La promesa del crecimiento

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La fragilidad de la economía de Malaui condiciona las oportunidades que brinda el futuro.


Por Bertha Bangara Chikadza desde Blantyre


Malaui, un país sin litoral, ha visto condicionado su crecimiento económico por vulnerabilidades estructurales, políticas ineficaces, una mala gobernanza y perturbaciones externas. A pesar de sus recursos naturales, ni se ha consolidado el desarrollo del país ni se ha erradicado la pobreza.



La economía de Malaui está muy vinculada al contexto político del país, donde imperan unos sistemas de gobernanza, instituciones y políticas públicas que han rendido muy por debajo de lo esperado. La corrupción sigue siendo un desafío estructural, ilustrada por escándalos de gran envergadura como el Cashgate, en 2013, en el que se sustrajeron alrededor de 26 millones de euros sin que se haya procesado aún a los implicados. Esto merma unos recursos que, de otro modo, se habrían destinado a inversiones productivas, a la vez que provoca la pérdida de confianza de los donantes extranjeros, que retiran la ayuda y que desencadenan un aumento del endeudamiento interno. 

Los intereses políticos han impulsado programas como el de subsidios a los insumos agrícolas o la capitalización continua de las empresas estatales, a pesar de que está probado el bajo rendimiento de estas inversiones. La mala gobernanza y ciertas políticas han obligado al país a endeudarse más para financiar sus proyectos. Además, no hay que olvidar la dependencia de la ayuda exterior, que agravó las presiones sobre el tipo de cambio en el país en 2025 y ha afectado a la prestación de servicios sanitarios, sobre todo tras la reducción de la ayuda exterior desde que Estados Unidos suspendió la USAID (ver MN 725, pp. ­20-25). Esto ha obligado a promover la generación de ingresos nacionales, así como a absorber o despedir a trabajadores que tenían contratos dependientes de la ayuda exterior. Todo ello ha aumentado la presión sobre el Gobierno de Malaui y sus políticas económicas.

Fardos de tabaco en el mercado de subastas de la capital el 9 de abril de 2025. Fotografía: Berta Bangara Chikadza



Volatilidad

El marco macroeconómico se ha mantenido volátil con breves períodos de estabilidad. La tasa de crecimiento ha sido baja, pasando del 0,9 % en 2022 al 2,7 % en 2026, lo que se explica por la escasa producción industrial y agrícola –el sector se vio afectado por la sequía provocada por El Niño–, la escasez de insumos clave como los fertilizantes y la continua carencia de divisas.

El contexto general del país también ha sido desfavorable por su debilidad estructural y el elevado tipo de interés oficial –entre el 24 y el 26 %–. A esto hay que sumar los efectos colaterales provocados por la pandemia, la guerra entre Rusia y Ucrania, el impacto del ciclón Freddy y las devaluaciones de la kuacha, que llegaron hasta el 44 % en 2023. La inflación, que estuvo por encima del 30 % en 2024 y 2025, se moderó al 24 % a inicios de 2026 por la bajada de los precios del maíz y una política monetaria restrictiva. La situación global marcada por el encarecimiento del precio del petróleo puede afectar de nuevo de forma negativa a la economía malauí. 

A pesar de ciertas mejoras en los datos macroeconómicos, Malaui sigue luchando contra la inestabilidad del tipo de cambio. En 2019, se situaba en torno a 800 kuachas por euro, mientras que en la actualidad ha caído a cerca de 2 000 por euro, a pesar de haber recibido en 2023 el Servicio de Crédito Ampliado del Fondo Monetario Internacional (FMI), que expiró a mediados de 2025. La persistente escasez de divisas ha supuesto un importante obstáculo para la importación de bienes esenciales para el país, como combustible, maíz o fertilizantes. Otro elemento contra el que sigue luchando Malaui es el déficit por cuenta corriente. A pesar de los esfuerzos de diversificación, los cambios han sido insuficientes. Si en 2024 este déficit fue de 2 016 millones de euros, el 20 % del PIB, en 2025 aumentó a 2 367 millones de euros. A esto se suma un déficit fiscal que, entre 2020 y 2025, alcanzó una media del 8,5 % del PIB. 

