Gastar (o emplear) el tiempo

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Por Hna. Omaira Martín Jiménez



El 9 de febrero se cumplieron 10 años desde que pisé suelo africano por primera vez. Llegué a Zambia con una mezcla de alegría, miedo, curiosidad, ilusión, entusiasmo e incertidumbre. Siendo sincera, también rondaban en mi cabeza ciertos prejuicios que vienen de lo que los demás te cuentan sobre África. Me hizo falta tiempo para que desaparecieran y empezara a apreciar la vida con sus valores, fortalezas y debilidades.

Una de las primeras cosas que me impactó es la relación que la gente tiene con el tiempo y la calma con la que hacen las cosas. El reloj no tiene mucha importancia. Si las horas no alcanzan para las tareas de hoy se continúa mañana. Por otro lado, me parecía sentir que, en ciertas situaciones, las personas no parecen darle importancia al futuro, como si no existiera. Viven en el hoy. Si mañana se sigue con vida, ya se verá.

Estoy destinada en la comunidad que las misioneras combonianas tenemos en la Diócesis de Mongu, al oeste del país. Mi trabajo con los catequistas y jóvenes me hace gozar de la misión. El pueblo lozi, entre el que vivo, se toma su tiempo para aceptarte. Se acercan con prudencia hasta que sienten que pueden confiar en ti. Solo entonces te acogen en sus familias y comparten sus historias. Incluso aceptan que los corrijas cuando es necesario.

He podido experimentar esta realidad con los catequistas al visitar las parroquias. Cuando compartimos la formación, comemos o simplemente damos un paseo al atardecer, siento que me cuidan y me explican aspectos de su cultura, como los funerales o los matrimonios. Me quieren ayudar a entender el porqué de algunos comportamientos y de otras cosas útiles de la vida cotidiana. 

En mi trabajo pastoral con los jóvenes he aprendido mucho. Cuando me encuentro con las familias de los jóvenes animadores misioneros, algunos padres me llaman «mi hija». Me agradecen mucho que vaya a verlos. Me han enseñado el valor de «gastar el tiempo» en una visita. Al compartir con ellos las iniciativas que realizamos con sus hijos e hijas se sienten parte de ello. Por eso, cuando les invitamos a participar, por ejemplo, al envío misionero, en octubre, responden con entusiasmo. Esa actitud nos ha permitido comenzar una pastoral familiar más amplia.

Los jóvenes zambianos han conquistado mi corazón. Con ellos ayudamos a otros jóvenes, niños y ancianos que necesitan una pequeña casita de paja para cocinar durante el tiempo de lluvia, un poco de comida o algo de vestir, o simplemente que los visiten. Caminar con estos jóvenes hace que me sienta viva. Creo profundamente que cada uno de estos chicos es capaz de grandes cosas si sienten que alguien cree en ellos y confía en su capacidad para asumir ­responsabilidades.


En la imagen superior, la Hna. Omaira Martín, con dos catequistas en la diócesis de Mongu. Fotografía: archivo personal de la autora.



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