El rostro aka de la Iglesia

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La diócesis de Mbaiki (RCA) desarrolla una pastoral específica con las comunidades pigmeas de la región.


Las comunidades de pigmeos akas afincadas en la diócesis centroafricana de Mbaiki han encontrado en la Iglesia a una buena aliada en la lucha contra su secular marginación. Tras la creación en 2022 de la Comisión Pastoral Aka, presidida en la actualidad por la misionera comboniana española Hna. Lucía Fonts, son muchas las iniciativas que se coordinan para realzar la dignidad de este pueblo, entre las cuales se encuentra la celebración, el 24 de mayo, de la Jornada Diocesana del Pueblo Aka.



Acelero el paso para evitar que me deje atrás la Hna. Carla Curti, misionera comboniana italiana de 72 años que trabaja en la República Centroafricana desde 1994. Es domingo y apenas ha salido el sol. Nos dirigimos por estrechos caminos de tierra roja al campamento pigmeo aka de Ngoundou para la catequesis con los catecúmenos del primer año. «Los niños y niñas bantúes tienen catequesis entre semana, mientras que para los akas es mejor el fin de semana. Los de segundo año, de los que soy su catequista, se preparan al bautismo en la parroquia los sábados por la tarde, pero para los del primer año prefiero venir yo misma y asegurarme de que los encuentro», dice la ­religiosa. 

Llegamos a nuestro destino tras unos 30 minutos de caminata. Sin descansar ni un solo segundo, la hermana comienza a recorrer el poblado. «Ko ko ko, barala kwé, barala kwé… Es domingo… Catequesis… Barala kwé, barala kwé», repite y repite alzando la voz. De vez en cuando se detiene a saludar a alguien, pero enseguida sigue su ronda. Nadie es indiferente al paso de la religiosa. Todos la miran y poco a poco las personas van saliendo de los ­mopikos, sus casas tradicionales en forma de iglú, y de otras cabañas más propias de los pueblos bantúes que los pigmeos han adoptado como vivienda. Niños y jóvenes, pero también algunos adultos, dirigen sus pasos hacia el sólido edificio en piedra y ladrillo construido en medio del campamento por los misioneros polacos de la parroquia St. Pierre de Bagandou. Allí tiene lugar la catequesis.

Unos niños del campamento de Ngoundou. Fotografía: Enrique Bayo

Los catecúmenos entran en el aula despacio, uno a uno, incluso mucho tiempo después de que la Hna. Carla haga el signo de la cruz e inicie la lección del día en lengua sango. «Siento que la Buena Noticia les interesa. Además, saben que el bautismo les da dignidad con respecto a los bantúes, que los respetan más si están bautizados», explica la religiosa. Y continúa: «En general son perseverantes, aunque a veces se ausenten durante la estación de la recogida de hojas de coco, gusanos y setas o si coincide con una ceremonia de fin de duelo, un evento social fundamental al que no pueden faltar».

Ngoundou es un poblado afortunado desde el punto de vista pastoral. La cercanía de la parroquia y el compromiso de las misioneras combonianas ha hecho posible que varios grupos de catecúmenos hayan recibido el bautismo y participen de la vida eclesial. Además, una primera pareja de pigmeos akas recibió el sacramento del matrimonio en mayo de 2025 y otras se preparan para ello. 

La situación es diferente en buena parte de los muchos poblados akas de la parroquia de Bagandou, donde hay menos bautizos por falta de agentes pastorales. No obstante, Ngoundou y otros poblados son el ejemplo y la realización de lo que la diócesis de Mbaiki se ha marcado como objetivo pastoral, sobre todo desde el nombramiento de Mons. Jesús Ruiz como obispo diocesano en 2021: ser «una Iglesia cercana a los pobres con rostro aka».

Pigmeos aka del campamento de Siriri. Fotografía: Enrique Bayo



Pastoral

Mbaiki, al suroeste del país, es la diócesis centroafricana con mayor presencia de pigmeos akas. Se calcula que son unos 18 000 individuos, lo que supone entre el 8 % y el 10% de la población. Viven en familias de más de 40 personas y están presentes en casi todo el territorio diocesano, aunque se concentran, sobre todo, en las parroquias de Bagandou y Mongoumba. Reconocidos como los primeros habitantes de las selvas tropicales, este pueblo autóctono arrastra siglos de marginación y discriminación que aún persisten. «Sí, el aka es un pueblo que sufre todavía formas de esclavitud inadmisibles, ejercidas a veces incluso por nosotros, los cristianos, por falta de una toma de conciencia de la dignidad de cada ser humano», escribió Mons. ­Jesús Ruiz en una carta pastoral al inicio de su episcopado en la que invitaba a implicarse en una pastoral liberadora para este pueblo.

