
Publicado por Javier Fariñas Martín en |
Ando a vueltas estos días con Wole Soyinka, el nobel nigeriano de Literatura, por lo que le sucedió en otoño, cuando Washington revocó su visado. «¿Alguna vez me he portado mal con los Estados Unidos de América? ¿He infringido alguna ley en algún lugar?», se preguntaba. Quién sabe –esto no es información– si en esa decisión tuvo que ver la declaración de Soyinka allá por 2016, cuando anunció que si Trump salía elegido para ocupar el Despacho Oval, él renunciaría a su residencia permanente en el país. Casi una década más tarde, puede que le hayan pasado la factura por aquello.
Pero no venía yo aquí a hablar de Soyinka. Él es la idea parásita que se ha instalado en mi cabeza después de leer que Londres ha cerrado la concesión de visas a estudiantes de Camerún, Sudán, Afganistán y Myanmar. Según el Ministerio del Interior británico, entre 2021 y 2025 se incrementaron un 470 % las peticiones de este tipo de visados, que se habrían convertido para el Ejecutivo en un caballo de Troya para acceder al estatuto de refugiado en las islas. La justificación de la medida, aparte de un rechazo subyacente al que llega, se sustenta en varios pilares, que oscilan entre el coste económico de mantener el sistema de asilo y refugio –el Gobierno indicó en una nota de prensa que supera los 4 000 millones de libras al año– y una supuesta vulneración «de nuestro sistema de visas», dijo la ministra del Interior, Shabana Mahmood, hija de paquistaníes, por cierto. Lo que esconde la laborista es que esa política de rechazo y exclusión –muy parecida a la danesa, una de las más restrictivas de Europa– también busca un rédito político inmediato, ahora que los euroescépticos del Reform UK están subiendo en las encuestas gracias a su discurso contrario a la inmigración.
Y vuelvo a Soyinka, que también dijo el pasado otoño: «Quienes esperan que asista a algún evento en Estados Unidos, no pierdan su tiempo (…). Y si quieren verme, ya saben dónde encontrarme». Aunque es fácil rebatir el argumento, esa es más o menos la respuesta que deberían dar los estudiantes sudaneses y cameruneses que hasta ahora querían continuar su formación en Reino Unido. Porque, a fin de cuentas, uno debe ir donde se le quiere, no donde se le utiliza.
En la imagen superior, estudiantes en el campus de la Universidad de Conventry, Reino Unido. Fotografía: Oli Scarff / Getty