Taxi

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«No salgas hasta que yo negocie el precio. Si ven que eres blanco te cobran el doble», le aseguran al visitante. Él espera en el bar donde han comido. Ajustada la tarifa, lo llaman: «Hemos quedado en 2 000 francos, no le des ni un céntimo más». Él sale del local, se despide de los amigos y sube al taxi. Saluda. El taxista lo mira. Pone mala cara, pero no comenta nada. Arranca. Hay que cruzar Bamako de punta a punta.

Hace calor. Solo la ventanilla del conductor está abierta. El viajero intenta bajar la suya. No encuentra ninguna manivela para ello. Mientras busca, se da cuenta de que del coche solo queda la carrocería. Se ve la estructura de las puertas, el metal del techo. El salpicadero está vacío. La palanca de cambios es un palo de madera con la bola de las marchas incrustada. Un gran rosario musulmán cuelga del retrovisor. Parece un milagro que un vehículo así funcione. 

El cliente comenta que le gustaría bajar la ventanilla. «No se puede», es la respuesta del chófer. El viajero bromea: «Si muero de calor en tu taxi, ya sabes dónde tienes que dejar mi cadáver». El conductor gira la cabeza, mira al pasajero: «Tú no vas a morir. Nadie ha muerto en mi taxi», y ríe. La broma le da pie para hablar. Destila una retahíla de lamentos sobre lo difícil que es sobrevivir en Bamako siendo taxista. El precio del combustible, cuando se encuentra, sube cada día, pero si él aumenta las tarifas, los clientes se niegan a pagar. Los niños, el colegio, la comida, el precio de la vida. Lo habitual en estos casos. Necesita comprar un taxi nuevo porque este, ya se ve, está en las últimas. Él también es mecánico y repara el coche un día sí y otro también.

Hay un gran atasco en una de las avenidas. Tras recorrer unos metros escasos, se divisa un control militar. Son frecuentes en una ciudad temerosa de atentados terroristas. El conductor hace un giro brusco y se introduce por las callejuelas del mercado. Avanza entre puestos, casi rozando los tejados de chapa que los protegen del fuerte sol. Esquiva compradores, vendedores con bandejas sobre la cabeza, vacas, ovejas, gallinas… No aminora la marcha. Por el retrovisor debe haber visto la cara de asombro de su cliente. Ríe y le asegura: «No tengas miedo, sé lo que hago». El viajero no sabe ya si el sudor que le corre por el rostro es del calor o por preguntarse por qué el taxista evita a los militares.

Falsa alarma. Llegan al destino evitando los atascos. «Son 5 000», declara el taxista. «No, mi amiga me ha dicho que son 2 000». «Ya, pero no me dijo que eras blanco, y los blancos tenéis dinero. Podrías ayudarme». Acepta lo acordado y ríe de nuevo: «Vale. Toma mi número de teléfono. Si necesitas un taxi, llámame, vengo enseguida a buscarte. Te hago precio de amigo, no de blanco».



En la imagen, el taxista de Bamako protagonista del relato durante el trayecto por la capital maliense. Fotografía: Chema Caballero



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