizan numerosos movimientos antiinmigración. La diferencia es que aquí los señalados no son europeos, asiáticos o árabes, sino africanos procedentes de países vecinos.
La tentación consiste en presentar Sudáfrica como una excepción. No lo es. El extranjero de hoy muchas veces fue el anfitrión de ayer. La historia africana está llena de episodios similares. Uno de los más conocidos ocurrió en Nigeria en 1983. Aquel año, en medio de una profunda crisis económica provocada por la caída de los ingresos petroleros, el Gobierno ordenó la expulsión masiva de inmigrantes en situación irregular. Cerca de dos millones de personas tuvieron que abandonar el país en pocas semanas. Aproximadamente la mitad eran ghaneses.
Las fotografías de aquellos días muestran largas columnas humanas avanzando hacia las fronteras cargadas con sus pertenencias. Muchos transportaban sus bienes en grandes bolsas de plástico de cuadros que terminarían convirtiéndose en un símbolo popular. Desde entonces, en varios países de África occidental esas bolsas son conocidas como «Ghana Must Go». La expresión ha sobrevivido durante décadas. Lo que muchos olvidan es que la historia no comenzó en Nigeria.
Catorce años antes, en 1969, Ghana había adoptado una medida muy parecida. El Gobierno de Kofi Busia promulgó la llamada Aliens Compliance Order, que obligó a cientos de miles de extranjeros africanos a abandonar el país. Entre ellos se encontraban numerosos nigerianos.
La ironía histórica resulta difícil de ignorar. Primero Ghana expulsó a nigerianos. Después Nigeria expulsó a ghaneses. Los papeles cambiaron, pero el mecanismo fue idéntico: cuando la economía se deterioró y aumentó la presión social, el extranjero se convirtió en el culpable más accesible.
Este patrón se repite una y otra vez. En Costa de Marfil, millones de trabajadores procedentes de Burkina Faso, Malí o Guinea contribuyeron durante décadas al extraordinario crecimiento de la economía cacaotera. Fueron esenciales para construir la prosperidad del país. Sin embargo, cuando llegó la crisis económica y comenzó la competencia política por el poder, muchos pasaron a ser considerados sospechosos. La ideología de la ivoirité, desarrollada en los años noventa, estableció una frontera cada vez más rígida entre los considerados auténticamente marfileños y quienes, pese a haber vivido durante décadas en el país, seguían siendo vistos como extranjeros. Aquella lógica alimentó tensiones sociales y políticas que terminaron contribuyendo a la crisis que desembocó en la guerra civil.
La historia se repite con distintos nombres en otros lugares. Angola ha llevado a cabo expulsiones masivas de congoleños. Gabón ha organizado periódicamente operaciones contra inmigrantes procedentes de África occidental. Kenia ha desarrollado campañas de hostilidad hacia refugiados somalíes. En Libia, especialmente tras la caída de Muamar el Gadafi, miles de trabajadores subsaharianos fueron perseguidos, detenidos o acusados de delitos colectivos simplemente por su origen.
Ya hace tiempo que el historiador y filósofo camerunés Achille Mbembe afirmaba que una de las grandes contradicciones del África contemporánea reside en haber heredado fronteras coloniales que, lejos de desaparecer con las independencias, continúan definiendo quién pertenece y quién no. Mbembe ha defendido que el ideal panafricano prometía una circulación más libre de personas y una comunidad política abierta, pero la realidad ha sido la consolidación de Estados que, en momentos de crisis, recurren con frecuencia a la exclusión del extranjero como mecanismo de afirmación nacional. Vista desde esta perspectiva, la xenofobia que periódicamente estalla en Sudáfrica o las expulsiones masivas que han marcado la historia de países como Costa de Marfil, Ghana o Nigeria no son anomalías, sino la expresión de una tensión no resuelta entre el sueño de una África unida y la lógica de los Estados nación construidos sobre fronteras heredadas.
Cada caso tiene sus particularidades. Ninguno puede explicarse únicamente mediante la palabra racismo. Intervienen factores económicos, políticos, históricos y culturales. Sin embargo, todos comparten un rasgo común: la construcción del extranjero como amenaza.
Lo interesante es que esta tendencia convive con otra realidad aparentemente opuesta. África es, probablemente, el continente donde la movilidad humana ha sido más importante históricamente. Mucho antes de la creación de las fronteras coloniales, comerciantes, pastores, agricultores y artesanos cruzaban espacios inmensos siguiendo rutas económicas, familiares o culturales. Las fronteras actuales dividieron pueblos, lenguas y comunidades que durante siglos habían mantenido relaciones fluidas.
