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Lamento no haber tenido la suerte de visitar Elche, porque cuando escucho al P. José Juan Valero Maciá intuyo la belleza de esta ciudad alicantina llena de sol y palmeras. Este misionero comboniano ilicitano, de 65 años, nos presenta este mes su testimonio vocacional misionero. Solo bien entrada su juventud el P. Valero comenzó a plantearse la posibilidad de entregar su vida entera a la Misión y, como casi siempre, tuvo dudas y certezas, momentos de acercamiento y de alejamiento hasta que tomó la decisión de iniciar la formación como misionero. La vida le ha llevado a varios lugares, pero, sobre todo, a la diócesis ugandesa de Lira, donde ha vivido 21 años en dos etapas distintas. Hace apenas unos meses regresó a España para un nuevo servicio misionero: ocuparse de nuestros hermanos mayores y enfermos en la comunidad comboniana de Moncada (Valencia). Desde allí nos escribe.
Por José Juan Valero Maciá
Soy el primero de cuatro hermanos, tres chicos y una chica. Nuestros padres nos criaron en un ambiente familiar muy unido y extenso, con abuelos, tíos y primos viviendo muy cerca de nosotros. Estábamos unidos como una piña. Fuimos educados cristianamente y asistíamos en familia a la misa dominical. Aunque a mis hermanos les gustaba ayudar como monaguillos, yo nunca me sentí demasiado atraído por estar tan cerca del altar. Fui creciendo y, como imagino que le ocurre a todo joven, tuve mis dudas de fe. Incluso, las celebraciones y otros ritos se me hacían rutinarios. No obstante, sí sentía que interiormente me faltaba siempre algo que diese sentido a mi vida y me hiciera feliz.
Todo empezó cuando ya había cumplido 20 años. Sentía que me faltaba algo importante, pero no sabía qué. Tenía un buen trabajo, novia y aparentemente no me faltaba de nada, pero mi fe no estaba en su punto más álgido. Un sábado por la tarde, cuando me iba a poner a cenar antes de salir con mis amigos, vi en la televisión unas imágenes impactantes sobre la gran sequía en Etiopía y la hambruna que había provocado. Se me quitaron las ganas de comer y me preguntaba qué era lo que podía hacer yo ante esa realidad tan cruel.

No hubo una respuesta fácil ni un camino de rosas en el nacimiento de mi vocación. No creo en las casualidades, pero por una coincidencia, el día que me olvidé las llaves de casa era un sábado. Como quería salir por la noche con mis amigos, fui a la parroquia para pedirles las llaves a mis padres, que estaban en la misa vespertina. Para mi sorpresa, quien estaba hablando durante la homilía era una religiosa. Sus palabras empezaron a impactarme como dardos dirigidos particularmente a mí. Me senté y permanecí allí hasta el final de la eucaristía. El párroco me vio y me pidió que llevase a la religiosa hasta la comunidad donde estaba alojada, ya que no vivía en Elche. Hablamos mucho durante el viaje y después de casi dos horas aparcados junto a la puerta de la comunidad de Hermanas Jesuitinas donde se hospedaba, la misionera comboniana Mari Carmen Herrer me dijo: «Olvídate de nuestra conversación, pero si tras algún tiempo aún te acuerdas de mí, aquí tienes mi número de teléfono. Llámame».
Fui muy obediente y seguí las instrucciones de la hermana… y me olvidé de ella. Pasó casi un año hasta que algo volvió a encenderse en mi corazón: «Tengo casi de todo, pero esta gente de África no tiene casi nada. ¿Qué puedo hacer yo? ¿Qué está pasando?». Fui a mi escritorio y busqué aquel número de teléfono. Llamé y pregunté por la hermana Mari Carmen. Otra hermana me respondió diciendo que lo sentía mucho, pero que ya hacía casi un año que Mari Carmen había regresado a su misión en Sudán. Aquello fue como un jarro de agua bien fría, pero la hermana Piedi me dijo: «Si quieres, dentro de unas semanas tenemos un encuentro de jóvenes aquí en Barcelona».
Me costó decidirme, pero al final les dije a mis padres que me iba a Barcelona. No dije nada de que fuera un encuentro vocacional, ni tampoco se me pasó por la cabeza que lo fuese. En Barcelona encontré algo nuevo y, de alguna manera, se hizo un poco de paz en mi corazón. Este fue el inicio de este viaje que dura ya más de 40 años.