En 2022 se creó la Comisión Pastoral Aka, que comenzó presidiendo el propio obispo y de la que es responsable, desde hace ocho meses, la misionera comboniana española Hna. Lucía Fonts. Esta barcelonesa de 33 años, enfermera de profesión, llegó a Bagandou en 2019 para trabajar en el Hospital Beato Jan Beyzym, que gestionan las combonianas. En este servicio comenzó a conocer a los akas. Después de tres años y medio en el centro sanitario, su congregación la liberó para un trabajo a tiempo pleno junto a este pueblo autóctono. Estuvo un tiempo lejos de la República Centroafricana para preparar sus votos perpetuos, pero nada más regresar en septiembre de 2025, Mons. Jesús Ruiz la nombró presidenta de la Comisión.

La Hna. Carla Curti dando catequesis en Ngoundou. Fotografía: Enrique Bayo



Valores

La Hna. Lucía es una enamorada del mundo aka. Salvo un viejo tratado de los años 70 elaborado por un grupo de etnólogos, no existen gramáticas ni diccionarios de la lengua aka, lo que no impidió a la religiosa comenzar a aprenderla visitando las comunidades pigmeas, igual que hacían los misioneros de principios del siglo XX. Este vínculo le ha descubierto cosas maravillosas. «Donde tú solo ves un árbol –dice la hermana–, ellos ven mil cosas en función de para qué se utilice. Cuentan con muchas palabras diferentes para decir “árbol”. También tienen un gran conocimiento de anatomía, con palabras específicas que no existen en la lengua sango».

La conversación se alarga cuando la Hna. Lucía enumera los valores de la cultura aka. Destaca el sentido fuerte de la comunidad y la comunión de bienes, lo que, según ella, «tiene sus pros y sus contras, porque es un pecado muy grande no compartir, tan grave que te puede acarrear incluso la muerte». También está el valor del silencio que se transmite a través de los cuentos. La misionera recuerda uno en concreto en el que «Dios, al que los akas llaman Nkomba y a quien le gusta mucho la miel, castiga a los ruidosos, porque el bullicio que hacen no le permite escuchar dónde están las abejas». El relato se encarna en la realidad: los pigmeos son personas muy tranquilas y silenciosas. También aman el juego, la sencillez y el canto, «sobre todo el polifónico, que siempre va unido a algún rito, como curar a un enfermo, adivinar quién ha sido el culpable de algo o levantar un duelo. Es un pueblo que canta todo lo que hace, y esto crea cohesión».

Otro valor es la crianza. «Es muy difícil ver llorar a un niño, porque la madre lo lleva siempre consigo hasta el destete y está siempre dispuesta para alimentarlo. El contacto físico con la madre crea en el niño una seguridad muy grande que luego le permite superar la dureza de la vida que tantas veces tendrá que afrontar», dice la Hna. Fonts.

La laica misionera comboniana Teresa Monzón en un aula de la escuela de Bassin. Fotografía: Enrique Bayo



Objetivos

Con la motivación misionera de quien ama al pueblo con el que comparte su vida, la Hna. Lucía tiene muy claros los objetivos de la Comisión Pastoral Aka que preside: «El primero es concienciar al pueblo aka para que participe como todos los demás en la Iglesia y en la sociedad y evitar su marginación». Y añade: «Queremos hacerlo evitando el paternalismo en el que con frecuencia caemos los agentes pastorales y al que los propios akas se prestan un poco, algo que no les ayuda a crecer como adultos». De ahí la importancia de la capacitación de ­líderes akas que tomen la palabra y asuman responsabilidades como ellos mismos han sacado a relucir en los dos congresos que han organizado hasta la fecha. En la misma línea de defensa de los derechos de este pueblo se creó la Jornada Diocesana del Pueblo Aka, celebrada cada 24 de mayo como un momento importante de sensibilización de las comunidades cristianas, el mismo objetivo que tienen los programas semanales que anima la Comisión en Radio Songo, la emisora diocesana.