Las condiciones macroeconómicas han afectado al mercado laboral debido al endeudamiento público interno –a tipos de interés elevados–, lo que ha desplazado al sector privado y limitado la inversión y creación de empleo. El debilitamiento del entorno macroeconómico ha hecho que el crecimiento demográfico (2,6 %) haya sido superior al económico hasta este año, lo que ha reducido el PIB per cápita, que pasó de crecer un 1,9 % en 2021 a caer un 0,9 % en 2024, descendiendo en ese período de 500 a 484 euros. A ello se suma que el aumento de la inflación ha encarecido de manera considerable el coste de la vida y la cesta de la compra, lo que supone una carga para los hogares a la hora de satisfacer sus necesidades de consumo, dejando escaso margen para el ahorro y la inversión. 

Estas condiciones configuran un entorno en el que salir de la pobreza resulta muy difícil. En la actualidad, el 50,7 % de la población de Malaui vive por debajo del umbral de la pobreza y más de cuatro millones de personas se enfrentan a una grave inseguridad alimentaria. La limitada comercialización agrícola y los bajos rendimientos del sector primario perpetúan este ciclo, de modo que la mayoría de los hogares apenas logra subsistir en lugar de prosperar.

Colred Nkosi trabaja en el mantenimiento en una red eléctrica privada instalada en Yobe Nkosi, en el norte de Malaui. Fotografía: Amos Gumulira / Getty




Los sectores económicos

En un país con una diversificación económica limitada, los impactos en el sector agrícola afectan de forma significativa a la producción y al crecimiento económico. Este sector se está viendo cada vez más condicionado por la creciente vulnerabilidad ante las crisis climáticas que afectan al rendimiento de los cultivos año tras año. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) reveló que la sequía provocada por El Niño en 2023 provocó una pérdida estimada en el rendimiento de los cultivos de 459 845 toneladas.

El sector industrial se ha visto debilitado por las malas condiciones macroeconómicas, a lo que se suman barreras estructurales como la falta de acceso al mar, que limita el comercio de bienes, o los déficits en infraestructura y energía, que aumentan los costes de las inversiones del sector privado. De hecho, en 2025, la mayoría de las empresas informaron que producían por debajo del 50 % de su capacidad, en particular por los frecuentes apagones, la escasez de combustible y la falta de divisas. Esta escasez limita la capacidad de las empresas manufactureras para importar y exportar materias primas y productos acabados. El rendimiento del sector secundario se ha visto condicionado por este contexto y ha crecido solo un 0,3 %.

Mientras, el sector servicios es cada vez más importante, impulsado por el comercio minorista y mayorista, el turismo, el transporte y las telecomunicaciones. A pesar de un descenso de la actividad industrial en 2025, el sector se mantuvo resistente, impulsado por el crecimiento de los servicios financieros y de las TIC, contribuyendo con el 44 % del PIB en 2024 y empleando a más del 30 % de la población. La minería es otro sector prometedor que muestra un alto crecimiento tras el descubrimiento de oro, uranio, carbón, rutilo y minerales de tierras raras.

Entrada al Grand Business Park, un centro comercial monopolizado por compañías chinas en Lilongüe. Desde este lugar también salen los autobuses que realizan trayectos dentro del país. Fotografía: Boniface Gbama




Vínculos con el exterior

Los retos sectoriales de Malaui hacen que la participación del país en los bloques regionales sea crucial. En su esfuerzo por promover el comercio y las relaciones geopolíticas, el país  forma parte de importantes bloques económicos y de alianzas comerciales fundamentales para el desarrollo. A nivel regional, Malaui forma parte de la Comunidad de Desarrollo de África Austral (SADC) y del Mercado Común de África Oriental y Meridional (­COMESA). Además, tiene acuerdos comerciales bilaterales con China, Sudáfrica, Zimbabue, Mozambique y Botsuana. A través de estos vínculos, Malaui tiene acceso a un trato preferencial para los productos comercializados si cumplen las normas establecidas en origen. 

