
Publicado por Eva Trindade en |
Cuando empecé a escribir este artículo me encontraba reflexionando sobre los muros que construimos alrededor de nuestras casas. Esta práctica es muy común en la provincia de Maputo y sus alrededores. Con la creencia de que estas estructuras nos protegen de la curiosidad ajena, de que creemos que nos dan una mayor privacidad y que garantizan nuestra seguridad, me estoy dando cuenta de que los construimos cada vez más altos y que nos están distanciando un poco más de aquellos que nos rodean.
Recuerdo bien cómo eran esos muretes en mi época adolescente. Allí me sentaba a ligar y veía a mi madre charlar con las vecinas. Pero la realidad ha cambiado. Aquellos han sido sustituidos por otros insuperables, reacios a los lazos de buena vecindad, a la socialización y a la diversidad social. Nos aíslan y distancian de aquellos con quienes deberíamos relacionarnos, con aquellos a los que tenemos más cerca.
Dentro de los muros creamos nuestros «paraísos» y solo valoramos a la familia nuclear –padre, madre e hijos–. Las familias extensas, muy comunes en las sociedades africanas, no cuentan con el apoyo de ninguna organización que denuncie su previsible extinción y que manifieste interés en luchar por su preservación. Estos muros que nos separan y que bloquean el contacto con los demás son como un telón de acero: pueden cumplir su función de protegernos de las miradas indiscretas y de desanimar a los amantes de lo ajeno, pero nos han robado precisamente aquello que nos hace humanos, la socialización, aquello por lo que el pueblo alemán luchó durante más de 28 años, hasta finales de la década de los 80, cuando se produjo la caída del Muro de Berlín.
Durante las vacaciones de Semana Santa viajé a España para cumplir un viejo sueño: hacer el Camino de Santiago. Mientras lo recorría, me di cuenta de que, en un mundo donde se levantan muros de hormigón, muros de racismo, de xenofobia, de islamofobia, donde se erigen muros de desigualdades sociales, de desigualdades de conocimiento, de injusticias –con gigantescas inversiones para su mantenimiento, por cierto–, en un mundo donde el aislamiento, el alejamiento y el distanciamiento social parecen conformar una nueva cultura, también se consolida otra realidad. Una realidad en la que una nueva comunidad se erige y se impone sutilmente desde hace siglos. Una comunidad donde no existen muros, donde las personas, aun siendo conscientes de su individualidad, toman la decisión de mezclarse y caminar juntas, donde las cortinas no son de hierro, porque estas personas se ven, aprecian la presencia del otro y dialogan.
Estas personas se nutren y se unen por la espiritualidad, por la búsqueda del autoconocimiento y de la esperanza, porque los miembros de esta comunidad emprenden el camino conscientes de que se trata de un espacio de comunión, compartido y de intercambio, donde en las historias contadas por los peregrinos se reencuentra la esencia del ser humano: la necesidad de socialización. Un espacio donde la diversidad es imprescindible.
En el Camino de Santiago de Compostela, donde esta comunidad se va fortaleciendo, sus miembros caminan con determinación y firmeza, siempre con los demás o por los demás, «por los que ya se han ido, por los que están y por los que vendrán».
Fotografía: Getty