«Estamos aquí porque el sistema ha fallado»

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En el tercer año de la guerra en Sudán, las Salas de Respuesta a la Emergencia se han convertido en fundamentales.



El próximo 15 de abril se cumplirán tres años del inicio de la guerra entre las Fuerzas Armadas Sudanesas y las Fuerzas de Apoyo Rápido. Con avances y retrocesos en el terreno militar, la población vive inmersa en la que ya se ha calificado como la peor crisis humanitaria del planeta en la actualidad. Ante la ineficacia de la Administración, el efecto de los combates y las excesivas condiciones que ponen las principales agencias de ayuda humanitaria, los sudaneses han encontrado en las Salas de Respuesta a la Emergencia uno de los soportes para sobrellevar la crisis que afecta al país.



En abril de 2026, Sudán cumple tres años de una guerra que ha desmantelado la tercera nación más grande de África. Lo que comenzó como una lucha por el poder entre las Fuerzas Armadas Sudanesas y las Fuerzas de Apoyo Rápido (SAF y RSF, respectivamente, por sus siglas en inglés) el 15 de abril de 2023, se ha convertido en un estancado proceso de destrucción. Las líneas del frente ya no son solo militares, sino ­existenciales.

Las estadísticas humanitarias son impactantes: más de 12 millones de personas se encuentran desplazadas –la mayor crisis de este tipo en el planeta– y casi 33 millones de personas, es decir, dos tercios de la población, se enfrentan a una hambruna catastrófica. En Darfur y las montañas Nuba, el hambre ya no es una advertencia, sino una causa diaria de muerte. La geografía de la guerra ha cambiado a una mentalidad de asedio. En Darfur Norte, la ciudad de Al Fashir sigue siendo objeto de intensos bombardeos (ver MN 718, p. 11), mientras que en Kordofán del Sur, las ciudades de Dilling y Kaduqli son islas aisladas de supervivencia donde la situación humanitaria se deteriora cada hora debido al bloqueo de las rutas de suministro.

En el ámbito político, el panorama está también fracturado. El 9 de febrero de 2026, Sudán anunció su regreso a la Autoridad Intergubernamental sobre el Desarrollo (IGAD) tras una controvertida suspensión a principios de 2024. Sin embargo, los avances diplomáticos siguen siendo una esperanza lejana. Mientras los generales negocian en lujosos hoteles en el extranjero, el uso de la ayuda como arma se ha convertido en una táctica militar habitual sobre el terreno. Los convoyes son saqueados o bloqueados con frecuencia por ambas partes como forma de someter por hambre a los territorios controlados por el enemigo. Ahmed Farouk Musa, portavoz de la Sala de Emergencias del Sur de Jartum, reclama la despolitización de la ayuda y señala que «cada vez que se celebran negociaciones, la labor humanitaria se lleva a cabo al margen y, en el momento en que fracasan, las discusiones humanitarias mueren». En este vacío, el Estado ha dejado de existir como proveedor de servicios, lo que deja al pueblo de Sudán ante una disyuntiva: organizarse o perecer.

Un hombre observa las ruinas de un edificio en la localidad sudanesa de Suakin el pasado 22 de enero. Fotografía: Mutawakil Issa / Getty. En la imagen superior, refugiados sudaneses en el campo temporal de Oure Cassoni (Chad), el pasado 24 de febrero. Fotografía: Dan Kitwood / Getty



Una red coordinada

Las Salas de Respuesta a la Emergencia (ERR, por sus siglas en inglés) suelen ser retratadas en los medios occidentales como una agrupación espontánea de «jóvenes valientes». Esta narrativa, aunque bienintencionada, ignora la sofisticada arquitectura administrativa que los sudaneses han construido para sustituir a un Estado colapsado. Según un informe del laboratorio de ideas ­Futures Collaborative, las ERR han evolucionado hasta convertirse en una administración civil estructurada y organizada en cuatro niveles distintos.

La base la constituyen las ERR vecinales. Se trata de centros a nivel de barrio que, a menudo, surgen de comités de resistencia o redes de mezquitas ya existentes. ­Ammar Tawfiq (nombre ficticio), voluntario en Darfur Norte, explica que el movimiento comenzó a nivel local: «Los jóvenes se apresuraron a organizarse en pequeños grupos según las divisiones vecinales. Más tarde, surgió la idea de organizar a los jóvenes en los barrios, por lo que se crearon salas base». Señala que en su región comenzaron con 17 salas base y continuaron expandiéndose hasta incluir todas las localidades del estado. Gestionan las takaya (cocinas comunitarias) y las emergencias sanitarias inmediatas. Por encima de ellos están las ERR locales, que sirven de puente entre los barrios. Su trabajo es estratégico: gestionan áreas sectoriales como la salud o la comunicación para garantizar que dos takaya no se peleen por la misma bolsa de harina mientras otro barrio pasa hambre.