El proceso de discernimiento fue largo y la primera gran decisión no fue fácil. Incluso mis padres lo veían difícil y no lo aceptaban del todo. Pensaron incluso que eso de los Combonianos era el nombre de una secta. Sin embargo, comencé a descubrir a Daniel Comboni y su amor por los africanos, su entrega, su coraje y su gran corazón. Sentí que este era mi camino y que mi felicidad estaba en esa dirección. Mis padres no lo veían así y nunca fue fácil para mí decir adiós a mi familia, en medio de la cual siempre he estado tan arropado y contento.
Tras los diferentes períodos de formación –en Granada para el estudio de la Filosofía, en Moncada para el noviciado y en Londres para los estudios teológicos–, el 19 de julio de 1997 fui ordenado en Elche y enviado a la misión.
Mi primera comunidad en el norte de Uganda fue en Aber. Aterricé en medio de una guerra de guerrillas tan cruenta que en los dos primeros años vi violencia suficiente para el resto de mi vida. Yo me preguntaba: «¿Quién me mandaría a mí meterme en este berenjenal?». Pensé más de una vez en hacer las maletas y regresar a la seguridad de casa, hasta que una mañana, cuando ya había decidido tirar la toalla, después de celebrar la misa apareció en la puerta de la iglesia de la misión una anciana que me preguntó en lango, la lengua local: «Padre, ¿tú también te quieres ir? Los soldados se han ido, los voluntarios de las oenegés también… Si tú te marchas, contigo se va nuestra última esperanza». No hice las maletas aquel día y me quedé en Uganda hasta 2009. Y allí regresé en 2016.
No es fácil explicarlo, pero creo que las palabras que me dijo uno de mis compañeros ancianos de mi primera misión lo abarcan todo: «Si te entregas a estas personas y los amas como hermanos de verdad, nunca podrás marcharte sin que te duela». ¡Qué gran verdad! Cada vez que ponía de mi parte cuando hacía las cosas con ellos y buscaba su bien, sentía que el corazón se me ensanchaba, pero también me dolía cuando fracasábamos, cuando los rebeldes mataban, destruían, secuestraban o mutilaban… El dolor era intenso, pero la vida continuaba. Cada vez que alguno de ellos conseguía abrirse camino en los estudios, encontrar un trabajo o comenzar una nueva familia era como cuando después de la sequía llegan las lluvias y todo vuelve otra vez a ser verde esmeralda, a oler a nuevo, a tierra fresca y fértil.
En todos mis servicios misioneros, tanto en la pastoral directa como en la formación de candidatos a la vida consagrada o en la formación de líderes cristianos y catequistas a tiempo completo, cuando he hecho camino con la gente he sentido una gran alegría y satisfacción y he recibido mucho más de lo que haya podido dar. He aprendido a esperar con ellos, a correr juntos para escondernos del peligro y a celebrar la vida, como cuando la pequeña Yamima se puso su muñeca a la espalda sujetándola en su abeno, que es un paño para llevar a los bebés. Era domingo, se colocó en la fila de los que iban a bautizar a sus niños y no cejó hasta que después de la misa fuimos a bautizar a su muñeca de maíz en la casa de la misión. Allí le dimos un certificado de bautismo como las demás mamás.

No solo pienso que ha valido la pena pasar 21 años entre mis hermanos de la diócesis de Lira, sino que ahora puedo decir, como Comboni, que «mi primer amor fue para África… Me marcho, pero mi corazón se queda entre vosotros y el día más feliz de mi vida será cuando pueda volver y entregar mi vida por vosotros».
Mi vida como misionero comboniano está siendo un proceso de continuo descubrimiento. Sé que la entrega no es solo para uno o dos días, sino que ha de ser diaria. También he aprendido que la vida y el amor se estropean y mueren si no se comparten. No me concibo haciendo otra cosa, siendo otra cosa que no sea misionero comboniano. Mi vida como misionero está siendo un constante aprender a saber estar y a ser uno con y para mis hermanos. En particular, esta presencia se materializa ayudando a los más jóvenes a poder estudiar a través de donaciones que, entregadas con tanto amor y sacrificio por nuestros amigos de la Misión, han hecho posible el sueño de una vida mejor para tantos chicos y chicas que han podido formarse como agricultores, albañiles, fontaneros, mecánicos, electricistas, enfermeras, médicos o profesores, pero siempre siendo protagonistas de sus propias historias, como quería san Daniel Comboni.
Los tiempos han cambiado, pero siempre invitaría a los jóvenes que leen estas líneas a pensar interiormente cuánto amor recibimos a diario y cuánto somos capaces de compartir ese amor que se nos ha dado. La primera vocación en nuestra vida es precisamente esa, estar vivos, porque Dios nos llama a vivir y a ser felices, pero también a saber darnos en aquello que somos y hacemos. Esto da sentido profundo a todo lo que nos rodea. La invitación a seguir a Cristo misionero es para todos los que quieran mirar un poco más alto, sin contemplar a nadie por encima del hombro, sino cara a cara y de corazón a corazón.
En estos momentos estoy en España, esta es mi misión ahora, pero ojalá pueda regresar pronto a Uganda.
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