«En Nacala hacemos la ‘pastoral del gato y el ratón’»

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Mons. Alberto Vera Aréjula, obispo de Nacala (Mozambique)



La región de Cabo Delgado, en el norte de Mozambique, sufre desde hace casi una década la violencia de grupos radicales islámicos que ha provocado el desplazamiento de más de un millón de personas y más de 6 000 víctimas mortales. El obispo de Nacala, el misionero mercedario Mons. Alberto Vera Aréjula, ha conversado con MN a su paso por Madrid, donde participó el pasado 27 de febrero en «La noche de los testigos», una vigilia de oración convocada por Ayuda a la Iglesia Necesitada en España.


Empecemos por la ciudad. ¿Cómo es Nacala?

Nacala era un puerto alrededor del cual nació una ciudad hace 50 años. Su población ha pasado de 300 000 a 500 000 habitantes. Ha crecido de forma irregular y tiene barrios con mucha pobreza donde vive más de la mitad de la población. Es una zona comercial, debido al puerto, que mueve una riqueza impresionante. Por ahí sale cemento o el grafito que se explota en Cabo Delgado. 



¿Y la diócesis? ¿Qué puede decirnos de ella?

Con una superficie cercana a los 26 000 km2, tiene unos 250 km de carreteras asfaltadas. El resto son caminos. A lo largo de la costa desembocan más de diez ríos, lo que hace que en la época de lluvias no podamos visitar las comunidades y se nos haga bastante difícil el movimiento entre las parroquias y las misiones. La diócesis la erigió Juan Pablo II en 1991 y yo soy su segundo obispo. Durante los 28 años de mi predecesor, Mons. Germano Grachane, la mayoría de las misiones estaban en manos de combonianos y combonianas, que han hecho un esfuerzo grandísimo por crear la Iglesia local. Yo he recibido ese fruto. En estos últimos siete años he ordenado a 19 sacerdotes diocesanos y también han venido a la diócesis los Escolapios. En este momento trabajamos 26 sacerdotes diocesanos, 18 religiosos de cinco congregaciones y 70 religiosas de 15 congregaciones. La mayor parte del trabajo, debido a la gran extensión de la diócesis, está en manos de los laicos. Ellos son los responsables de las comunidades. Contamos con 26 parroquias/misiones. Las mayor de todas tiene 140 comunidades, algunas a 35 o 40 km de la sede. La menos extensa es urbana, con unas 14 comunidades. 



¿Cuánto tiempo dedica el obispo al impacto de la violencia en la diócesis?

Desgraciadamente mucho. Debo estar muy próximo a mis sacerdotes, sobre todo a aquellos que están en zonas donde han entrado los terroristas. Llamadas casi diarias para saber cómo están, dónde están… Desde septiembre del año pasado, solo han regresado los sacerdotes de dos de las tres parroquias/misiones del distrito de Memba que tuvieron que salir. El resto viven en misiones vecinas y acuden a atender y acompañar a las comunidades que permanecen allí. Los mismos laicos animadores les dicen que no se queden debido a la inestabilidad y el miedo que hay en esas comunidades. La parroquia o misión de San Pedro de Lurio, en Chipene, donde mataron a la hermana Maria de Coppi en 2022 (ver MN 685, pp. 42-45), sigue siendo el lugar más inestable.  

El responsable del cuidado de una mezquita mira hacia la calle en el barrio de Paquiteque, en Pemba. Fotografía: John Wessels / Getty. En la imagen superior, Alberto Vera Aréjula el día de la entrevista. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo



¿Hay alguna indicación del obispo o de la diócesis para irse o quedarse? 

Debido a la situación de violencia que se produjo desde septiembre hasta finales de noviembre, tuvimos una reunión con todos los sacerdotes y religiosos de la diócesis el pasado 19 de diciembre para reflexionar sobre cómo atender y apoyar a las parroquias, a los sacerdotes y a los responsables de estas comunidades, qué tipo de pastoral hacer y cómo estar atentos para que no ocurra lo mismo que con la hermana De Coppi. Aquí hablamos de «la pastoral del gato y el ratón», que significa que cuando el pueblo carga las pocas cosas que puede y se pone en camino debido a la violencia, los sacerdotes salen con el pueblo. Y cuando la comunidad regresa, los sacerdotes vuelven. Lo más triste es el miedo que ha penetrado en el pueblo cristiano, pero también entre los musulmanes tradicionales. 



¿Cuándo llegó el islam a la zona? ¿Cómo es su relación con las comunidades cristianas?

