
Publicado por Javier Sánchez Salcedo en |
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Rescate se dedica desde 1960 a atender a personas refugiadas, víctimas de conflictos, violencia y desastres naturales en sus países de origen y destino a través de acompañamiento jurídico, atención psicológica e inserción laboral. La organización contactó con el fotógrafo y ganador del World Press Photo Samuel Aranda para que comisionara una exposición que pusiera de relieve la realidad de las personas refugiadas a través de la fotografía contemporánea. En lugar de realizar fotografías, Aranda contactó con un grupo de fotógrafos y fotógrafas con reconocido prestigio internacional para montar un relato coral: Sebastián Bruno, Diego Ibarra (World Press Photo 2026), Santi Palacios, Juan Manuel Castro Prieto, César Dezfuli, Matías Costa, Irene Zottola, Carmen Secanella y Xavier Miserachs.
El resultado es la exposición En su piel, compuesta de 40 fotografías desplegadas en tres salas de la Casa de América. La muestra se abre en una sala con dos imágenes enfrentadas. Una, con el título «Emigrantes viniendo de la estación de Francia», es de 1962, en blanco y negro, y capta a una mujer y dos hombres caminando por una zona arbolada de Barcelona, cargando pesadas maletas. La otra fotografía, en color y tomada recientemente, muestra a un grupo de adultos y niños avanzando por las vías de un tren, acarreando también sus pocas pertenencias. Estas personas proceden de Siria, Irak y Afganistán y se encuentran en el norte de Grecia. Samuel Aranda las comenta. «Me gusta mucho esta analogía de dos imágenes que, en el fondo, son la misma imagen. Una es la foto icónica de Xavier Miserachs, uno de mis referentes, en la que vemos a unos inmigrantes andaluces llegando a Barcelona, una imagen que me toca mucho porque mis padres son andaluces. Siempre la he tenido en mi imaginario visual. Está enfrente de esta imagen de Santi Palacios, actual, de los refugiados recién llegados a Europa. Cada uno puede hacer su interpretación, pero la intención es decir que somos lo mismo. Hemos migrado hace nada y ahora son otros los que migran».

A la hora de diseñar la exposición, Aranda tenía claro que no quería caer en estereotipos y mostrar solamente campos de refugiados y el sufrimiento de la gente. Su intención es que el espectador vea realidades diversas y construya su propio relato. «Hay imágenes duras de refugiados en el mar, pero también otras más íntimas, más reposadas que muestran ese lado más emotivo de lo que supone para una persona migrar. Hay imágenes de Etiopía de Castro Prieto que son preciosas y no caen en lo de siempre. Es muy recurrente mostrar a África como un lugar difícil y a veces nos falta esa otra mirada para crear una empatía. También quería jugar con un caos ordenado para que el espectador haga su propia versión de la exposición».
Una fotografía ocupa casi una pared entera en una de las salas. Está tomada en Lleida. Es de Carmen Secanella. Es un plano cerrado en el que se ve a un grupo de personas reunidas, sobre un fondo oscuro de noche, iluminadas por una fuente de luz que podría ser una hoguera. «Esta foto me encanta», dice Aranda. «Son inmigrantes, lo que aquí etiquetamos como irregulares o ilegales, una palabra que le encanta a la derecha. Están en un momento de descanso en una campaña de recogida de la fruta, reposando, en intimidad. Una imagen muy bella».

Aranda cuenta a MUNDO NEGRO que él se fue de casa con 20 años a vivir a Oriente Próximo. Ha pasado allí y en África más tiempo que en Europa trabajando como fotógrafo. Frente a esta imagen de los temporeros descansando, le preguntamos cómo afronta él el trabajo de fotografiar a personas que se encuentran en cierta situación de vulnerabilidad. «Es que es muy fácil. Cuando salimos de la mentalidad occidental, la cual a mí cada vez me cuesta más, es todo muy fácil. Una vez hice una historia en Malí sobre pastores nómadas, con el escritor Martín Caparrós. Recorriendo en coche el desierto, encontramos a una familia que caminaba con todos los animales. Ellos se pasan meses andando por el desierto. Nos presentamos, les explicamos que estábamos haciendo un reportaje y recuerdo que la familia nos miraba con cara de amabilidad, pero no con demasiado interés en lo que les estábamos contando. Nos dijeron: “Sí, claro, podéis acompañarnos y hacer fotos, no hay problema”, mientras estaban pensando en organizar la comida. Imagínate que un día estás en tu casa, en Madrid o en Barcelona, y llega un fotógrafo de Malí, toca a la puerta y te dice que quiere hacer un reportaje sobre cómo vivimos en Occidente. Dudo que haya ninguna familia que le abra las puertas. Es una anécdota para decir que en el otro lado del muro, porque creo que Occidente es un muro con este capitalismo salvaje en el que vivimos, hay un mundo mucho más humano donde es mucho más fácil ese acercamiento personal y la confianza».

