Tres formas de cambiar el mundo

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Tres científicas africanas que investigan en universidades españolas cuentan su experiencia.



Cathy Soh Kamdjo, Kaarina Shilula y Blessing Taimi comparten su pasión por la ciencia y sus motivaciones: mejorar la vida de otras personas, preservar la riqueza natural y comprender mejor un mundo en transformación debido al cambio climático. Las tres están realizando doctorados en universidades españolas, a través del programa de becas Learn Africa, de la Fundación Mujeres por África. Esta iniciativa promueve el intercambio de conocimiento y el fortalecimiento de unas capacidades que las investigadoras podrán aplicar en Camerún, Namibia y Nigeria. MUNDO NEGRO ha hablado con ellas sobre su motivación profesional y su experiencia en España.


En busca del medicamento

«Cuando era pequeña, teníamos el lujo de tener tele. No todas las casas la tenían. Cuando aparecerían noticias de guerra en la televisión nacional, me nacía el deseo de ayudar a esa gente. Les decía a mis padres que quería ser “médica sin fronteras”, sin saber muy bien qué era eso. Quería ir donde me necesitaran». Cathy Soh Kamdjo (1987, Bertoua, Camerún) es una mujer soñadora que dedica mucho tiempo a pensar cómo mejorar la vida de la gente más vulnerable. Es lo que da sentido a su vida, dice. No logró superar la prueba para entrar en la facultad de Medicina, pero obtuvo la diplomatura como técnica de laboratorio y, gracias a que toda su familia se movilizó para pagar la matrícula, cursó un año más en la Universidad Católica de África Central para conseguir la licenciatura. 

Cathy Soh Kamdjo, el día de la entrevista. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo

Poco después de comenzar como jefa de laboratorio en un hospital religioso, Cathy tuvo la oportunidad de ir a Guinea Ecuatorial a trabajar junto a unas monjas. Allí estuvo cuatro años. «Había gente que decía que me iba a Guinea Ecuatorial por el petróleo. Nunca he pensado en la salud para ganar dinero, yo quería servir». Durante su estancia conoció a una médica española que impartió un curso sobre microbiología. «Me encantó su manera de ser y me empecé a interesar por la microbiología así que, al volver a Camerún, hice un máster». Actualmente realiza el doctorado en Biomedicina y Ciencias de la Salud en la Universidad de León y su tesis doctoral está enfocada en el tratamiento de las enfermedades tropicales desatendidas, concretamente de la leishmaniosis. Su trabajo consiste en descubrir un medicamento para combatir una de las variantes: la leishmaniosis visceral. A diferencia de otras que afectan a la piel y a las mucosas, esta incide en los órganos internos y, sin tratamiento, es mortal en el 90 % de los casos. «Mi misión es probar moléculas sobre el parásito para ver si lo matan y comprobar su acción en células sanas. Descubrir un medicamento lleva muchos años, y esta es una enfermedad que afecta a muchas personas que viven en regiones muy pobres. Las compañías farmacéuticas no se involucran mucho. No les interesa, porque no van a obtener beneficios. Así es el capitalismo. Estamos intentando implicar a otras organizaciones, pero no hay muchos fondos».

Se han identificado casos de leishmaniosis visceral en el norte de Camerún, pero al no haber evidencia de más casos en el resto del país, no se ha señalado como un problema de salud pública, «y no porque no exista», dice Cathy. «Hay mucho trabajo que hacer sobre el terreno para saber cuál es la verdadera situación. Hay más registros en África del Este y también hay casos en Chad y Nigeria, con quien tenemos frontera. También en Sudán e incluso en España. Debemos ver las enfermedades desde una perspectiva global, no podemos pensar que están lejos y que no nos pueden afectar, porque estamos en continuo movimiento».

Le preguntamos por sus aspiraciones. Ella quiere proseguir en la investigación e imagina su futuro dedicándose a proyectos de salud global «que impacten en la vida real y que estén enfocados en la población más vulnerable. Me pregunto qué habré dejado cuando yo ya no esté. Mi sueño es cambiar las cosas». 





La resiliencia de las plantas

Kaarina Shilula, en Madrid, el día de la entrevista. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo


Kaarina Shilula nació hace 33 años en el sur de Namibia. Estudia un doctorado en Conservación y Restauración de Ecosistemas en el Departamento de Ecología de la Universidad de Alicante. Su investigación se centra en cómo responden las plantas de zonas áridas al cambio climático, lo que puede ser de gran utilidad para la restauración de hábitats. Investiga cómo las plantas, mediante la producción de unos compuestos químicos llamados fenólicos, logran adaptarse a las condiciones de sequía. Maneja datos de zonas áridas de 25 países. «Las zonas áridas cubren el 40% de la superficie de la Tierra y de ellas dependen más de 2 000 millones de personas vulnerables a la escasez de agua, incluidos quienes dependen del pastoreo para sobrevivir. Mi objetivo es estudiar las plantas que crecen en estas áreas para entender cómo responden, por ejemplo, al incremento de las temperaturas. Así podremos saber cómo gestionar esos ecosistemas en el futuro, en un contexto de cambio climático».