El islam llegó hace 1200 años. Entre el cristianismo, el catolicismo y el islam tradicional hay buen entendimiento. Eso es lo que nos dicen los animadores. El problema está con aquellos musulmanes que se implantaron aquí hace unos 20 o 25 años y no se entienden con los seguidores del islam que vivían aquí. Esto, además, genera un gran desconcierto entre musulmanes y cristianos. Las familias de toda esa zona están constituidas por musulmanes y cristianos. Después de tantos años, hay una mezcla de unos y otros. En la diócesis, de hecho, tenemos a varios sacerdotes que proceden de familias musulmanas. Ahora, en el contexto actual, me contaban que en los funerales insultan o expulsan a veces a los cristianos para que no participen. Eso es un problema y un motivo de preocupación. Suelo decir a mis comunidades que esto es lo que quieren los terroristas, que haya un enfrentamiento entre ambas comunidades, pero como cristianos tenemos que perdonar y no pagar con la misma moneda. Tenemos que perdonar, orar y ayudarnos mutuamente. Esa es la mejor forma de volver a una convivencia pacífica. 



¿El conflicto ha dejado víctimas entre las comunidades tradicionales islámicas? 

Sí. No sabemos exactamente por qué. Entre las víctimas del pasado mes de noviembre había 12 o 13 cristianos y otros 13 o 14 musulmanes. En uno de los ataques, la comunidad estaba en una ceremonia religiosa, seguramente acompañando a algún difunto. Decapitaron a un joven cristiano, quemaron la capilla y dejaron su cabeza encima del altar. Otros tres cristianos murieron por disparos, igual que tres musulmanes. ¿Por qué? No lo sabemos. En Memba, Nacala Velha y en la costa, los terroristas han reclutado a muchos chicos. Es probable que esas víctimas musulmanas fueran jóvenes que no querían seguir luchando, que se habían arrepentido o que querían continuar su vida en paz. En los primeros años de violencia, entre 2017 y octubre de 2022, la mayoría de los muertos eran musulmanes, jefes, familias… Quemaban mezquitas, destruían muchos bienes del pueblo musulmán… No se entendía, era como una especie de limpieza del islam tradicional clásico, porque consideran que han entrado en él costumbres paganas.

Unidades especiales antiterroristas ruandesas y la Policía mozambiqueña durante una patrulla por el entorno de la ciudad de Palma. Fotografía: Cyrile Ndegeya / Getty



En el norte de Mozambique la pobreza es muy preocupante, luego están los recursos naturales o el impacto del cambio climático. ¿Hablar de un conflicto religioso es simplificar la realidad? 

No podemos hacerlo, es simplificarlo totalmente. Creo que los fundamentalistas están aprovechando el contexto. La primera razón para entender esta situación es la avaricia por las riquezas que hay en la provincia de Cabo Delgado. Tenemos grafito, rubíes y una o varias grandes bolsas de gas. También tenemos tierras raras, petróleo… Todo esto ha hecho que 1,3 millones de personas hayan tenido que salir de su tierra.



Se habla también de 6 000 fallecidos. 

Esa es la cifra oficial, pero hay más que nadie cuenta. ¿Y los soldados? ¿Y los terroristas? 



El conflicto se inició en 2017. ¿Qué ocurrió?

Todo comenzó en Cabo Delgado. El único que hablaba de esta realidad era Mons. Luiz ­Fernando Lisboa, obispo de Pemba, motivo por el que tuvo que salir del país. Él insistía, denunciaba las muertes, la persecución, los desplazamientos… De pronto, 30 000 personas salían de un distrito, 40 000 de otro. ¿Quién los acogía? ¿Quién los alimentaba? Se produjeron muchas muertes y muchos abusos. Al final, esto se hizo visible al mundo, porque la explotación de las riquezas estaba ahí. En general, se puede decir que ese es el principal motivo. 



¿Hubo algún tipo de señal previa?

En torno a 2012, cuando yo estaba todavía en Maputo, vi una noticia sobre unos musulmanes que habían destruido una cruz que habían construido el párroco y un grupo de jóvenes de Mocímboa da Praia. Aquello fue significativo, porque normalmente la convivencia era buena. Cuando se estudian los orígenes de este grupo, que hoy son los fundamentalistas del Estado Islámico Mozambiqueño, uno retrocede hasta el inicio del siglo, cuando muchos jóvenes de familias del norte fueron enviados a estudiar a universidades del norte de África. Cuando regresan es cuando comienzan a radicalizarse. Algunos de ellos parece que fueron a Somalia, regresaron y se organizaron por no se sabe bien quién, porque esto es un misterio.

Personas desplazadas en Cabo Delgado esperan para recibir ayuda humanitaria el 27 de febrero de 2024 en la April 21 Tribune School, en el distrito de Erati, provincia de Nampula. Fotografía: Alfredo Zuñiga / Getty



Organizar un ejército no debe ser fácil. 