La exposición, organizada por Rescate y Casa de América, quiere ser un espacio de encuentro y reflexión sobre la experiencia humana del desplazamiento y el desarraigo, un relato coral que aúna rigor periodístico con sensibilidad estética que pone de relieve las consecuencias de dejar atrás la tierra propia, pero también la capacidad de resistencia de las personas que lo hacen. Para Aranda, la muestra persigue un doble objetivo. «Primero, que haya un impacto emocional. Por ejemplo, que alguien piense “no sabía que Etiopía era tan bonita”, y vuelva a casa con una semillita para empezar a buscar más información. Eso me parecería ya un triunfo absoluto. Y como un objetivo más de fondo, creo que tenemos que luchar más que nunca en este capitalismo tecnológico salvaje que nos está devorando y creando una situación muy complicada a en cuanto a corrientes de opinión. A través de la fotografía, de talleres, conferencias en las universidades, tenemos que llevar a cabo una lucha intelectual, porque si no vamos a volver a tiempos que espero que no regresen. Hay partidos políticos y opinadores que hablan de la inmigración ligada a la delincuencia, por ejemplo. Hay que combatirlo de frente, y creo que una fórmula es mostrar a la gente, mostrar imágenes de migración para quien no tiene acceso a esos lugares, que sepa lo que está pasando de verdad. Me hace mucha gracia cuando aquí se debate que han llegado 150 000 inmigrantes irregulares. En verdad, para esas mentes muy pequeñas y muy retorcidas el problema es que esas personas vienen del Sur en patera y que son negros. Cerca de cinco millones de refugiados ucranianos han venido a otros países europeos y no ha habido ningún problema, ninguna campaña ni ningún partido político en contra. Es absurdo que sigamos en ese registro de separación racial que teníamos que haber superado hace mucho tiempo. Estamos dando pasos atrás».
Otra de las fotografías de la exposición, de Sebastian Bruno, de inmenso tamaño, da paso a la tercera sala. La imagen muestra a dos hombres debajo de un olivo. «Es otra de mis preferidas», dice Aranda. «Son migrantes recogiendo la aceituna, pero son argentinos. Habrá gente que puede pensar que son españoles, incluso que reconozcan a sus tíos o a sus primos. Me encanta que el espectador pueda dudar de si son migrantes o no».

En esta sala se encuentran también las imágenes de la artista visual Irene Zottola, una selección de cinco fotografías de su proyecto Al otro lado del mar realizadas en Túnez, y otra serie tomadas en España específicamente para esta exposición. Durante dos meses de 2024, la fotógrafa vivió en la ciudad tunecina de Susa para llevar a cabo una residencia artística en torno a la idea de lo que el mar evoca a las personas que habitan en el territorio, un trabajo realizado a través de fotografías con cámara de medio formato y una pieza audiovisual con testimonios grabados. «Yo nunca había estado al otro lado del Mediterráneo», dice Zottola. «Les hacía dos preguntas: qué es para ti el mar y qué hay al otro lado del mar. Para mí también era una experiencia nueva y el proyecto acabó sirviendo para preguntármelo a mí misma y empatizar más con las personas que vienen hasta aquí. Estaba por primera vez en un lugar en el que no entendía lo que se decía y lo que se leía. Cuando andaba por la calle, era evidente que yo no era de allí, y lo notaba en las miradas. Aunque es verdad que yo estaba viviendo esa situación desde una posición privilegiada de blanca occidental que va a hacer un proyecto artístico, con un sueldo. No era una persona que ha tenido que salir corriendo rápidamente o que se va en busca de una vida mejor y lo tiene complicado». Habló con personas de perfiles y edades diversas: con un estudiante de informática que quería volar a París; con un joven de barrio popular que había intentado cruzar a Lampedusa; con quien pensaba que al llegar a Europa ganaría un sueldo diario de 300 euros; con quien no quería moverse de Túnez… Las imágenes de Irene Zottola se alejan del fotoperiodismo, son reposadas, meditadas, evocadoras, poéticas. Sirven de contrapunto junto a fotografías de la exposición. «En mi caso, las imágenes pueden aportar pausa y silencio. A diferencia de otras partes en las exposición en las que hay una acción o se muestra un momento más límite, en las que escuchas lo que está pasando, escuchas esas pisadas, la llegada de la patera o la salida al mar, mis fotografías creo que aportan un silencio que da pie a otro lado más tranquilo». Un tendedero vacío en una casa en Susa, un hombre sentado de espaldas mirando hacia un paisaje de colinas, un joven mirando el mar… Son imágenes de gran belleza que invitan a la pausa.