Namibia ocupa casi el doble de superficie que España, aunque apenas supera los tres millones de habitantes, y es el país más seco al sur del Sahara. Tiene el desierto más antiguo del mundo –el Namib–, y la mayor parte de su territorio es inhabitable para el ser humano. «Pero hay plantas y animales que se adaptan bien a este ambiente», explica Kaarina. «En el desierto hay mucha vida. Todavía hay leones del desierto, elefantes y pequeñas criaturas que se adaptan muy bien. El tema de la escasez del agua y la resiliencia no es algo nuevo para mí, crecí experimentándolo». Kaarina fue scout de niña. Con su grupo acampaban, visitaban los parques nacionales y aprendían cómo es la vida de los animales y las plantas del desierto. «Aquello hizo que me enamorara de la naturaleza. El scout tiene como norma proteger a las plantas y a los animales, y eso influyó en mi decisión de estudiar ecología y gestión de recursos naturales». Tiene una relación especial con las plantas, particularmente con las flores. «Tengo un álbum lleno de fotografías de flores. Cada vez que veo una planta nueva, me paro a admirarla. Aquí en España son diferentes a las plantas namibias. Aunque no conozco las especies, puedo identificar la familia por la forma de las hojas o de las flores».

Kaarina es introvertida. Cuando no está en casa viendo una serie, en el trabajo o pasando el rato con algunos amigos, hace senderismo o pasa el día en la playa. Nos habla de dos de sus lugares favoritos: el Parque Nacional de Etosha, en Namibia, y el Parque Natural de la Font Roja, en España. Le preguntamos si le preocupa el calentamiento global. «Lo que me preocupa especialmente es la mentalidad de la gente. Hay quien piensa que el cambio climático es mentira y contribuyes a que empeore. Si logramos cambiar la mentalidad de la gente, el clima mejorará».




«La química lo explica todo»

Blessing Taimi el día de la entrevista. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo



Blessing Taimi es nigeriana, tiene 28 años y está realizando un Doctorado en Ciencia Electroquímica y Tecnología en la Universidad de Lleida. Nació en el sur del país, en el estado de Bayelsa, y creció en un ecosistema costero. «Lo que hago básicamente es estudiar cómo los metales interactúan con materia orgánica disuelta en el mar y forman compuestos, que pueden afectar a la liberación de carbono o a la toxicidad del agua». Al preguntarle por su interés por la ciencia, responde que en Nigeria los padres suelen animar a sus hijos a estudiar Derecho o Medicina. Blessing pensó que sería más fácil encontrar trabajo por la rama sanitaria, pero un profesor extraordinario le inoculó la pasión por la química. «La química lo explica absolutamente todo, hasta por qué tu pelo es como es. Nos ayuda a entender la naturaleza de nuestro entorno inmediato», enfatiza. Como a Karina, también le preocupa el cambio climático. «Antes no le prestaba tanta atención, pero cada vez me interesa más. Los humanos hemos causado mucho daño a la naturaleza y tenemos que buscar remedios para revertir lo que ya hemos hecho».

Asegura que en su país, el interés por las carreras científicas crece entre las mujeres. «Pero hay escenarios en los que no tienen tantos privilegios como los hombres. Aunque hayan estudiado en al universidad se espera que, después de casarse, cuiden de su casa. En la actualidad la situación económica del país es bastante mala y, aunque te cases, resulta muy conveniente tener tu propia fuente de ingresos, lo que ayuda a que las mujeres continúen con sus carreras». Los padres de Blessing siempre valoraron mucho la educación de sus hijos, y ella nunca ha sentido la presión de tener que casarse, aunque sí está entre sus planes futuros.



