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Por Hna. Gabriela Lado
La vida misionera me sacó de mi país, Uganda, para traerme hasta la selva amazónica brasileña, en concreto al municipio de Kujubim, en el estado de Rondônia. Aunque nuestra actividad principal es la formación de las comunidades cristianas, como misioneras combonianas estamos implicadas en la defensa del medioambiente. No es fácil, porque hablar del cuidado de la naturaleza en este contexto tan complejo, se interpreta con frecuencia como una postura contraria al desarrollo. Así lo consideran quienes prefieren devorar –y empleo de forma deliberada esta palabra– la naturaleza en beneficio propio, sin pensar en los pobres que habitan este territorio.
Los grandes ganaderos, los responsables de extensas plantaciones de soja, los latifundistas y los madereros ilegales que explotan estas tierras no favorecen la agricultura familiar ni la pesca tradicional. Por el contrario, traen consigo devastación, deforestación y el uso intensivo de sustancias tóxicas, en especial vinculadas al cultivo de la soja. Los efectos de todo esto perjudican a la gente y muchas familias se ven obligadas a vender sus tierras y trasladarse a las periferias urbanas con escasas oportunidades laborales y sin ninguna preparación para afrontar la vida en la ciudad.
En medio de esta catástrofe, admiro a las personas que luchan por mantener el bosque en pie. Son familias que no necesitan destruir la selva para encontrar en ella su sustento. Protegen los ríos, respetan la tierra y cuidan el entorno en el que viven porque saben que su vida depende de ello. Apuestan por la agricultura familiar, cultivando verduras y frutas en territorios aún libres de las grandes plantaciones y llevan sus productos al mercado para sostener con dignidad a sus familias. Mantenemos un contacto cercano con estas familias, con las que trabajamos pastoralmente.
Como misioneras combonianas, nos hemos propuesto crear pequeñas comunidades cristianas y formar a sus líderes. En mi caso, además, acompaño en la parroquia a los jóvenes y a los grupos de Adolescencia e Infancia Misionera. De estos últimos estoy empeñada en crear nuevos grupos en aquellas comunidades donde todavía no los tienen para formar niños con espíritu misionero.
Intento integrar esta actividad con el trabajo en las comunidades, involucrando también a los niños, a sus monitores y a sus familias en las visitas que realizamos a las casas de la gente. Para formar y crear nuevas comunidades cristianas comenzamos visitando a las familias, sean cristianas o no. De hecho, son muchas las personas que no conocen a Jesús porque todavía no han recibido el anuncio del Evangelio. Queremos ser una Iglesia en salida que no espere a que las personas vengan, sino que vaya a su encuentro, se acerque a sus necesidades, las acompañe y ayude a crecer en su camino de fe.
Durante estas visitas nos encontramos muchas realidades difíciles –problemas de fe, carencias materiales, familias desestructuradas, desempleo, sufrimiento y personas enfermas– y hacemos todo lo posible para estar cerca de estas necesidades.
Cuando las comunidades comienzan a formarse, promovemos grupos semanales de reflexión de la Palabra de Dios, trabajamos la catequesis y la formación de los liderazgos locales. Es una tarea que yo llamo «trabajo de hormiga», un trabajo pequeño y constante. Sin embargo, poco a poco, una familia se une a otra, se crean pequeños grupos y de esos grupos nacen las comunidades.
Al principio somos nosotras quienes presidimos las celebraciones de la Palabra y traemos la eucaristía, pero, al mismo tiempo, vamos preparando a las personas para que puedan continuar esta misión y asumir estas responsabilidades en el futuro.
Cuando encuentro comunidades donde hay niños que viven situaciones de necesidad, que incluso pasan hambre, comparto esta realidad con los grupos de Infancia y Adolescencia Misionera. Estos niños y sus familias responden a la necesidad trayendo arroz, frijoles u otras cosas que pueden ofrecer. Después volvemos a visitar a las familias necesitadas y, en ocasiones, invitamos también a los sacerdotes para que nos acompañen. Algunas veces vamos con los miembros de Infancia Misionera para jugar con los niños de esas familias. Al final del encuentro rezamos juntos y compartimos la Palabra de Dios. De esta manera, no soy misionera solo yo, sino también los niños que están creciendo en este espíritu. Cuando se los involucra desde pequeños, crecen fuertes en este aspecto, aprendiendo que la fe no consiste solo en ir a la iglesia a rezar, sino en unir la oración con la acción concreta en la vida cotidiana.
Mi experiencia en Brasil está fortaleciendo mucho mi fe y mi camino misionero. No solo doy, sino que recibo y aprendo mucho de estas personas.
En la imagen, la autora del texto con varios niños de Infancia Misionera en Kujubim. Fotografía: Archivo personal de la autora.
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