El tercer nivel es la ERR estatal, que coordina los recursos de toda una región, como Jartum o Kordofán del Sur. Se encarga de la toma de decisiones de alto nivel y de la asignación de recursos. Por último, en la cima se encuentra el Consejo de Coordinación de la Localización (LCC, por sus siglas en inglés), una plataforma nacional que conecta a 13 estados.

«No somos solo un grupo de ayudantes», explica Ahmed Farouk Musa. «El LCC es nuestro mecanismo nacional para la asignación de recursos». Al crear esta jerarquía, las ERR han creado un «gobierno en la sombra» que a menudo está más organizado que las facciones militares que se disputan las ruinas del país. En ciudades como Kosti, las ERR de base han coordinado refugios para 82 campamentos de desplazados internos gestionados por la comunidad. No se trata de caridad, sino de un servicio civil de base que mantiene la única infraestructura funcional que queda en el país.

Un grupo de desplazados internos en el campamento de Zamzam, a las afueras de Al Fashir (Darfur Norte), recibían alimentos elaborados en una cocina comunitaria organizada por las ERR el 4 de mayo de 2025. Fotografía: Lyndsey Adario / Getty



La ayuda externa y el Sistema F

Una de las barreras más importantes para la ayuda en Sudán es el «muro burocrático» de Occidente. Los donantes internacionales suelen exigir extensos informes y recibos oficiales. En un país donde el sistema bancario ha colapsado y el acceso a Internet es un lujo, estos requisitos bloquean la ayuda. Para resolver esto, los sudaneses crearon el Sistema F, un modelo de «rendición de cuentas ligera» que prioriza la rapidez sin sacrificar la transparencia. 

El modelo consta de cinco etapas digitales: F1 (Planificación y presupuesto), en la que una sala base identifica una necesidad; F2 (Aprobación del proyecto); F3 (Acuerdo contractual); F4 (Informe financiero) y F5 (Informe descriptivo).

Dado que en una zona en guerra no existen facturas formales, el Sistema F utiliza un sistema de verificación social. Tawfiq destaca que esto genera un nivel de transparencia único. «La confianza de la comunidad se deriva de la forma en la que se gestionan las subvenciones y los fondos. Por ejemplo, si una sala de base recibe una subvención, lo anunciará en su página de Facebook y mencionará la actividad que está llevando a cabo». Destaca la naturaleza austera de este sistema y señala que «los incentivos para los voluntarios no superan el 8-10 % del total de la subvención», lo que contrasta con los elevados gastos de las agencias internacionales. Las takaya no proporcionan un recibo por la carne comprada en un mercado local, sino que suben una foto del producto que se está cocinando y se verifica con testigos del barrio. 

El sudanés que se esconde detrás del pseudónimo Malik Nouman explica: «El sistema F nos permite movernos con una fluidez que las organizaciones no pueden igualar». Mientras que los empleados de las ONG pueden esperar semanas para obtener una autorización para liberar fondos, una ERR puede identificar una zona afectada por la hambruna y facilitar microcréditos casi al instante. Esta innovación digital demuestra que la rendición de cuentas no requiere un traje y una cuenta bancaria, sino la confianza de la comunidad. Es un desafío directo a la industria de la ayuda humanitaria, que mueve miles de millones de dólares, y demuestra que la simplicidad radical es más eficaz en una crisis que la rigidez.

Una mujer lleva agua en bidones de plástico en el campo de desplazados de Abu al-Naga, en el estado de Gedaref, a unos 420 km al este de la capital, Jartum, el pasado 6 de febrero. Fotografía: Getty



Otro campo de batalla

Los cuerpos de las mujeres se han convertido en un campo de batalla relevante. A mediados de 2025, los expertos de la ONU documentaron 221 casos de violencia, aunque las autoridades subrayan que estos representan una pequeña proporción del total debido al estigma y a las dificultades de acceso a la zona. Se estima que 8,1 millones de mujeres y niñas en edad reproductiva necesitarán servicios urgentes de salud reproductiva en 2026 debido al colapso del sistema sanitario. Mientras que las clínicas internacionales oficiales suelen estar situadas en zonas «seguras» a kilómetros de distancia de las supervivientes, las Salas de Respuesta para Mujeres (WRR, por sus siglas en inglés) operan en el corazón de la comunidad.

Sarah Adam Al-Hajj, responsable de programas en Kadugli, describe los «foros del té y el café» como una herramienta revolucionaria para el apoyo psicosocial. «Las mujeres llegaron a un punto de angustia tal que eran incapaces de llorar», afirma. En la cultura sudanesa, el círculo del té es un espacio sagrado y privado. Al centrar su ayuda en estas reuniones tradicionales, las WRR crean zonas seguras para las supervivientes que nunca pisarían una clínica debido al estigma o al miedo a los militares.