En casi todas las parroquias se han formado comisiones parroquiales compuestas por animadores akas y por bantúes sensibilizados por la causa del pueblo pigmeo. Estas comisiones son fundamentales para la Hna. Lucía, porque se encargan de coordinar todas las actividades evangelizadoras y educativas, mientras que «desde la diócesis nos toca formar, reforzar y capacitar a estas comisiones. Por eso organizamos sesiones formativas por grupos de parroquias», dice la misionera ­comboniana.

El trabajo es arduo porque la pobreza es grande entre los akas. Con frecuencia contraen deudas para comprar ropa u otros objetos que necesitan y luego no son capaces de reembolsar el dinero. Con facilidad se convierten en mano de obra barata para trabajar los campos de los bantúes. Incluso los niños akas, ágiles y acostumbrados a la selva, son requeridos para recoger las hojas en lo alto de las palmeras en una actividad peligrosa que roza la explotación infantil. Desde la Iglesia se invita a las familias a cultivar sus propios campos, pero no muchas lo han conseguido hasta el punto de ser completamente autónomas.

Cuatro de los cinco chicos del internado de Mbaiki. Fotografía: Enrique Bayo




La educación y el futuro

Por indicación de la Hna. Lucía visité a la familia del jefe ­Eboló Gaspard, cuyo campamento de Etoï se encuentra a cinco kilómetros del dispensario diocesano de Zomea, una antigua comunidad de las Misioneras Combonianas. Los últimos 800 metros los tuve que hacer a pie porque la moto no consiguió entrar por los caminos de selva. Estuve acompañado por Mathilde Mazigo, una mujer bantú, enfermera del dispensario, que al igual que la Hna. Fonts aprecia el mundo aka. «Me une a ellos una amistad de años, desde que llegué muy jovencita a Zomea. Les doy consejos, los animo y los felicito porque han conseguido dignificar su vida trabajando duro en sus propios campos». El jefe no estaba aquel día y Mathilde me presentó a Barthelemy ­Mbambé, uno de sus hermanos, que me llevó a ver los campos de mandioca, patatas, boniatos, plátanos y bananas para cocinar, y hasta compartió conmigo algunos frutos de su trabajo. Mbambé me dijo que el dinero que ganan les permite salir adelante, comprar marmitas y otros utensilios. También pagar la escolarización de cuatro niños de entre los muchos en edad escolar con que cuenta esta familia, compuesta por unas 50 personas.

La Hna. Lucía Fonts de regreso tras visitar el campamento pigmeo de Siriri. Fotografía: Enrique Bayo

El futuro del pueblo aka pasa por la educación. Es la convicción de las Hnas. Carla y Lucía y también de la laica misionera comboniana Teresa Monzón, coordinadora de las escuelas de la parroquia de Mongoumba. Esta toledana ha vivido varias etapas de su vida misionera en Mongoumba formando parte de la comunidad internacional de los Laicos Misioneros Combonianos y conoce bien la evolución de las escuelas: «Nacieron para la alfabetización de los niños pigmeos siguiendo un método especial que les ayudaba a aprender a leer y escribir partiendo de lo que ellos conocen. Más tarde se vio que los akas necesitaban convivir con los otros niños para que no bajaran la cabeza cada vez que vieran a un bantú, lo que se evita si juegan juntos desde pequeños. Por eso estos centros pasaron a ser escuelas de integración con niños bantúes y pigmeos».

Hoy la parroquia dispone de cuatro escuelas. La de Saint Georges ofrece los seis cursos que componen el ciclo de Primaria, mientras que las escuelas de Ndobo, Bassin y ­Molabaye solo ofrecen los cuatro primeros cursos. Son centenares los niños y niñas pigmeos escolarizados, pero el absentismo escolar sigue siendo muy alto y muchos abandonan pronto. De hecho, solo un niño pigmeo de toda la parroquia está estudiando el último año de Primaria y seis el penúltimo. La diócesis inauguró en 2024 un internado para niños pigmeos en Mbaiki y paga los estudios de Secundaria a todos aquellos que hayan concluido el ciclo anterior, pero de momento solo hay cinco niños de toda la diócesis en el internado. Para las niñas es todavía más difícil estudiar y conseguir concluir el ciclo de Primaria.

Sin embargo, Teresa Monzón se muestra esperanzada con la evolución y afirma estar «comenzando a ver el fruto de todo el trabajo que se ha hecho durante estos últimos años», aunque quede mucho camino todavía. Motivo para la esperanza es también la presencia de Maurice Simbondo en la escuela de Molabaye. Él es el primer profesor aka de Mongoumba tras su paso por el Centro Pedagógico Papa Francisco de Mbaiki.   



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