En otra pared de la sala, la segunda serie de fotografías de Irene Zottola presenta la llegada de estas personas a su destino: una panorámica de Madrid, los retratos de dos familias migrantes asentadas en Guadalajara… «Pregunté a estas personas en qué momento del día y en qué lugar estaban a gusto, cuál era un lugar favorito donde encontraran la calma. Aunque el dolor está, quería reflejar ese momento de coger aire después de haber corrido una maratón. Quería expresar ese canto a la esperanza y a la continuación. Hay una etapa que ha finalizado, hay algo que has tenido que dejar atrás, pero la vida continúa».
Zottola también ha trabajado como educadora social en hogares de acogida con jóvenes que han migrado y los retratos para esta exposición los hizo justo el día después de llegar de un viaje a Nigeria, donde estuvo desarrollando durante una semana un taller de fotografía con adolescentes en un campo de refugiados. La conciencia social que tiene y la sensibilidad hacia temas como este le viene también de su historia familiar. «Mi propio padre fue un exiliado político en la Argentina de 1976 con la dictadura militar. Yo también he crecido con esa historia de tener que salir corriendo y llegar sin nada a otro país». La fotógrafa enfoca el trabajo de retratar con gran sensibilidad, dedicando el tiempo suficiente a hablar con las personas para coger confianza antes de sacar la cámara. Los retratos fueron hechos en Guadalajara. Las familias son beneficiarias de uno de los proyectos de Rescate.

Carlos Echánove, director general de la organización, nos explica por que´ decidieron embarcarse en una exposición de fotografía tan ambiciosa. «Nosotros acompañamos a esta gente todos los días, tanto en España como en Malí, en Palestina, en Líbano, Congo… Pero muchas veces no tenemos la capacidad de hablar o de transmitir este proceso de una manera tan bonita y que pueda llegar a tanta gente. Las fotografías llegan a mucha gente, hablan más que mil posts. Es un gran proyecto y somos una organización mediana. No tenemos los medios de otras organizaciones sociales y agradecemos a los que nos han ayudado, a Canon, porque sin su ayuda no habríamos tenido el presupuesto para hacerlo, y a la generosidad de los fotógrafos. Nuestra misión es mover corazones y mover mentes, y que esas mentes muevan otras mentes».
Los retratos de Zottola están entre las imágenes de la exposición que más impactan a Echánove. «Las tengo muy próximas porque han sido tomadas en nuestros centros. No hay que olvidar que estas personas salen huyendo por situaciones muy dramáticas, que ni podemos imaginar en la burbuja en la que estamos. Los trayectos son extremadamente duros, y no te cuento si son mujeres que han viajado solas o con niños. Casi todas han tenido que pagar un peaje. Ver imágenes de esta gente que rehace la vida aquí, que se toma un café o que juega con sus hijos, siempre me resulta muy esperanzador. Y es lo que ocurre cuando a estas personas se les da una oportunidad. Salen adelante, porque tiene energía, fuerza y resiliencia. Son verdaderos héroes de nuestro tiempo. Ver que llegan, se integran, trabajan, rehacen su vida, que sus hijos están en el colegio y son personas que contribuyen a nuestra sociedad es muy alentador».

Generar empatía, en un momento global en el que las políticas migratorias en Occidente se están endureciendo y los discursos de odio se oyen cada vez más, es el principal objetivo de una exposición como «En su piel». Irene Zottola nos cuenta una anécdota personal. «Durante un período estuve viviendo en Gijón, en un piso con cinco personas, entre ellas un chico argelino y otro chico de Senegal. Cuando me fui, la propietaria me contó que le estaba costando alquilar las habitaciones porque la gente no quería vivir con dos personas negras. Estoy segura de que esa gente no se considera racista, pero tienen miedo. Hay mucho estigma. Exposiciones como esta pueden ayudar a romper esos estereotipos y ayudar a empatizar con los que migran. Dar la posibilidad de un espacio con diferentes miradas a lo largo de diferentes períodos de estos últimos años sobre un mismo tema da otro tempo, da un margen para profundizar sobre estas realidades».
Samuel Aranda también habla del miedo. «El discurso racista, la cultura del miedo, el discurso de la extrema derecha, es muy fácil de comprar. Es mucho más fácil decirle a una persona que su problema de la vivienda o su problema de trabajo es porque han llegado muchos marroquíes que explicarle la realidad de por qué ocurre realmente ese drama en la vivienda o en la sanidad». Carlos Echánove insiste en la idea. «El miedo y la sospecha siempre vienen del desconocimiento. El miedo siempre ha sido un arma fácil para quien quiere dominar a los pueblos. Tener miedo del exterior siempre reagrupa a la gente. Todos los dictadores han jugado con el miedo y con el enemigo exterior, lo que viene de fuera. Nosotros somos los buenos y los listos y los trabajadores, y los que vienen del exterior no tienen esos valores ni las mismas costumbres y además vienen a robar y a quitarnos el pan. Tenemos miedo de lo que no conocemos. Pero cuando la gente se encuentra en la calle, en el bar, en el campo de fútbol con sus hijos, cuando la gente ve al inmigrante, le toca, se toma un vaso de agua con él o charla en una estación de tren, todo eso se cae, se rompen todos mitos y lo que encuentran son seres humanos, hombres, mujeres, niños, con cara, con ojos, con manos. A las personas que sienten ese miedo hay que decirles que salgan de esa prisión en la que se han metido, que abran la puerta y se encuentren con estas personas con las que se cruzan por la calle, que viven en sus barrios, que están en el bar. Que hablen con ellas, que les pregunten por su vida, qué hacen aquí, cuál es su historia. Y rápidamente se les caerá el miedo y vivirán mejor».
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