Estas salas no solo escuchan, sino que también actúan. Las WRR gestionan las derivaciones médicas y coordinan las evacuaciones de las personas en riesgo de sufrir abusos, entre otras iniciativas. Se han convertido en las artífices de la protección en una guerra en la que el sistema legal formal ha desaparecido por completo. Estas mujeres son a menudo las únicas dispuestas a arriesgarse a cruzar las líneas del frente para entregar kits de higiene y anticonceptivos de emergencia. Su trabajo representa un cambio en la vida civil sudanesa: las mujeres ya no son solo las beneficiarias de la ayuda, sino sus líderes más valientes. 

Al-Hajj destaca un profundo cambio en los roles de género surgido de la desesperación: las mujeres se han convertido en las principales artífices de la supervivencia. En ausencia de mercados y ayuda, ahora son ellas quienes identifican qué plantas silvestres y hojas de árboles se pueden consumir, no por su valor nutricional, sino como última línea de defensa contra el hambre, al tiempo que gestionan de manera meticulosa los escasos recursos de sus hogares para mantener la vida en medio de las ruinas.

Sudanesas refugiadas en Chad esperan la distribución de raciones de ayuda internacional en el campo de refugiados de Ourang. Fotografía: Mohamed Belal / Getty



Paradojas

La ironía más amarga de la guerra de Sudán es que quienes más trabajan son los que menos apoyo reciben. Según el informe de Futures Collaborative, los grupos de ayuda mutua recibieron el 8 % del Fondo Humanitario de Sudán en 2024. En 2025, esa cifra se desplomó hasta un sorprendente 1 %.

¿Por qué? Porque el sistema de ayuda internacional está obsesionado con la oenegización. Los donantes presionan a las ERR para que se registren como oenegés formales, abran cuentas bancarias y adopten sistemas de cumplimiento occidentales. Pero para las ERR, esto es una sentencia de muerte. En los territorios controlados por las SAF, registrarse como una ONG a menudo significa estar bajo vigilancia gubernamental. En los territorios de las RSF, puede dar lugar a acusaciones de espionaje extranjero. Malik Nouman explica el peligro: «La mayoría de los jóvenes que acudían a las ERR formaban parte de las filas revolucionarias. El Gobierno tenía una opinión diferente sobre ellos». Señala que los voluntarios trabajan bajo el riesgo constante de ser detenidos y sufrir ataques aéreos, y añade que han «perdido a muchos amigos en tales circunstancias». Casi 160 voluntarios de las ERR han sido asesinados y cientos más detenidos o torturados, según se indica en el portal Right Livelihood. 

«Estamos aquí porque el sistema ha fallado», afirma Khalid Omer, voluntario en Jartum. Y añade: «No queremos convertirnos en otra ONG más». Esta lucha por la autonomía es el eje central de este asunto. La comunidad internacional quiere socios a los que pueda controlar mediante trámites burocráticos, mientras que los sudaneses quieren una solidaridad que respete su independencia.

Ahmed Farouk Musa destaca la «doble moral global» que sustenta esta desigualdad. Señala que, mientras que el mundo se movilizó con financiación flexible y directa para los grupos locales en Ucrania, ha ignorado el mismo modelo en Sudán. «La muerte en África no se trata igual que en otros lugares», afirma. No es solo una cuestión de financiación, sino de un fracaso moral. Las ERR han demostrado que pueden negociar pases seguros para los convoyes de ayuda entre las líneas de las SAF y las RSF y han demostrado que pueden auditar cada céntimo a través del Sistema F. 

Para mantener la neutralidad, las ERR despolitizan sistemáticamente sus negociaciones. «Cuando nos sentamos a negociar, cualquier discusión se basa en fundamentos humanitarios con el fin de abrir vías seguras para la entrada de la ayuda», explica Farouk. Incluso han emitido documentos formales en los que rechazan cualquier vinculación política o militar. Sin embargo, ambas partes les acusan constantemente de parcialidad, lo que demuestra su férrea independencia. Asem Ahmed Musa concluye que están trabajando para proporcionar ayuda a pesar de un conflicto «que refleja la naturaleza de la guerra, que se dirige básicamente contra la humanidad».

Las ERR han hecho mucho más que alimentar a una nación hambrienta: han reescrito las reglas del humanitarismo. Han demostrado que, en ausencia de un Estado, el vecindario puede convertirse en un poder soberano. Ahora que Sudán entra en su cuarto año de conflicto, el mundo debe decidir si sigue financiando una burocracia paralizada o si, por fin, apoya a los vecinos que se niegan a marcharse. Las ERR simbolizan la única vía de supervivencia en un país que se está desangrando.   



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