El armamento que usaban era mejor que el del Ejército mozambiqueño. Tuvo que venir el Ejército ruandés para detener esta dominación, porque ocuparon casi 40 000 km2. Todo esto no se hace sin dinero y sin apoyo exterior. Sin embargo, yo creo que la respuesta gubernamental es un error, porque solo se están enfrentando al problema desde una perspectiva militar. Debería haber un diálogo, algo que ayudara a pacificar la región. Nosotros llevamos varios años trabajando con los musulmanes y con el resto de líderes religiosos en Nacala y Pemba. Hacemos incluso manifestaciones, oraciones comunes…, pero este grupo fundamentalista continúa. 



¿Qué perspectivas ve usted?

Bueno, a veces uno es un poco escéptico. Las riquezas son muchas y los implicados también son muchos, y así resulta difícil ponerse de acuerdo. Además, está el factor más sangrante: el pueblo, al que se está llevando a una pobreza extrema. Esta gente algún día tendrá que decir algo, y la violencia trae más violencia.



¿Temen que la gente responda con la misma moneda? 

Para mí, el riesgo más grande que hay es que el pueblo se canse, se una a los terroristas y les dé la razón de que necesitamos un califato y no un gobierno, de que las estructuras que hay no nos sirven. Eso hace que este contexto se pueda prolongar mucho tiempo, sobre todo si encuentran apoyo popular, que ya tiene en algunos lugares. La otra cuestión es que hay muchos intereses de multinacionales, empresas y personas que se están aprovechando de esa riqueza, y la avaricia rompe el saco. El Gobierno no quiere que la violencia pase a la provincia de Nampula, pero tanto en la capital como en algunos distritos de la costa ya hay terroristas. En mi opinión, durante la crisis poselectoral, ellos fueron los que instigaron las protestas. Se aprovecharon de esa circunstancia. 



¿Qué incidencia tiene esto en medio de una población tan joven como la mozambiqueña?

El 60 % o 70 % de la población tiene menos de 18 o 20 años. Hay mucha juventud sin trabajo y sin esperanza. 



A los que los terroristas ofrecen un medio de vida… 

Exacto. Y creo que muchos de los terroristas… Hay terroristas también cristianos que están ahí porque reciben un sueldo. Esto nos advierte de que es muy relativo hablar de un conflicto religioso. Hay jóvenes que están en las filas terroristas no por motivos religiosos, sino por motivos económicos. 

Mons. Alberto Vera durante «La noche de los testigos», el pasado 27 de febrero en la catedral de La Almudena (Madrid). Fotografía: Rosa Collado / ACN



¿Habría que quitar el apellido religioso al conflicto?

Sí, son mercenarios a sueldo que han encontrado una forma de salir de su pobreza o de intentar salir de ella.



¿Sería más fácil encontrar una solución si se apostara por el desarrollo de la región en lugar de hacerlo por la vía de la fuerza?

Si tanto el Gobierno como la comunidad internacional apostaran por el desarrollo en el norte de Mozambique, esto sería otra cosa, está claro. Si el dinero que se gasta en armamento se invirtiera en educación la cosa sería distinta. Más del 70 % de las mujeres y cerca del 50 % de los hombres son analfabetos, según el censo de 2017. Es muy difícil que una sociedad tenga progreso y desarrollo con un nivel tan bajo de alfabetización.  Si las multinacionales que están aprovechándose de las riquezas de Mozambique construyeran carreteras, escuelas y crearan empleo para el pueblo, la gente tendría sosiego y encontraría una forma de desarrollarse. Además, por supuesto, habría que apostar por la agricultura, que siempre ha sido fundamental en la zona. Nosotros, como Iglesia católica, tenemos muchas escuelas y continuamos construyendo otras gracias a la colaboración de Manos Unidas, de Ayuda a la Iglesia Necesitada, de diócesis de Alemania, de España o de la Conferencia Episcopal Española. Además del trabajo de evangelización, seguimos apostando por la educación y el empleo, dando esperanza a los jóvenes, aunque considero que esto también es evangelización directa.  



¿En qué medida la Iglesia de Nacala es ese hospital de campaña del que hablaba el papa Francisco?

Desgraciadamente, somos ese hospital de campaña en dos sentidos. Además de vernos afectados por el terrorismo, cada año sufrimos uno o dos ciclones. Ahí nos encontramos con una gran cantidad de emergencias que atender, pero no hay otro remedio, porque si no, la gente se muere.



¿Algo que añadir?

Recen por nosotros. Seguimos allí porque es necesario y porque Jesús nos llama a servir a este pueblo que sufre, que en ocasiones vive en situaciones de extrema pobreza, pero en el que también destaca su valentía. A pesar de sus limitaciones, es un pueblo que merece la pena.   



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