Ciudad de Dios, ciudad de la paz

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León XIV en Guinea Ecuatorial



Por Gonzalo Vitón



León XIV aterrizó en Malabo, antigua capital de Guinea Ecuatorial, el 21 de abril. Le recibió Teodoro Obiang, el mandatario mundial que más tiempo lleva en el poder, desde 1979, quien también recibió, hace 44 años, a Juan Pablo II. 

El viaje al único país de habla hispana en el continente africano venía ­precedido de noticias que denunciaban que el régimen dictatorial de Obiang, a pesar de las grandes riquezas que gestiona, recortó parte del salario de funcionarios públicos y personal militar para financiar los preparativos de la visita. Además, como recogía la revista italiana Africa, «las autoridades están fomentando nuevas donaciones entre la población, mediante campañas masivas y, a menudo, con métodos coercitivos que llegan incluso a ser violentos». El Gobierno ecuatoguineano recaudó dinero entre la población universitaria a través de la venta de un conjunto –­paraguas, gorra, pañuelo, bolsa y abanico– para recibir a León XIV. Todos estos fondos habrían estado gestionados por la fundación que dirige la primera dama, Constancia Mangue, figura clave del régimen.

En este contexto, y en un país en el que tres cuartas partes de la población se identifican como católicas, las palabras del Pontífice han tenido un peso particular. Por eso, se ha escrutado con detalle cada una de sus intervenciones durante su visita de tres días al país. Lo cierto es que León XIV ha pronunciado discursos cargados «de alusiones a la situación política mundial», como destaca José Naranjo en El País, pero también con referencias a la situación del Estado africano. En la primera de sus alocuciones, el Papa rescató las palabras que Juan Pablo II pronunció en 1982, cuando definió a Teodoro Obiang como «el centro simbólico hacia el que convergen las vivas aspiraciones de un pueblo a un clima social de auténtica libertad, de justicia, de respeto y promoción de los derechos de cada persona o grupo, y de mejores condiciones de vida», para añadir que dichas palabras «siguen siendo actuales e interpelan a cualquiera que ocupe un cargo público».

Tanto en su visita a la universidad, donde el Pontífice afirmó que «el problema no está en el conocimiento, sino en su desviación hacia una forma de saber que ya no busca corresponder a la realidad, sino plegarla a la propia medida»; como en Mongomo, donde aseguró que en el país «hay hambre de futuro, pero de un futuro habitado por la esperanza, que pueda generar una nueva justicia, que pueda dar frutos de paz y fraternidad», o en el discurso pronunciado en la prisión de Bata, donde indicó que «la administración de la justicia tiene el fin de proteger a la sociedad, pero para ser eficaz debe invertir siempre en la dignidad y en las potencialidades de cada persona», las palabras paz, justicia, verdad y dignidad estuvieron muy presentes.



Un año sin Francisco

En el aniversario del fallecimiento del papa Francisco, León XIV rescató sus palabras sobre la necesidad de un cambio de estructura económica a nivel global: «Hoy tenemos que decir “no a una economía de la exclusión y la inequidad”. Esa economía mata». Tras casi medio siglo de Obiang en el poder, Guinea Ecuatorial tiene una de las rentas per cápita más altas de la región, pero el 70 % de la población vive en situación de pobreza y el país ocupa el puesto 50 en el Índice Mo Ibrahim de Gobernanza Africana 2024. Además, las acusaciones de corrupción y de atentados contra los derechos humanos y libertades son muy numerosas.

A principios de año, el régimen ecuatoguineano convirtió a Djibloho, en el centro del territorio continental, en la nueva capital. También llamada Ciudad de la Paz, León XIV aprovechó la oportunidad para traer la visión agustina de la ciudad de Dios y la ciudad terrena. En presencia de Obiang, afirmó la necesidad de mantenerse «libre de la riqueza injusta y de la ilusión del dominio» propias de la ciudad terrena, que «se centra en el amor orgulloso de sí mismo, en la sed de poder y gloria mundanos que conducen a la destrucción». Frente a ella, el Papa ofreció la doctrina social de la Iglesia como ayuda para caminar hacia la ciudad de Dios, ciudad de la paz, alertando de que la religión no debe ser usada para justificar decisiones y acciones que causan la muerte, y pidiendo que el país «no dude en revisar sus propias trayectorias de desarrollo y las oportunidades positivas de situarse en la escena internacional al servicio del derecho y la justicia», así como valorar «a quienes creen en la paz» y a quienes se atreven «a aplicar políticas que vayan a contracorriente, centradas en el bien común». Queda por ver si quienes tienen que escuchar, escuchan.  




«Ardía nuestro corazón»


Por P. José Luis Mangue Mbá

Parafraseando las palabras con las que el presidente de la nación definió a nuestro pueblo como «un país joven lleno de energía, de preguntas y con ganas de vivir», el papa León XIV dijo a los jóvenes que «en la fe encontrarán el fundamento de su futuro y el de esta tierra». El chaparrón caído no pudo apagar la ansiedad y el inusitado entusiasmo con el que los jóvenes esperaban al Pontífice en el estadio de Nkohatoma, en Bata.

Venía León XIV de decir a los reclusos de la cárcel conocida como Rassel que «siempre es posible volver a levantase, aprender y convertirse en una persona nueva». En estas actitudes se concreta la esperanza, cuyo horizonte es el encuentro con Cristo

En la Universidad Nacional, cuyo campus ha sido bautizado con el nombre del Santo Padre, a los estudiantes y profesores los había interpelado diciendo que el futuro de un pueblo solo se puede construir desde la calidad de la formación, más allá de la suntuosidad de los edificios y del número de graduados. Solo el esfuerzo sostenido con paciencia garantiza una formación de calidad que la universidad está llamada a ofrecer. Por eso, la búsqueda del éxito fácil contrasta con la profundidad y sostenibilidad de un conocimiento que se ensambla en la búsqueda de la verdad. Los jóvenes han de poner el conocimiento al servicio del bien común. Solo así se consolida el desarrollo.

Para la comunidad cristiana de Guinea Ecuatorial, a la luz de numerosos testimonios, la visita de su santidad el papa León XIV ha significado una renovación y profundización en la fe. 

Por un lado, dos meses antes nos veníamos preparando con distintas catequesis sobre la figura y misión de Pedro en el colegio apostólico, la naturaleza y el credo de la Iglesia, la carta pastoral de la Conferencia Episcopal a propósito de esa visita, vigilias de oración, conferencias y mesas redondas. Y, por otro, ha supuesto un nuevo impulso a la labor de la Iglesia aquí, realizada en medio de dificultades de diversos signos: la generalizada pobreza que también afecta a la Iglesia en su estructura y en sus instituciones; los atavismos culturales que hacen que el celibato no sea suficientemente valorado y la ruptura con la poligamia como un escollo de difícil superación. Como corolario a todo ello se constata el rebrote de la superstición, la corrupción administrativa y la extensión de los hogares monoparentales, entre otros retos.

Con esta visita papal, el pueblo cristiano-católico se ha sentido orgulloso de su identidad, que ha sido puesta en valor. Y todavía nos dura la alegría en el cuerpo por todo lo que predicó. Bien podemos decir, como los discípulos camino a Emaús, «ardía nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino».



Fotografía: Simone Risoluti / Getty




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