Todavía hoy, en amplias zonas de África occidental, resulta habitual encontrar familias repartidas entre varios países. Un comerciante puede nacer en Guinea, trabajar en Costa de Marfil, tener familiares en Mali y enviar a sus hijos a estudiar a Senegal. En muchas ocasiones, las identidades locales, étnicas o religiosas han sido históricamente más relevantes que la nacionalidad formal.
Precisamente por eso sorprende la facilidad con la que emergen discursos excluyentes cuando aparecen dificultades económicas. La explicación no reside tanto en el racismo entendido como diferencia biológica como en la lógica del chivo expiatorio. Cuando aumenta el desempleo, cuando los precios suben o cuando los servicios públicos dejan de funcionar adecuadamente, los responsables políticos encuentran una ventaja evidente en señalar a un grupo vulnerable. El extranjero suele reunir todas las condiciones necesarias: es visible, tiene menos capacidad de defensa y puede ser presentado como alguien que disfruta de beneficios inmerecidos. Es una estrategia tan antigua como eficaz.
Además, permite ocultar problemas mucho más profundos. Resulta más sencillo culpar al inmigrante que discutir la corrupción, la mala gestión económica, la desigualdad o la incapacidad del Estado para generar empleo. La paradoja es que esta dinámica entra en conflicto directo con uno de los grandes ideales políticos africanos: el panafricanismo.
Desde principios del siglo XX, intelectuales y líderes africanos defendieron la necesidad de construir una comunidad política más amplia que trascendiera las fronteras heredadas del colonialismo. Figuras como Kwame Nkrumah, Julius Nyerere o Patrice Lumumba imaginaron una África unida por intereses compartidos y por una historia común de dominación. Ese ideal desempeñó un papel fundamental durante las luchas de independencia y en los movimientos contra el apartheid. Generó una poderosa narrativa de solidaridad continental que todavía hoy forma parte del imaginario político africano. Sin embargo, la realidad cotidiana suele ser menos generosa que los discursos.
Las fronteras nacionales, aunque artificiales en muchos casos, producen identidades propias. Los ciudadanos esperan que el Estado proteja sus intereses. Los partidos políticos buscan apoyos. Los líderes necesitan movilizar emociones colectivas. Y cuando aparecen tensiones económicas, el nacionalismo suele imponerse sobre el panafricanismo.
No es una contradicción exclusivamente africana. Europa ofrece numerosos ejemplos similares. También América Latina o Asia. Pero en África adquiere una dimensión especialmente llamativa porque choca frontalmente con uno de los relatos fundacionales del continente contemporáneo.
Quizá por eso estos episodios reciben tan poca atención dentro y fuera de África. Resultan incómodos. Cuestionan una visión simplificada que divide el mundo entre sociedades discriminadoras y sociedades discriminadas.
La realidad es mucho más compleja. Los seres humanos parecen compartir una tendencia universal: buscar culpables cuando escasean las oportunidades. Cambian los contextos, los idiomas, las fronteras, los nombres y los lugares, pero la historia se repite. En Europa, el extranjero puede ser un africano. En Sudáfrica, un zimbabuense. En Ghana, un nigeriano. En Nigeria, un ghanés. En Costa de Marfil, un burkinés. El nombre cambia. La lógica permanece.
Por eso quizá la cuestión más importante no sea preguntarse si existe xenofobia en África. La respuesta es evidentemente sí, como existe en prácticamente todas las sociedades humanas. La verdadera pregunta es por qué seguimos necesitando extranjeros a quienes culpar de problemas que rara vez han creado.
África tiene razones legítimas para exigir respeto y dignidad para sus emigrantes en Europa, América o el Golfo. Pero esa reivindicación será más fuerte y más coherente si se acompaña de una reflexión igualmente honesta sobre el trato que reciben millones de africanos cuando cruzan las fronteras de su propio continente. Porque la solidaridad no se pone a prueba en los discursos. Se pone a prueba cuando el extranjero llega a nuestro barrio, busca trabajo en nuestro mercado o compite por los mismos recursos que nosotros. Y es entonces cuando demasiadas sociedades descubren que el africano de al lado también puede convertirse en extranjero.
En la imagen, un inmigrante saluda con la mano desde la ventana del autobús. Cientos de ciudadanos nigerianos, migrantes irregulares concentrados en la Embajada de Nigeria, son trasladados en autobuses al Aeropuerto Internacional Oliver Reginald Tambo como parte de un programa puesto en marcha por el gobierno nigeriano tras el resurgimiento de ataques xenófobos y protestas antiinmigrantes en Sudáfrica, en Johannesburgo, el 10 de junio de 2026. Fotografía de Ihsaan Haffejee/Getty
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