Intercambiar conocimientos y costumbres

Blessing Taimi en un parque de Madrid. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo


Es la primera vez de Blessing en España. Antes de comenzar el doctorado en Lleida, hizo un máster en la Universidad de Santiago de Compostela. Al principio le costó adaptarse a un entorno nuevo. La barrera lingüística y su carácter algo reservado no se lo pusieron fácil, pero encontró a gente amigable y recibió unas clases de español que le han permitido disfrutar de la experiencia. Menciona un detalle que la tranquilizó antes de llegar a Santiago de Compostela. «Soy católica, y quería asegurarme de que tendría cerca algún lugar donde poder practicar mis actividades religiosas. Cuando descubrí que la ciudad tenía una famosa catedral, me animé mucho». Cuando llegó a España, estaba mucho más delgada que ahora, cuenta. «Ahora, cuando mi familia me ve, me dice que se nota que aquí estoy disfrutando», explica mientras ríe y asegura que sus platos favoritos son la tortilla y la paella. Dos costumbres le impactaron al llegar: la forma de saludarse, con besos en la mejilla, y tutear y llamar por el nombre de pila a los profesores. Le resultaba incómoda esta cercanía, ya que en Nigeria lo habitual es dirigirse al profesor o la profesora como señor o señora, seguido del apellido, como señal de respeto. Pero se ha ido habituando y le ha cogido el gusto a esta otra forma de relación. «Coloca a todo el mundo al mismo nivel. Muestra cierta humildad y una predisposición a aceptar a la gente». A los besos también se ha acostumbrado, tanto que ahora es ella la que suele propiciarlos en los saludos.

Cathy Soh Kamdjo junto a la sede de la Fundación Mujeres por África. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo



Para Cathy Soh Kamdjo, en cambio, es su segunda visita a España. Coincide con Blessing en al principio le resultaba difícil dirigirse a los profesores por su nombre de pila. «La cultura africana está muy enfocada en respetar a los mayores. Fue un choque cultural. En Camerún, cuando un mayor te habla, no le miras directamente a los ojos. Es una señal de respeto. Justo lo contrario que aquí, donde, si no miras a la persona que te está hablando, se percibe como irrespetuoso». Su primera llegada al aeropuerto Adolfo Suárez-Madrid Barajas le impactó. «No tenía nada que ver con mi país. Era un mundo diferente. Me quedé sorprendida por el progreso que tiene España. Me trasladé a A Coruña en autobús, y me sorprendió ver lo bien desarrollada que estaba una ciudad que ni siquiera era la capital, con su transporte público y sus espacios verdes en los que poder pasear o hacer ejercicio. La comparo con nuestra capital y pienso que todavía tenemos un gran trabajo por delante».

De su estancia en España a Cathy le ha contrariado encontrarse determinados prejuicios en ciertas personas. «Hay gente que nunca ha estado en África y lo que saben, lo saben por la tele. Y la tele normalmente no muestra lo bueno, solo lo peor. Así que tú tienes que deconstruir esta idea que tienen», explica. Ha conocido a personas a la que les cuesta aceptar que alguien con la apariencia de Cathy se dedique a la ciencia en vez de a trabajos como el de limpieza o los cuidados. «No esperan que tengas una carrera académica. Para mí es muy raro, porque de donde yo vengo hay muchas chicas que están estudiando, que tienen carrera y que están muy bien formadas. Nos ven como gente que a la que siempre hay que ayudar, como si no pudiéramos aportar nada. No es así. Y este patrón se repite, no es algo puntual. Yo puedo entender que han crecido con ese estereotipo y que es muy difícil de cambiar, pero no me imaginaba que lo vería en personas inteligentes que han estudiado. Me afecta, duele, pero sé que no es culpa suya. Han crecido con esas ideas formadas desde la tele, no desde la tierra. Pero también me estoy encontrando con personas con mente muy abierta».

Kaarina Shilula en una calle de Madrid día de la entrevista. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo



Kaarina llegó hace más de tres años. Los comienzos fueron un poco duros al sin conocer el idioma, sin familia y sin amigos, pero aprendió a adaptarse y a ser independiente. «Creo que no hay mucha diferencia entre España y Namibia. Me sorprendió lo afectuosa y cariñosa que es la gente. He vivido una temporada en Alemania, y allí la gente no se acercaba e iniciaba una conversación en la parada del autobús, como ocurre en España o en mi país. España tiene en común con Namibia también el sentido de comunidad. Aquí la gente se reúne mucho para celebrar».

La experiencia está beneficiando a Cathy, Kaarina, Blessing y a las universidades que las han acogido tanto en el aspecto académico como en el vivencial. La transferencia de conocimientos, el trabajo común y el intercambio cultural supone un impacto positivo en sus protagonistas y en las comunidades de las que proceden. Como concluye Cathy, «quien tiene la mente abierta y está dispuesta a acoger lo que puede enseñarle una persona diferente, con una cultura distinta, tiene mucho que aprender».

Blessing, Cathy y Kaarina en el centro de Madrid. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo




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