A nivel continental, Lilongüe firmó el acuerdo de la Zona de Libre Comercio Continental Africana (AfCFTA), lo que le permite contar con una posición negociadora más sólida e identificar con más facilidad a las partes interesadas para el diálogo sobre políticas concretas. Al ser uno de los buques insignia de la Agenda Africana 2063, el AfCFTA determina en gran medida la orientación comercial de Malaui, pues se espera que el acuerdo ayude a eliminar barreras y a promover el comercio intraafricano.

A nivel mundial, Malaui participa en el Acuerdo sobre Facilitación del Comercio (AFC) de la Organización Mundial del Comercio, aunque aún debe ratificarlo. Al no tener acceso al mar, Malaui podría beneficiarse del Acuerdo, ya que depende de los países vecinos para acceder a los puertos marítimos. A través del mismo, los países costeros estarán obligados a adoptar sistemas de tránsito transparentes y predecibles para garantizar que las mercancías se envíen desde los países sin litoral.



La inversión extranjera

Más allá de los acuerdos comerciales, atraer inversión desde el exterior es otra dimensión clave para facilitar el desarrollo. La inversión extranjera directa (IED) se ha mantenido en unos niveles modestos. A pesar de que se ha ido reduciendo, pasando de un 16,6 % del PIB en 2021 a un 7,6 % en 2023, en 2024 registró un aumento del 3 %, lo que supuso una llegada de cerca de 220 millones de dólares más que en el año anterior. Los sectores que atraen más IED son la agricultura, la minería, la energía y las manufacturas. Sin embargo, las condiciones macroeconómicas la han limitado al mermar la confianza de los inversores. Las deficiencias en las infraestructuras suponen un obstáculo clave para el transporte porque aumentan los costes de producción y desalientan la inversión. 

Sin embargo, los grandes recursos minerales del país ofrecen un gran potencial para los inversores extranjeros. El sector minero se ha convertido en un importante destino del dinero llegado de fuera, a pesar de contribuir al PIB con menos del 1 %. La abundancia de uranio, grafito, titanio y tierras raras ha atraído a los inversores. En este campo destacan la mina de uranio de Kayerekera, el proyecto de rutilo y grafito de Kasiya y el de niobio de Kanyika. Además, productos agrícolas como la soja, el cacahuete y las nueces de macadamia también tienen un buen potencial de exportación y pueden atraer IED, siempre que las condiciones sean estables.



¿Un repunte?

Las previsiones para los próximos cinco y diez años indican que la situación macroeconómica puede mejorar. Se espera que el crecimiento económico llegue al 4,9 % en 2027 y que la inflación baje hasta el 15 % durante este año. Aunque las reformas fiscales introducidas en la revisión presupuestaria de mitad de año brindan al país la oportunidad de ampliar su base impositiva, también plantean el riesgo de reducir de forma significativa la renta disponible, lo que afectaría a la actividad económica. Sin embargo, la persistente escasez de divisas, las crisis climáticas o el aumento de la presión fiscal si se cumplen las promesas electorales del nuevo Gobierno, pueden limitar el acceso a insumos, frenar el crecimiento económico y la creación de empleo. 

Se podría afirmar que las perspectivas económicas de Malaui combinan luces y sombras. Su evolución apunta a una modesta recuperación económica, aunque el logro de los avances pendientes seguirá siendo frágil y dependerá de factores externos como las crisis climáticas o el contexto mundial. La promoción del desarrollo económico debe ir ligada a la inversión en infraestructuras y energía, en la creación de valor añadido y la industrialización de sectores clave. Solo así se podrá fomentar un entorno propicio para la actividad económica que sea atractivo tanto para la IED como para el sector privado.

Malaui es un país dotado de activos, entre los que se incluyen su población joven, sus minerales y un acceso cada vez mayor al comercio regional. Sin embargo, traducir todo ello en crecimiento económico requerirá políticas que pasen de los beneficios a corto plazo a una transformación estructural a largo plazo.   

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